Las brujas siempre vuelven

Mariana Enriquez es mucho más que una joven y talentosa escritora porteña. Desafiante e irreverente, en su último libro de cuentos —Las cosas que perdimos en el fuego, publicado por Anagrama— explora un universo atípico en la narrativa nacional, el terror. En una confitería de Buenos Aires dialogó a fondo con Más y contó detalles de su perturbador universo.
23 de octubre 2016 · 00:00hs

"Las quemas las hacen los hombres. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices", le dice una chica a otra en Las cosas que perdimos en el fuego. Este es el nombre del nuevo libro de Mariana Enriquez. Y también, del cuento que cierra ese volumen. Allí, un grupo de mujeres toma la decisión extrema de rociarse con nafta en vez de morir en manos de novios, maridos o amantes. Y eligen hacerlo como ritual secreto, en las afueras de las ciudades. ¿Brujas que arden en la hoguera? Sí: pero brujas que al fin vuelven. Sobreviven al mejor estilo zombie y se exhiben bajo el sol cubiertas de heridas que las deformaron. Se llaman a sí mismas, con orgullo desconcertante, "monstruas". Esa subversión del lenguaje muestra lo que la sociedad oculta. Evidencia los femicidios actuales, pero también la oscura trama histórica que interpela esos crímenes del presente.

El lector (la lectora) llega hasta ese relato sin respiración. Porque apenas se empieza a leer Las cosas que perdimos en el fuego, queda claro que las certezas han entrado en combustión. Aquí, los niños pobres son objeto de asesinatos atroces y las niñas ricas desaparecen en casas embrujadas, a la vuelta de la esquina. La policía mata a jóvenes que viven en el borde de las ciudades y ellos vuelven de la muerte a exigir venganza. Las adolescentes explotan en estados de locura mientras allí, en lugares que alguna vez fueron centros clandestinos de detención, los fantasmas avisan que no están en calma. Lo horroroso está acá, al acecho, debajo de la piel dura de lo cotidiano. En eso reside gran parte de la fascinación que ejercen los cuentos de Enriquez. También, en una escritura afilada, llena de desprejuicio, propia de quien hace rato se metió en el universo de los cuentos terroríficos para averiguar cuán lejos se puede llevar el género. Por eso, las palabras de esta escritora explotan. Y arden.

Editado por Anagrama, el libro se publicará en veinte países. Es un acto de justísimo reconocimiento hacia el trabajo de Enriquez, que dio a conocer su primera novela, Bajar es lo peor, con poco más de veinte años, en 1995, y que desde entonces viene escribiendo textos de huella indeleble que se pueden leer en publicaciones de todo el mundo. Es autora, por ejemplo, de la novela Cómo desaparecer completamente (2004), de las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) y Cuando hablábamos con los muertos (2013), de unos relatos de no ficción muy peculiares reunidos en Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013) y del perfil sobre Silvina Ocampo La hermana menor (2014).

Además, es subeditora del suplemento Radar, de Página/12. En esos artículos, que son gemas talladas con la urgencia del periodismo y una erudición pavorosa, se pueden rastrear los nombres de varios músicos y escritores que forman ese humus al que románticamente se denomina "educación sentimental". La educación de Enriquez está hecha con esas obsesiones oscuras y prodigiosas que la trajeron hasta acá: Nick Cave y Manic Street Preachers, David Bowie, Iggy Pop. Y también, claro, Stephen King y Neil Gaiman. Y las hermanas Brönte, Angela Carter, Flannery O'Connor y todo el gótico sureño. Y Shirley Jackson, y más cercanas en el tiempo, Kelly Link o Karen Russell.

Llega a la entrevista con una remera roja que lleva estampada la cara de Joan Jett, guitarrista y compositora de The Runaways, una banda de rock creada en los setenta e integrada únicamente por chicas. Volvió recién de viaje y está a punto de continuar una gira que el año próximo la llevará por Europa, donde su libro ya es un secreto a voces. Mientras tanto sigue metida en una nueva novela de la que por ahora quiere revelar poco, aunque lleve escritas unas 500 páginas. El mozo de la confitería London —un clásico de Buenos Aires con muñeco de Julio Cortázar tamaño natural sentado en una de las mesas— sirve otro café en este mediodía erizado de turistas. Y la charla comienza.

—Me decías que El chico sucio, el cuento que abre el libro, se publicó originalmente en inglés y en una revista como McSwenney's, que fundó Dave Eggers y donde publicaron desde Stephen King hasta David Foster Wallace.

—Todos esos nombres juntos, tan poderosos, suenan de modo aterrador. Pero bueno, sí. Me pidieron un cuento policial. No escribo policiales, no tengo la costumbre. Entonces lo pensé como un policial a la latinoamericana; es decir, un crimen que no se resuelve. Es decir, más que la investigación, acá es el crimen lo que determina el policial. Y fue eso lo que envié.

—Ese cuento tiene vínculos con otro, El agua negra, por varias cosas: en los dos hay crímenes, chicos jóvenes y pobres, violencia policial... Además, ambos ocurren al sur de la ciudad de Buenos Aires.

—Es donde yo vivo, entonces es una zona de la ciudad que conozco, que me gusta, que es bastante literaria. De todos modos, los cuentos del libro están ubicados en todas partes. Pero el sur de Buenos Aires es una zona que me alucina y a veces, para escribir ficciones un poco desaforadas, sirve tener un anclaje geográfico. Porque son barrios que fueron muy opulentos en el siglo XIX, abandonados luego por la epidemia de la fiebre amarilla. O sea, tienen un pasado un poco fantasmal. Además, el Riachuelo como límite geográfico tiene toda su historia pesada también. Está la estación de Constitución, claro, pero en el caso de El agua negra me interesó más el Riachuelo, que es un borde del conurbano, un límite de verdad. Además yo nací en Lanús y estudié comunicación social en La Plata. O sea, yo también vengo un poco de afuera.

—Siguiendo con las simetrías, en los dos cuentos aparece una chica embarazada que fuma paco.

—Puede ser la misma.

—¿Cómo sería eso?

—Hay muchos personajes que, creo, pueden ser los mismos. No es deliberado. Pero cuando aparecen, no los cambio diciendo "uy, estoy repitiéndome". Los dejo: son recurrentes por algún motivo. O son el mismo personaje, en otro lugar, desde otro punto de vista. Escribo cada texto pensando en su propio mecanismo. Aunque cuando tengo todos los cuentos reunidos en un libro, dejo que lo que se repite se lea como un juego de espejos.

"No entiendo la literatura en común, con muchas lecturas, muy manoseada. No me interesa para nada, no tiene que ver con la manera en que trabajo. Creo que la literatura es un trabajo que se hace en soledad"

—Esas muertes que relatás tienen que ver con casos reales. Por ejemplo, un crimen ocurrido en Corrientes o el asesinato de Ezequiel Demonty, arrojado por la policía al Riachuelo. Incluso en otro cuento, Pablito clavó un clavito, hace su entrada en escena un personaje tenebroso y mítico como el Petiso Orejudo. ¿Cómo es el vínculo entre tu trabajo como escritora y como periodista?

—Como trabajo de periodista, es casi por default pensar que puedo escribir desde ahí. Lo cierto es que yo no investigo cuando escribo ficción. Apenas puedo googlear si tengo una duda. De hecho, hay errores a montones... Poné en Google las calles de El chico sucio y te vas a dar cuenta de que no están ubicadas como en la vida real. No me parece que el verosímil esté dado por el chequeo y el reporteo, que sí tenés que hacer en periodismo porque es lo que éticamente corresponde. En la ficción no trabajo con la verdad, trabajo solamente con lenguaje y con imaginación.

—¿El ritual satánico de El agua negra está inspirado en Lovecraft?

—Sí. Las letras que aparecen en la iglesia son el nombre de uno de los dioses del Necronomicón. El cura que se suicida también es típico de Lovecraft. Y las mutaciones de los chicos que viven al borde del Riachuelo tienen que ver con La sombra sobre Innsmouth. Así que lo que hice es tomar la mitología de Lovecraft y meterla adentro de un cuento de terror urbano. Ese fue un pedido de una editorial española que quería hacer una antología de cuentos con inspiración de Lovecraft y a mí me salió eso.

—¿Por qué lo monstruoso en tus cuentos está aquí a la vuelta?

—Me interesa trabajar el terror con tono realista. Me interesa una hibridación entre el realismo y el género del terror más puro. No es un invento mío, es lo que hace Stephen King.

—¿Cómo es tu proceso de escritura?

—Tengo una idea de cuento, me siento sabiendo el cuento que quiero escribir. Tomo pocas notas, tres o cuatro renglones, me hago un resumen de lo que tengo en la cabeza para no olvidarlo y en general trato de escribirlo en un día, cuanto mucho dos. Me parece que si no pierde cierta fuerza, cierto tono. Después puede cambiar en la corrección pero en el momento prefiero que sea así, muy explosivo.

—¿Mostrás lo que vas escribiendo?

—Muy poco. Tengo dos lectores, que son dos amigos. Yo no entiendo la literatura en común, con muchas lecturas, muy manoseada. No me interesa para nada, no tiene que ver con la manera en que trabajo. Me parece que la literatura es un trabajo que se hace en soledad. Tampoco comparto las ideas previamente. Es muy difícil contar lo que uno escribe, no es una película. A la vez, son textos muy personales y me da pudor mostrarlos a veinte personas antes de que sean publicados. Sé que hay gente que pone su escritura en común y eso le sirve. Capaz que mis textos mejorarían si tuvieran esa instancia. Pero yo no pienso que se escriba así. Además soy bastante insegura. No le tengo tanta confianza a la gente ni tengo buena onda con todo el mundo. Así que prefiero estar distante de ese tipo de experiencias.

—Sin embargo, en el caso de tus textos periodísticos o de perfiles como el de Silvina Ocampo, donde trabajaste con Leila Guerriero como editora, el proceso fue distinto.

—Sí, porque ahí se juegan cosas técnicas. Entonces es bueno que un editor o una editora como Leila, con la que aprendí muchísimo, te sugiera cuestiones cómo cuál es el mejor comienzo, el mejor modo de presentar al personaje, que te avise que te faltan datos o reporteo. El periodismo tiene una responsabilidad pública y la literatura no; al menos, no en el sentido de tener que ser fiel a lo real. Entonces no tengo que acomodarla a la opinión o al gusto de nadie.

—¿Por qué los niños de tus cuentos están solos?

—El niño en el cuento de terror es casi un lugar común con el que me gusta trabajar. Pensá que el bisabuelo del cuento de terror es el cuento de hadas, protagonizado por niños puestos en situaciones mucho peores de las que yo los pongo... A Caperucita Roja se la come el lobo o la viola, no lo sabemos; Hansel y Gretel son devorados por la bruja. Hay cierta inocencia turbia y cierta experiencia de la infancia proclamada solamente como maravillosa, que me parece hipócrita. Tanto como me parece hipócrita la sobrevaloración de la infancia cuando en realidad los niños son muy maltratados en nuestras sociedades. El niño es el que más en peligro está, justamente porque es el que menos sabe del peligro. Entonces, la infancia es muy adecuada como disparadora del terror porque además un niño está en formación en cuanto a tabúes, límites, influencias... Que sean tan maleables y dañables me parece aterrador. A la vez, están solos y pueden ser malos. Innegablemente me gusta escribir sobre niños malos.

—¿Y sobre chicas malas?

—También. Me parece que la adolescencia es un momento de la mujer superintenso, casi místico. Podemos pensar en Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides pero también en las hermanas Brönte escribiendo esos tumultos que no se pueden creer. Mary Shelley tenía 18 años cuando escribió Frankenstein. Y si bien hay una tradición de la bruja vieja, hay también toda una tradición de brujas jóvenes que se recupera, por ejemplo, en Las brujas de Salem. Carrie empieza y termina con un baño de sangre. Hay una genealogía que me parece muy poderosa, enloquecida y fuera de la norma; cuerpos que no podés disciplinar por lo potentes que son. Es un momento rabioso, por lo menos mi momento fue así. Y me encanta escribir sobre eso.

"Uso fantasmas en lugares vinculados a la violencia y el autoritarismo, ya sea de la dictadura o de la policía. ¿Qué es un fantasma? Alguien que vuelve a cerrar algo que no terminó de saldarse"

—Los años intoxicados, otro de los cuentos, tiene ecos de esa juventud y de tus primeras novelas.

—Es que aunque mi adolescencia fue lejana, me parece fácil de recuperar porque la siento cerca. En la escritura aparece todo, incluso un poco de autoficción, aunque yo no lo hago mucho porque no me gusta. Pero sí tengo gente, situaciones y lugares que viven en mi cabeza, con los que converso como si fuera mi mundo imaginario o como quieras llamarlo. La verdad, me gustaría tener un discurso más organizado sobre cómo escribo pero todo lo que puedo decir es que tengo la idea de un cuento, lo escribo y ya está. No es un mecanismo sino algo más orgánico. También me parece importante desmitificar las condiciones de producción. Yo no tengo tiempo de andar pensando todo el día en la escritura porque estoy con un millón de cosas. Así que cuando tengo un par de horas, me siento y escribo.

—¿Escribís con música?

—Sí, armo distintas playlists en inglés, porque en castellano me perturba la lengua. El título del libro tiene que ver con el disco de una banda que me encanta, Low, unos mormones de Minnesota, increíbles. Escucho Bruce Springsteen, en especial The River y Nebraska. O los primeros discos de Nick Cave. O Cat Power o The Stone Roses... bueno, son muchos, ahora nos los recuerdo todos.

—¿Qué tienen que ver los fantasmas con estos cuentos?

—En general los disparadores del miedo que intento usar son realistas. Y los lugares, como decía Shirley Jackson, recuerdan. Uso fantasmas en lugares vinculados a la violencia y el autoritarismo, ya sea de la dictadura o de la policía. ¿Qué es un fantasma? Alguien que vuelve a cerrar algo que no terminó de saldarse. Entonces entendiendo el fantasma colectivamente, tiene que ver con lo que no cerramos como sociedad. O lo que estamos condenados a repetir. El fantasma siempre pasea en el mismo lugar, está condenado a eso. Extendiendo esa idea, el fantasma es esa condena social. Las chicas del cuento La hostería no saben que ahí hubo una escuela de policías treinta años atrás. Ellas no tienen nada que ver con ese pasado. Es una historia, una leyenda. Sin embargo, es una historia que vuelve, que ellas pueden repetir y todos podemos repetir. Yo no uso el final sorpresa; es decir, los cuentos tienen finales más abiertos. Me gusta que las historias no terminen tranquilizadoramente.

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Mariana Enriquez - Bio

Nació en 1973 en Buenos Aires. Es periodista, subeditora del suplemento Radar de Página/12 y docente. A los 21 años publicó su primera novela, Bajar es lo peor, y su nombre se repitió y se repitió en las propagandas de radio. "Mariana Enriquez, la escritora más joven del país", decía en la publicidad una mujer con voz metálica. Es autora, además, de la novela Cómo desaparecer completamente (2004), de las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) y Cuando hablábamos con los muertos (2013), de los relatos de no ficción Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013) y del perfil sobre Silvina Ocampo La hermana menor (2014). Sus relatos han aparecido en antologías de España, México, Chile, Bolivia y Alemania.

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De chica ignorada a chica famosa

(Fragmento de Fin de curso, cuento de Las cosas que perdimos en el fuego)

Nunca le habíamos prestado demasiada atención. Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen ni demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque una las ve todos los días en el mismo lugar, es posible que nos las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre. Lo único que la diferenciaba era que se vestía mal, feo y algo más: la ropa que usaba parecía elegida para ocultar su cuerpo. Dos o tres talles más grande, camisas cerradas hasta el último botón, pantalones que no dejaban adivinar las formas. Sólo la ropa hacía que nos fijáramos en ella, apenas para comentar su mal gusto o dictaminar que se vestía como una vieja. Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija. Era mala alumna, pero rara vez recibía la desaprobación de los profesores. Faltaba mucho, pero nadie comentaba su ausencia. No sabíamos si tenía plata, de qué trabajaban los padres, en qué barrio vivía.

No nos importaba.

Hasta que, en la clase de Historia, alguien dio un pequeño grito asqueado. ¿Fue Guada? Parecía la voz de Guada, que además se sentaba cerca de ella. Mientras la profesora explicaba la batalla de Caseros, Marcela se arrancó las uñas de la mano izquierda. Con los dientes. Como si fueran uñas postizas. Los dedos sangraban, pero ella no demostraba ningún dolor. Algunas chicas vomitaron. La de Historia llamó a la preceptora, que se llevó a Marcela; faltó durante una semana y nadie nos explicó nada. Cuando volvió, había pasado de chica ignorada a chica famosa.


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