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"Duele, pero no vivo sufriendo: es mi manera de tenerlos presentes"

Un accidente en la ruta se llevó la vida de sus padres y sus tres hermanos. Lucía Ferraro fue la única sobreviviente. Seis años después cuenta cómo convive con la tragedia que transformó su existencia. Una historia de resiliencia.

Domingo 07 de Enero de 2018

Lucía Belén Ferraro tiene 22 años. Es la segunda hija de un matrimonio que se consideraba feliz, compañera de sus hermanos a quienes amaba entrañablemente. Sin embargo, todo cambió de repente cuando un camión chocó de frente con el auto que los llevaba de vacaciones a Brasil.

   Hace seis años Lucía lo perdió todo. Tanto, que quiso dejar de existir.

   Pero tal vez gracias a ese amor profundo por la vida que aprendió de sus padres y seres queridos decidió seguir.

   En un diálogo extenso y profundo con Más, la joven abre su corazón y cuenta cómo hizo para salir adelante cuando los motivos para sostenerse en este mundo parecían haberse esfumado por completo.

   La tragedia de la familia Ferraro estuvo en todos los diarios el 26 de diciembre de 2011. El choque se produjo en la ruta brasileña rumbo a Florianópolis y terminó con la vida de Leticia Debuck, Gustavo Ferraro, Matías, Andrés y Thiago Benjamín Ferraro. Sólo sobrevivió Lucía.

   El accidente conmovió a la ciudad. Los medios pasaron o publicaron durante días fotos de esa familia que ya no existía.

   La comunidad del colegio Juan Agustín Boneo los homenajeó, los recordó como pudo en medio del tremendo dolor que atravesó a los amigos, a los familiares, a las maestras, a los vecinos. Lucía, la única sobreviviente, permanecía internada en terapia intensiva.

   En el accidente se quebró una pierna, y padeció otras complicaciones físicas a raíz de los golpes. Poco importó esa pierna rota cuando entendió que se había quedado sola.

   Ahora, seis años después, se anima a relatar públicamente cómo soportó aquellos días, y los meses y años que vinieron después.

   Lucía ya tiene nuevos sueños, se proyecta con una familia como la que tenía, llena de amor y de compañerismo. Y aunque los extraña mucho, muchísimo, afirma que con su vida y sus acciones los quiere “hacer presentes”.

   “No está mal que te duela, lo que no se puede es vivir sufriendo. Yo vivo con el dolor, pero no lo sufro, lo acepto sin permitir que me impida seguir adelante, soñando con las cosas que quiero”.

Aquellos días felices

Gustavo y Leticia eran oriundos de la ciudad de Santa Fe, los dos “muy inteligentes, ambos eran ingenieros”, recuerda Lucía y a la vez muy amorosos con sus hijos. Se trasladaron a Rosario por el trabajo de Gustavo cuando ya tenían dos hijos: Matías y Lucía. Se instalaron en Alberdi. Lucía decidió actualmente vivir en ese mismo barrio, aunque en otra casa.

   Sus recuerdos familiares están llenos de vida, de sonrisas, de amor. Detalla con exquisito cuidado todas las actividades que hacían juntos. Se nota que estos padres jóvenes quisieron que sus hijos crecieran acolchados por el cariño y la ayuda mutua.

   Ella rememora cuando pudieron comprar la primera casa. Entonces los Ferraro ya tenían tres hijos y se organizaron para arreglar el inmueble todos juntos. Pintaron paredes, lijaron, limpiaron. Armaron esa casa donde vivieron hasta que se decidió el viaje a Brasil.

   En ese hogar también nació Thiago, el hermano más pequeño.

   Para Lucía fue un hito en su vida, ese niño la marcó porque pudo hacer un poco de mamá con él, menciona.

   “Disfrutábamos mucho de la casa y de estar juntos. Jugábamos a las cartas, charlábamos mucho. Ahora entiendo por qué: porque nuestra vida en familia iba a ser muy corta”, reflexiona.

   Del relato plagado de lindos recuerdos, la joven saca reflexiones, las que maduró con el tiempo. Se acuerda que su mamá la animaba a que hiciera sus cosas sola, que supiera cuidarse. “Me daba bronca que no me hiciera la leche como lo hacían las mamás de mis amigas, pero ahora entiendo que iba a necesitar ser independiente porque me las iba a tener que arreglar sola muy pronto”, afirma.

   Con su hermano mayor, Matías, logró ser amiga y confidente. “Teníamos nuestras peleas, pero cuando entramos en la adolescencia él se convirtió en mi mejor amigo. Le contaba todo y le pedía consejos. Él estaba por empezar la facultad, quería ser arquitecto”.

   Con su hermano menor, Andrés, tenía una relación diferente. “Era muy inteligente, jugaba mucho con él cuando éramos chicos y siempre lo ponía de alumno cuando yo quería ser la maestra. Así le fui enseñando a leer y a escribir, y lo increíble fue que él aprendió y entró a primer grado sabiendo mucho. Era divertido escucharlo cuando se quejaba de cómo se aburría en clase”.

   De Thiago, el más chiquito, Lucía dice poco, porque le cuesta hablar.

   Es cierto que extraña a todos sus hermanos, pero el más chico tenía un lugar especial, ella fue un poco su referente. Sabía entretenerlo, darle de comer, cambiarlo, divertirse con él.

Los viajes y la corazonada


Viajar era una pasión para la familia Ferraro. Lo hicieron varios años, siempre en auto y todos juntos.

   Lucía recuerda cuando en 2008 sus papás compraron la Zafira, el auto con el que hicieron el último viaje. “Ese día fueron todos a buscarlo a la concesionaria, menos yo. Estaban felices,pero cuando los vi llegar tuve una sensación fea que no sé cómo describir. Me acerqué al auto y le pregunté a mi papá que pasaba si me sentaba en el asiento de atrás y había un accidente... ¿me iba a morir? La pregunta lo desconcertó pero enseguida me contestó que cómo iba a pensar en eso. Entonces Lucía supo que allí estaría a salvo. Hoy la joven recuerda esos hechos y se asombra porque reconoce que esas sensaciones fueron proféticas. Tres años más tarde Lucía viajaba sentada en ese asiento y fue la única que no murió.

   Con cinco meses de anticipación los Ferraro empezaron a planear las vacaciones y a soñar con las playas de Florianópolis, Brasil, junto con los vecinos, que eran muy amigos. Era la primera vez que iban a hacer un viaje tan largo y la emoción era grande para todos. Los más chicos contaban los días que faltaban para arrancar. “Teníamos muchas expectativas”, recuerda.

   Llegó el 25 de diciembre, a las 19, con los nervios y la emoción a flor de piel, salieron de esa casa. Para siempre.

   La joven recuerda cada detalle de ese día y no sabe cómo ni por qué, ella presintió el accidente. “Me senté donde lo hacía siempre. Cuando miré hacia la ventana vi una imagen del colectivo viniendo de frente hacia nuestro auto y destrozándolo todo. Rápidamente, giré hacia adentro y quise borrar aquella escena. Me latía el corazón a mil, pensaba que no podía ser, y le preguntaba a Dios qué era aquello. Cuando me pude calmar intenté pensar lentamente y me dije: “Si lo viste y era verdad, ¿qué ganás diciéndoselo a tu familia? Si tiene que pasar, va a pasar. Y si no es así ¿para qué preocuparlos? Estaban todos tan felices, eufóricos... ”, rememora.

   “Cerré los ojos y le pedí a Dios que fuera lo que quisiera, pero que por favor no me faltaran fuerzas y que me cuidara. Respire hondo y traté de relajarme. Pero tuve la certeza de que yo no me iba a morir con ellos. Es tan difícil de explicar”.

   A la noche pararon a comer en una estación de servicio y luego cambiaron de conductor. Tomó el volante Leticia. Gustavo se durmió para recuperar fuerzas. Todos decidieron descansar, Lucía también. Se despertó cuando hubo un poco de claridad y se puso los auriculares. En ese instante vio que un colectivo avanzaba hacia ellos a toda velocidad, y cerró los ojos.

   Cuando los abrió otra vez había ocurrido. Escuchó el silencio, ese silencio desgarrador de la muerte. Ese silencio le hizo entender que estaba sola.

   Cuenta que tuvo ganas de dejarse morir. El auto había dado varios tumbos y ella estaba atrapada en el asiento, tapada con los bolsos. “No sé cuánto tiempo pasó hasta que empecé a escuchar los gritos de mi vecino que viajaba en otro auto: «¡Están todos muertos!». Yo estaba entre no decir nada y morir, o decir algo y vivir. Fue un segundo. Intenté gritar pero no pude articular palabra, hice ruidos y me escucharon. Mi vecino gritó «¡Lucía está viva!». Había decidido no morirme, a pesar de todo”.

   Sintió un fuerte dolor en la pierna. Se había quebrado el fémur y tenía los pulmones perforados. La trasladaron a un hospital en Brasil y luego a Santa Fe, donde viven sus abuelos. “Tuve que pelear mucho para recuperarme, me pasaron muchas cosas a nivel físico, psicológico, y cada vez tenía que reafirmarme en seguir peleando para vivir. Tuve que pelear mucho por ser, por recuperarme”, confiesa la joven.

   Fueron semanas interminables en el hospital, entre la vigilia y el sueño y gente que pasaba a visitarla. Caras tristes, suspiros y llantos. Nadie se animaba a contarle a esta chica que ya no tenía una familia. “No me acuerdo bien quién me lo dijo, pero sí que esa noche lloré mucho porque me cayó realmente la ficha”.
   Estuvo muy acompañada por amigos de sus padres, parientes y amigos de ella, de Rosario. Durante un mes vivió con sus abuelos en Santa Fe. Luego se trasladó a Rosario con sus tíos, que durante un año y medio la acompañaron. Pasado ese período, los tíos se vieron obligados a regresar al sur donde tenían el resto de la familia. Entonces, Lucía volvió a quedarse sola.

   Allí empezó su gran duelo. Tuvo que enfrentar la soledad y tomar decisiones, comenzó a pagar impuestos, a hacerse cargo de todo. Mientras sus amigos hablaban de salir ese fin de semana, ella tenía que pensar qué iba a hacer de su vida. “Me hacía tanta falta ese pilar de amor de mi familia y sus voces apoyándome....”, asegura con la mirada triste.

   Es el momento en el que pensó en no seguir. Estuvo muy mal, pero no se detuvo. Se fue a Bariloche, terminó la escuela sin llevarse ninguna materia, y se puso de novia.

   “Todo lo hacía todo por ellos. Pensaba en mi mamá que hacía tantas cosas. Yo sabía que me podía tomar un año sabático, estaba rejustificada, pero también sabía que mi familia no quería eso para mí y eso me daba fuerzas”.

   Los pensamientos tenebrosos que la asaltaban la hicieron reflexionar y cuestionarse para qué seguir viviendo. Pero entonces, una vez más se preguntó qué querrían sus padres y sus hermanos para ella.
   “Lo primero era no soltarme de la mano de Dios porque sin Él no podía nada. Después empezar a hacer lo que ellos hubieran querido, y me di cuenta de que esa era la forma de que estuvieran conmigo, cerca, acompañándome. Allí encontré las fuerzas”, declara.

   Tuvo un fuerte apoyo psicológico y también el respaldo incondicional de sus amigos, que la ayudaron mucho. Lucía se recibió de técnica superior en administración de empresas, trabaja y tiene planeado seguir estudiando.

   Paga sus gastos en el departamento donde vive, tiene proyectos, amigos y dice que es feliz.

   Se anima a soñar con formar una familia como la que tuvo y cada recuerdo la llena de alegría. Además, empezó a dar testimonio de sus vivencias y de esa manera a ayudar a muchos jóvenes a mirar la vida de otra manera. “Me ayuda pensar más allá de lo terrenal. Pienso en mi familia. Son mi guía y mi fuerza. Sé que me quedé por algo, y ese algo tal vez sea ayudar a que mucha gente salga adelante, o simplemente a mostrarle a quien lo necesite que se puede y que todo lo que nuestros seres queridos hacen por nosotros es el motor para seguir adelante”.

   “Yo vivo con el dolor —es cierto—, pero no lo sufro, lo acepto sin permitir que me impida seguir relacionarme con otros, viajar, seguir haciendo las cosas que quiero”. La sonrisa de Lucía, su luz, no dejan dudas.


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