¡Mabelucha! Se oye en el aire de cada marcha a la que asiste. Son las mujeres que la reconocen y la mencionan con su nombre de "batalla".

Silvina Salinas
¡Mabelucha! Se oye en el aire de cada marcha a la que asiste. Son las mujeres que la reconocen y la mencionan con su nombre de "batalla".
Mabel lucha. La unión de estas dos palabras no es azarosa. Su vida estuvo y está enfocada en el movimiento feminista, en ser parte de la construcción colectiva para conseguir más y mejores derechos para las mujeres.
Se la puede ver en cada encuentro, caminando o sentada en su reposera. Escucha atentamente, abraza, acompaña y alza la voz.
Mabel encierra en su cuerpo la fuerza de las mujeres que empezaron a construir paulatinamente el camino de este presente del que ella sin dudas forma parte. Y al mismo tiempo, extiende generosamente sus manos a las que vendrán.
Lo sabe. Así lo tomó de su mamá y de otras mujeres que marcaron su camino.
"Una vez leí que las madres siempre te dejan algo por lo cual vos cambiás de idea. Creo que mi mamá fue de avanzada porque peleó para recibirse de maestra cuando el mandato era: para qué vas a estudiar si te vas a casar. Ella siempre fue de lucha, yo también", afirma.
Lo primero que llama la atención es su tonada norteña. Mabel nació en Santiago del Estero y es la única mujer de cinco hermanos. Su papá y su mamá eran docentes rurales y de ahí heredó su espíritu nómade.
Aunque hace casi 60 años que vive en Rosario, su voz se ancla a sus orígenes como esas raíces frondosas de los árboles que se aferran a la tierra. Tiene una lucidez envidiable, relata cada anécdota con precisión de fechas, números y nombres. Ella se excusa y dice que su salud no es la misma de antes, aunque solo una tos recurrente sea el único indicio visible de eso que cuenta.
Cuando era chica no tosía. No, eso es de ahora. De niña era intrépida. Ella cuidaba de sus hermanos por indicación de su mamá y se sumaba con ellos a jugar a la bolita, la pelota y a remontar barriletes. "No me gustaba estar sentada en un sillón mecedor con una muñeca, por eso me iba a cuidar a mi hermano. El juego de quietud y el encierro no era para mí", relata Mabel.
La semilla que hoy es árbol de copas altas y frutos dulces tiene un punto de inicio. El crecimiento implica una incomodidad donde de repente algo se descascara y empieza a brotar. Mabel tiene ese momento registrado a fuego, o mejor dicho, a agua. Todo nace en su Santiago natal: "A una cuadra y media de mi casa había una acequia. El agua era cristalina y mis hermanos se iban a bañar ahí. A mí no me dejaban ir y me marcaban que era una actividad para varones. Ahí comencé a sentir la diferencia".
Pasión y colores
Otra de los características que se destacan en Mabel es su cabello: casi como un canalizador de energías, va mutando colores y desafiando estereotipos. Ahora lo tiene corto y de color rojo, con variaciones y matices. Toda una expresión de sus ganas y pasión por la vida. La misma energía con la que un día emprendió viaje y vino a vivir a Rosario.
Tras haberse formado, pasado por distintas situaciones familiares, trabajos y experimentar en carne propia las injusticias de una sociedad patriarcal, llegó a la ciudad que descansa a la vera del Paraná a sus 32 años para ocuparse de uno de sus hermanos, que por ese entonces era menor. Ya instalada, empezó a sentir que esa incomodidad seguía en su interior y no podía salir. Recorrió y buscó sin éxito entre agrupaciones y ámbitos sociales hasta que en 1989 escuchó por la radio que se hacía en Rosario, por primera vez, un Encuentro de Mujeres, el cuarto a nivel nacional. La semilla volvió a echar brotes. "Agarré y fui. Ahí enganché, enganché y enganché. Ya tenía 59 años", recuerda ese día como si no hubiese pasado el tiempo.
Hasta ese momento Mabel y muchas mujeres eran tildadas de "locas", "brujas", por cuestionar las normas y las formas conocidas.
"A las Madres de Plaza de Mayo también les decían locas. Ellas lucharon por sus hijos y abrieron un camino", explica.
Se ríe de los prejuicios sociales con su sonrisa amplia y agarra una escoba que le regalaron sus amigas para un cumpleaños, y grita: "es para barrer mandatos".
Cuenta que antes, encarar esta lucha feminista era muy difícil porque "nadie te veía como otro ser humano con quien discutir o hablar algo interesante".
—¿Cómo transitaste esa incomodidad?
—Siempre hay alguien que te considera atacable y que tiene derecho sobre vos. Cuando llegué al movimiento de mujeres eso desapareció y no me fui más. Había un lugar denominado Casa de la Mujer donde organizaban talleres de identidad, sexualidad, entre otros. Iba a todos, me costó un esfuerzo muy grande comprender como funcionaba el patriarcado. Ahora veo a las chicas que ya nacen con ese conocimiento incorporado.
—¿Estuviste en pareja?
—Tuve la idea. No era fácil convivir por ese entonces. Yo a veces me quedaba hasta tarde en alguna asamblea y él se enojaba por eso. Ahí fue cuando me dije: "Nadie me va a respetar como yo quiero: sonaron, chicos".
—¿Cuál es el secreto para llegar a tu edad tan bien?
—Mi motor es la lucha. Estoy viva, cerca de los 90 años, porque soy feminista y porque quiero ver los cambios que ya estoy viendo. En el último encuentro en La Plata vi a más de 200 mil personas y dije: "A la miércoles, hicimos bien las cosas". Sí, la lucha es mi gran motor.
—¿Te acordás de algún encuentro en particular?
—Yo andaba en todos los encuentros que podía. Dormía en escuelas, no sé de dónde sacaba la plata pero iba. Ahora por la edad voy a lugares más cómodos, excepto que el cardiólogo no lo recomiende por mi salud. Todo lo que viví es acorde a lo que sentí y siento. Ya no somos más “las locas”. En el primer encuentro las mujeres entrábamos todas en una escuela, ahora se necesitan todas las instituciones de Rosario para alojarnos.
—¿Por qué considerás que fue y es importante participar?
—Porque por primera vez la mujer empezó a dejar a sus hijos, sus maridos, sus casas para encontrarse. Aunque tuvieran que laburar toda una semana para que no la extrañen. Las mujeres aprendimos que somos seres humanos y hay otra gente que piensa como nosotras. Hay una escritora que habla del “malestar de las mujeres” y es por eso que vamos. Para mí es seguir en la lucha porque nos damos cuenta de nuestra libertad. Eso aprendimos muchas, es importante y ayudó.
—¿Cómo se organizan en cada encuentro?
—Las mujeres encontramos una forma de organizarnos de manera horizontal, eso es muy específico y se aprende enseguida. En una oportunidad nos reunimos para el 8 de marzo y ante la disyuntiva de un tema automáticamente nos pusimos de acuerdo. Yo quedé asombrada. De todos modos, no todo es armonioso. Hay muchas ideas pero desde ahí parte la construcción. Mientras siga estando el encuentro, yo sigo aprendiendo.
—¿Se usaba el término feminista en las primeras reuniones de mujeres?
—Estaba instalado socialmente que nosotras queríamos ocupar el lugar de los varones y no es así. Antes no se podía decir la palabra feminista, estaba mal vista, por eso los encuentros eran de mujeres.
—Ahora incluso se habla de “estallido” del feminismo. ¿Creés que es así?
—No creo que sea así. Es un laburo que lo conozco desde el cuarto encuentro. Es un proceso lento, tranquilo, sin cambiar la idea: las mujeres somos seres humanos iguales a los varones y que nos tienen que escuchar. En ese sentido los encuentros fueron muy importantes para cambiar la mentalidad. Eso una construcción, lo opuesto al estallido. Yo soy una loca de los encuentros, es la única forma para cambiar las mentes bien cambiadas. Eso lo aprendí ahí.
—¿Qué sentís cuando te nombran en cada marcha?
—En el movimiento no me conocen como Mabel Bustos sino como Mabelucha, es mi nombre de lucha. Yo me siento feliz porque encontré un lugar a donde luchar y sentirme cómoda. Sigo aprendiendo como el primer día. Voy y vuelvo con la batería llena, recargo mis pilas ahí. A veces nadie dice nada pero hay un afecto, se siente. No son necesarias las palabras.
—¿Qué es lo que más te gusta de esos momentos colectivos?
—Me encantan las plazas de los encuentros. Recuerdo puntualmente uno al que fui en Tucumán. Las chicas se pintan, andan con el torso desnudo, en corpiño. Las mujeres cuando estamos juntas somos potencia.
>> Pañuelos verdes
Mabel guarda en una cajita, casi como un tesoro, los pañuelos verdes que la acompañaron en cada etapa. Los saca y despliega uno a uno contando la historia detrás del pedido actual de aborto legal, seguro y gratuito.
“En el encuentro de Corrientes que fue en el año 94 conocí una señora, Dora Coledesky, ella juntaba firmas para empezar la luchar por el aborto legal para que las mujeres no tengan que ocultarlo y morir en la clandestinidad. En el 2003 se organizó una asamblea en Rosario, en la facultad de Ciencias Económicas. Allí se resolvió continuar con el pedido, hacer talleres. Hubo discusiones porque había gente que quería despenalizarlo pero no legalizarlo”, cuenta Mabel mientras canta la canción de las marchas donde se pide por el aborto legal en los hospitales.
Ese año se repartieron los pañuelos verdes pero replicaban consignas feministas. Dos años después se creó la campaña como hoy la conocemos y se estableció continuar con el color verde.
Mabel lleva su pañuelo atado al cuello en cada marcha y destaca que por fin este tema está en agenda.
Respecto del futuro, de la sociedad por venir, dice que no la imagina: “Creo que vamos bien porque yo siempre he sentido que por ser mujer no era considerada, a mí me dieron una instrucción que aproveché y la seguí enriqueciendo y ahí me di cuenta de que yo podía ser igual que mis hermanos, con los mismos derechos y sin diferencias”.
“Me gusta el término nuevo machirulo”, dice Mabel, para ponerle nombre “moderno” a un sistema patriarcal de antaño.
“Deconstruimos juntas asuntos personales que hoy son colectivos y sabemos que ya no estamos solas ni somos locas. Esa incomodidad se puede manifestar, nombrar y cuestionar para seguir construyendo entre todas”.
Mabel trae consigo la sabiduría ancestral de las mujeres que abrieron la tierra para marcar un rumbo. Esas ideas siguen sacudiendo estructuras como un viento sonda. En ese vaivén, nuevas semillas se esparcen esperando brotar para crear un bosque con árboles tan enormes como los que plantó ella.

