
Por Laura Vilche
En el año 2000, La Capital publicaba una entrevista donde decías que los gays rosarinos no eran ciudadanos plenos, que la ciudad estaba más abierta pero aún había bastante homofobia. ¿Cambió ese panorama?
—Transcurrió la historia, hay mayor visibilidad, pero creo que el Estado, los medios y también algunos militantes se relajaron luego de que se logró el Matrimonio Igualitario. En marzo hicimos la primera Asamblea por la Diversidad Sexual Provincial en Rosario, ciudad donde también en 1996 se realizó el primer Encuentro de la Diversidad Sexual de la Argentina. Ahora, entre otros temas, se evaluó el crecimiento de los crímenes de odio contra la comunidad LGTBI y cómo la Justicia continúa teniendo una mirada punitivista y heterosexista. Además aún hay falencias en la ley de educación sexual integral y también en la de identidad de género. Creo que hasta que no tengamos un cabal cuestionamiento y conocimiento de la sexualidad no podemos bajar los brazos. Los padres aún tienen miedo de que los pibes "les salgan" putos y hay chiquitos hostigados con bullying en las escuelas. Muchos siguen viviendo tortuosamente la diversidad y no debemos olvidar que acá se vivieron años de oscurantismo, hombres que se casaron con mujeres porque no se podían visibilizar y tuvieron vidas sufrientes, personas que se suicidaron, tipos que fueron detenidos por la policía cada dos por tres, y abusados. Aún hay odio aunque un colega dice que la sociedad fue metabolizando la "diversidad sexual", para no usar la palabra "homosexual"?
—¿Por qué no usar esa palabra?
—Porque tiene relación con el pasado más negro, tiene connotaciones policiales o de la patología. Hay ahora más tolerancia aunque falta de educación sexual. Yo empecé a saber de sexualidad de adulto, con el activismo, allí empecé a leer y a estudiar y me di cuenta que era un ignorante completo sobre sexualidad. Empecé a concurrir a las primeras charlas del Movimiento de Liberación Homosexual (MLH) en 1986, a los 35 años. Ese era un grupo, de varones y mujeres, muy ligado a lo político nacional, al juicio a las Juntas. Hasta esos años la vida de la homosexualidad había sido oculta en Rosario.
—¿Dónde transcurría?
—En los 70, en una mesa del bar El Cairo o el Savoy. Nos reuníamos azarosamente las veinticuatro horas. Un viejo gay me dijo que había otro bar en San Martín y Rioja que se llamaba La Cosechera. También nos veíamos en el Sorocabana, un sitio de mucho contacto de paso: se tenía sexo en el baño. Y si caminabas un poco te metías en el cine Heraldo. Más tarde estuvo el Marnet en la bajada Sargento Cabral, muy castigado por la policía. Era un circuito que ya tenía décadas cuando yo llegué.
—¿Cuántos años tenías?
—Unos veinte. Nos conocíamos todos, nos poníamos apodos: a mí me llamaban La Eterna, porque nunca envejecía; a otro La Burbuja, a quien la mujer le cerraba la puerta de la pensión porque se escapaba para tener relaciones con tipos. A uno bajito una vez una razzia lo llevó del Savoy y un policía le gritó: "Che, vos, medio pollo ¡contra la pared!" y así le quedó, La Medio Pollo. Éramos parte de un circuito céntrico, de mucho contacto en la calle. Alejándonos del centro un punto de encuentro era el baño que estaba al lado de la pajarera del parque Independencia, que después se clausuró en la dictadura. Y quienes se travestían aprovechaban los Bailes de Carnaval de Oroño para hacerlo en total libertad. Pero todo eso era muy humano, el contacto era cara a cara no como ahora que todo pasa por Internet con más deshumanización.
—¿Ya existía la palabra gay?
—No, para las fuerzas policiales éramos "homosexuales" o "pederastas".
—¿Y entre ustedes cómo se llamaban?
—Nos decíamos "aquel es entendido" para decir que era puto. Y para referirnos a la pareja decíamos que teníamos un "affaire". Hubo cambios en el lenguaje, y también más visibilización a partir de los boliches.
—¿Qué cambios?
—La forma de ingresar a la discoteca. La primera se llamó Alto Nivel, estaba en Pellegrini y Maipú. Después siguieron otras, pero al principio la gente llegaba en taxi, se bajaba rápidamente y entraba. Pero luego, con Gótica (Mitre al 1500), ya se hacía cola en la puerta. La visibilidad fue gracias al Movimiento de la Diversidad Sexual, a todos, los que hicieron mucho y poco.
—¿Y la prensa cómo los visibilizaba?
—A través del escándalo público. Un colega, Carlos Italiano, hizo un gran trabajo de relevamiento de notas. Antes abundaban los títulos sobre homosexuales detenidos por estar vestidos de mujeres. Hay dos notas para mí, relevantes: en 1954 la revista peronista "Ahora" se refirió al escándalo que provocó el abuso a un menor por parte de un amigo del cardenal (Antonio) Caggiano, en un club de fútbol. El segundo escándalo se publicó el 28 de febrero de 1976 en La Tribuna, el diario de las siete de la tarde, y más amarillo. El hecho ocurrió en el barco Ciudad de Rosario cuando le iban a celebrar el cumpleaños a la Tota Gauna, en ese momento un modelo de la tienda La Favorita. Entre varios alquilan el barco, las locas llegan vestidas de damas antiguas, el capitán llama a la Prefectura que en un momento, con agentes armados, rodea la nave con lanchas y les ordenan que bajen. La Brigada de Moralidad Pública las esperaba a todas en la costa. Alguna se tiró al agua y nadó con el disfraz puesto hasta La Fluvial. Y apareció este título: "Fiesta de homosexuales drogadictos. Salieron a pasear a la luz de la luna y terminaron en las sombras". Se escribió que había mucha droga, y lo pongo en duda porque en esa época había cierta moralina entre nosotros, tanto contra la droga como contra el alcohol.
—¿Había algún medio que fuera una excepción a esa línea editorial de condena?
—Sí, la revista Boom (surgida a fines del 68 y mensual, que tuvo como director a Ovidio Lagos Rueda y en su plantel a Roberto Fontanarrosa y Rafael Ielpi, entre otros). Esta publicación le dedicó un número entero a la homosexualidad en Rosario, sin juicio ni cuestión patologizante. Y eso que recién en el año 1975 la homosexualidad dejó de considerarse enfermedad en Estados Unidos y tendría que llegar 1990 para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) la retirara de su listado de enfermedades mentales.
—Fuiste fundador del colectivo Arco Iris, de la ONG VOX, ahora seguís en la Universidad y decidís donar todo tu patrimonio cultural LGTB al Museo de la Memoria, ¿por qué?
—Porque resguardar la memoria es una cuestión política, fortalece al colectivo. Me habilitaron la decisión el secretario de Cultura (Guillermo Ríos) y la directora del Museo (Viviana Nardoni). Doné 40 libros de mi biblioteca y todo mi archivo privado, que se convertirá en público. La primera revista sobre diversidad fue VOX: hay 30 ejemplares, de allí nace luego la organización. Además, con otros historiadores estamos escribiendo un libro, habrá un capítulo mío con relatos sobre la diversidad sexual en Rosario. Y si consigo financiación trabajaré en un video sobre la problemática, desde los inicios de Rosario como ciudad hasta la década del 90 más o menos.
—¿Es justo si digo que sos un referente de la comunidad LGTBI en Rosario?
—Creo que soy un histórico y para mí es un orgullo porque me costó mucho todo este recorrido: caer preso, recibir insultos, discriminación velada, que me quitaran saludos, desatender mi carrera. Pero lo hice con gusto: si no das las cosas para los demás, ¿para qué vivís? En el año 1986 había gente que moría acá por el virus del sida, y ese fue mi puntapié inicial. Después se agregó lo político, el Movimiento de Liberación Homosexual hacía análisis de sangre pero no prevención y yo creía que prevenir era lo que había que hacer. Iba con profilácticos a todos lados. Caía en las fiestas y a algunos les molestaba, pero el virus era impiadoso y el boliche era el único lugar donde los encontraba a todos juntos. Aún sigo repartiendo profilácticos en los dos saunas de la ciudad y en el Cine de la Cortada, y eso que el sida no es lo mismo, ahora está la triple terapia (medicamentos antivirales), sin dudas hoy un pibe de veinte años vive su homosexualidad muy distinto que a mis veinte, y por suerte. Pero, te contesto, entonces, la primera pregunta: se hizo mucho, pero todavía hay bastante homofobia.
El archivo LGTBIEl 28, recuerdo de lucha con festival



Por Claudio Berón
