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"¿Y qué sé yo?" (Elogio de la duda)

Interrogarse fortalece nuestras acciones, y a diferencia de lo que muchos creen, no nos paraliza. La mirada y el lugar de los otros en nuestras vidas. Por qué es imprescindible la introspección.

Domingo 17 de Noviembre de 2019

Un tristemente célebre militar “carapintada” que atentó contra nuestra Democracia repetía, con el énfasis que lo caracterizaba, una singular afirmación: “La duda” —decía— “es la jactancia de los intelectuales”. Cuando fue detenido, una oyente de radio le replicó de un modo muy inteligente: “Si la duda es la jactancia de los intelectuales, a seguro se lo llevaron preso”.

   En las antípodas del “carapintada”, Albert Camus (1913-1960), prestigioso filósofo y escritor francés, premio Nobel de Literatura, expresaba que “desearía formar parte del partido de los que nunca están seguros de tener razón”. En el convulsionado París de la posguerra, Camus cuestionaba posiciones dogmáticas que muchos de los intelectuales de su época asumían.

   No crea usted lector que intento escribir un artículo sobre política. Lejos está ello de mis posibilidades. Mi tema de hoy es la duda, pensada como una forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Me gustaría “afiliarme” al partido que proponía Camus, pues creer que siempre tiene uno razón, nos niega la posibilidad de aprender y descalifica a los otros, sobre todo a los que piensan diferente.

   Los griegos tenían una palabra precisa que bien podría haber sido el título de la nota: “phronesis”. Viene de “phroneo” que significa “comprender” y para Aristóteles es la virtud del pensamiento moral, la sabiduría práctica, la prudencia que mejora la vida, es un saber hacer desde la mesura. La “phronesis” es lo contrario de la “hybris”, el pecado griego de la soberbia que comete aquel que cree saberlo todo, que supone siempre estar por encima de los demás.

   La duda habilita la prudencia en el hacer y no debe confundirse con inacción, con parálisis. Todo lo contrario. La acción se fortalece cuando hacemos pasar el impulso a hacer algo por la “aduana” de la reflexión para, eventualmente, retomarlo y ejecutarlo o, por qué no, para detenerlo y desecharlo. La acción se vuelve así, ponderada, sopesada, gracias a ese instante reflexivo que otorga la duda. Se equivocaba el coronel “carapintada”. Lejos de cualquier forma de jactancia, la duda es el mejor antídoto contra la soberbia, contra la prepotencia, contra la imprudencia, (y debo confesar lector, que me dio mucho gusto que a “seguro se lo lleven preso”).

   Dos grandes instrumentos promueven el sano dudar que proponemos: la introspección y el diálogo. Veamos pues. “Una vida que no se examina, no merece la pena ser vivida”, afirmaba Sócrates frente al tribunal que iba a decretar su condena a muerte. Y en el pronaos del templo de Apolo en Delfos estaba escrito el aforismo que daba sentido a la cultura griega de la época: “Conócete a ti mismo”.

Mirarnos

La introspección nos permite preguntarnos porque hacemos lo que hacemos, dirigir una mirada a nuestra interioridad, clarificar lo que pensamos y sentimos, ser conscientes del rumbo que elegimos, ser capaces de rectificarlo de ser necesario.

   La duda se apoya en el examen subjetivo que coloca a cada individuo en el centro de su propia escena. La falta de introspección y su consecuencia directa, la certeza, arrojan a los extremos, allí donde habitan los fanatismos y lo dogmático o, simplemente, la tontería del que elige no pensar.

   Michel de Montaigne (1533-1592), el célebre autor de los “Ensayos”, afirmaba: “Un pensamiento dubitativo y modesto, afianza la libertad interior de la persona”. De allí el lema que orientó su vida y con el que terminaba muchos de sus notables escritos: “¿Y qué se yo?” (“Que sais-je?”).

   Pero Montaigne hace un aporte magnifico cuando reflexiona sobre el arte de conversar, es decir, el diálogo, el otro elemento en el que se apoya la duda.

   Para él, el arte de conversar no es un arte de convencer sino más bien todo lo contrario: un arte de ser convencido. Montaigne era un escéptico, pero no tanto de las ideas de los otros, “eso es sencillo”, decía, “lo difícil es ser escéptico de las ideas propias”. Se trata de “L’art de conférer”, que es el arte de conferir, de ceder, de otorgar al otro la palabra y la razón, de vencerse a sí mismo doblegándose ante la evidencia ajena.

   Así, la verdad no es poseída a priori por alguno de los participantes del diálogo. Por el contrario, es perseguida por ambos que buscan esclarecerse en el intercambio. Probablemente, la verdad se escape, como se escapa el horizonte al que nunca se llega, pero es esa condición lo que permite que nuestras ideas se perfeccionen.

   “Hay una peculiar relación moral entre el hablante y su discurso: no se trata de poseer, mantener y defender un discurso pretendidamente verdadero, sino de ser capaz de reconocer que no se posee la verdad, que puede ser el otro el que la lleve” (J. Navarro Reyes, “Pensar sin certezas”). Va de suyo que el diálogo, así planteado, exige honestidad en todos los participantes del mismo. No se trata de derrotar a los otros, y menos con malas artes. Se trata de enriquecerse en el encuentro, sobre todo con el que piensa diferente. Cuando las opiniones son planteadas y aceptadas como verdades únicas se establece una suerte de totalitarismo relacional que enmudece otras voces y anula otras perspectivas.

   Así la vida se empobrece como la paleta de un pintor que cuenta con uno o dos colores para realizar su obra. Debemos aceptar que la verdad siempre nos quedará lejos, en tanto inaprensible. Solo se acercará si aceptamos que habita en los múltiples rostros de lo que es posible. Así, la certeza se reemplaza por la posibilidad, que admite visiones diferentes. Ante un mismo tema, varias explicaciones pueden ser posibles, y deberán ser tratadas con el debido respeto.

Diferencias

Dos conversaciones entonces lector, que darán lugar a la sana duda. La de la introspección que es la conversación con uno mismo y la del diálogo, que es la conversación con los demás que surgen como legítimos otros, en la “magia” de la aceptación de la diferencia.

   Pero quizás la mayor virtud, el mayor logro del arte de dudar, se centre en recordarnos nuestros límites, en “herir” nuestra omnipotencia. Es en la tolerancia a la incertidumbre, en la imposibilidad reconocida de saberlo todo, donde estriba nuestra mayor fortaleza.

   Nuestro amigo Montaigne parece disfrutar de vivir en ese mundo de certezas anuladas que él mismo construye en sus Ensayos. Y nos regala una cita genial con la que desearía terminar este farragoso escrito: “No tiene sentido que nos subamos a unos zancos, porque aunque llevemos zancos tenemos que andar con nuestras propias piernas. Y hasta en el trono más elevado del mundo nos tenemos que sentar sobre nuestro propio culo”. Buen domingo, lector. Celebre sus dudas.

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