Días pasados leí un artículo en este diario que informaba que la infidelidad
puede salvar a la pareja. Decía que "cuando una relación se encuentra en decadencia no hay nada
mejor que hacerla revivir con una aventura". Al margen de esta opinión, poco confiable, el artículo
me estimuló a reflexionar sobre algunas de las causas de la infidelidad y encontré que la más
importante es satisfacer el deseo.
Considerando que la familia intenta tener el monopolio de la sexualidad, el
deseo se erige como su principal enemigo. Mientras el contrato matrimonial exige permanencia,
origina inevitables conflictos con el deseo sexual que es inconstante e inestable. Ineludible
malestar que produce la cultura constriñendo el deseo sexual en beneficio de la organización
social. Y en esta lucha muchas veces gana el deseo.
No podemos dejar de comprobar que, a pesar de tener mala prensa, el amor
clandestino tiene muchos adeptos. Entre las razones que podemos señalar la que tiene más peso es
que la sexualidad es uno de los mayores placeres que tiene una persona. A ello podemos agregarle el
estímulo que representa la transgresión y la gratificación narcisista que resulta de ser reconocido
por otro como un sujeto del deseo.
Todos sabemos del orgullo que representa para el hombre sus conquistas amorosas,
como el cazador que exhibe sus trofeos de caza o el deportista que se ufana de sus medallas. Y el
mejor alimento para la autoestima de una mujer es que un amante le susurre al oído aquellas frases
que su marido, seguro de su conquista, ya ha olvidado de expresarle.
Estas transgresiones también constituyen un reaseguro, pues tanto en el varón
como en la mujer, el temor al abandono y a la soledad es exorcizado con la experiencia de que si
ello ocurre puede encontrar otra pareja.
Otra de las motivaciones para el engaño es el hecho de que algunas personas
anhelan "grandes amores". Pensemos que el enamoramiento, la pasión desatada por la persona que se
ama se convierte con el paso del tiempo, en el mejor de los casos, en amor, sentimiento más
apacible, libre de los desasosiegos, del sufrimiento y de la vorágine pasional. Pero comprobamos
que cuando la pasión se apaga, muchas personas sienten una increíble añoranza de esas emociones
fuertes.
También tenemos que considerar aquellos casos en que la infidelidad es
consecuencia de problemas vinculares. El psicoanálisis enseña que si la mujer o el hombre confunden
en algún momento de la relación a su pareja con sus progenitores, la relación sexual se convierte
en prohibida o pierde su vigor o atractivo.
Freud decía que lo peor que le podía suceder a un hombre era un excesivo respeto
hacia la mujer, a la que entonces confundía con su madre o su hermana. Ocurre que estos hombres,
inhibidos sexualmente con sus "respetables mujeres" buscarán en otras, no tan idealizadas ni
amadas, la deseada satisfacción sexual.Lo dicho para los varones vale también para las mujeres,
quienes reaccionarán con dificultades sexuales (frigidez, falta de deseo) si relacionan a su pareja
con la figura paterna, pero, mientras tanto, pueden gozar del sexo con otras personas a las que no
aman. Decimos que estos varones y estas mujeres son personas disociadas, que sólo tienen acceso al
amor sin sexo o al sexo sin amor.
Si estas relaciones extramatrimoniales se mantienen en la clandestinidad, pueden
ayudar a la continuidad de la relación de pareja en cuanto posibilitan la satisfacción de los
aspectos disociados.
Debemos considerar también el caso en que uno de los cónyuges se siente privado
sexualmente. Una de las consecuencias de la frustración es el odio, manifestado o reprimido, que
provocará un malestar en su partenaire. En esta situación, las relaciones sexuales con un tercero
pueden descomprimir el vínculo y contribuir a su bienestar.
Otro problema distinto es el de aquellas personas que temen quedar encerradas en
una relación, una claustrofobia que los impulsa a tener un otro (generalmente fugaz) que les
permita ilusoriamente un aire de libertad y, al mismo tiempo, continuar con su pareja. No debemos
descuidar el hecho de que tanto los varones como las mujeres han vivido un intenso vínculo amoroso
con sus madres, y que les ha costado mucho esfuerzo lograr una independencia de las mismas. Es por
ello que, si por un lado desean el compromiso afectivo, no dejan de temer que el mismo los
convierta nuevamente en niños dependientes.
En las vicisitudes de la infidelidad a unos los gana la aventura, el placer y el
deseo y a otros los gobierna el espanto.
Domingo Caratozzolo
Psicoanalista
www.domingocaratozzolo.com.ar