"Fue cómplice por ignorancia: no me ocupé de nada, fui un boludo"
Enrique "Quique" Pesoa (conductor del programa La mañana Entera en LT8, durante 1978)
Por Laura Vilche
Archivo La Capital
Enrique "Quique" Pesoa (conductor del programa La mañana Entera en LT8, durante 1978)
"Los argentinos somos negadores y oculteros, no tenemos muy afilado el sentido de la autocrítica, ni como como cuerpo social ni en lo personal, cada uno tiene sus razones para salvar la ropa. Sale más fácil mirar la paja en el otro que la viga en el propio. Creo que todos los periodistas fuimos un poco cómplices, por omisión o por ignorancia, y aquellos que no lo fueron murieron acribillados o torturados. Trabajando en un medio de comunicación es difícil evadir responsabilidades. Recuerdo mi complicidad por ignorancia: no me ocupaba de nada, fui un boludo. Solamente acataba el listado de músicos prohibidos por la dictadura y yo no me rebelaba contra eso, contra la imposibilidad de difundir a Víctor Heredia o a la Negra Sosa. Los periodistas que estaban alrededor mío no sé si eran todos inocentes o fingían inocencia para no meterse en camisas de once varas. En el año 1978, yo me envolví en una bandera y salí a festejar el Mundial, no estaba crítico con la dictadura. En el año 82, como periodista, locutor y conductor, me comí los amagues de Pepito Gómez Fuentes y creía que íbamos ganando. No quiero evadir responsabilidades y decir 'yo no podía hablar', en mi caso me metí muy poco y es más fui a algunos festejos que nos invitaban los milicos en el Comando de II Cuerpo de Ejército y no voy a hacer nombres pero me acuerdo de periodistas de nota con los que fuimos. Allí conocí a Gómez Fuentes, después me enteré que festejaban la apertura de una cárcel, había mucho cuenterío. Lo cierto es que estuvimos en una fiesta: eso es indiscutible, innegable. Una noche me acuerdo que un teniente coronel Espingarda, o como carajo se llamaba, tenía un departamento en un edificio sobre Oroño y me invitó como periodista destacado a cenar junto a otros militares. Yo estuve allí y me acuerdo de haber escuchado medio de refilón una pequeña discusión que me quedó grabada de este tipo diciendo, '¿pero cómo que no llegaron los camiones, dónde están los camiones? No me comprometí, por ignorancia. En el 78 protagonicé un programa radial muy escuchado que iba todas las mañanas desde las 7. Allí estaba en contacto con periodistas, le hice un reportaje a Menotti, hablé de la importancia del Mundial, empatrioterado con el fútbol. Claro que también estaban los que sabían cómo eran las cosas y no se metieron para no perder la vida. Yo de desaparecidos y asesinados no sabía nada. Al punto que tuve un amigo con quien empezamos Medicina, el Chavi Argüello, un cuadrazo de Montoneros, que estuvo implicado en el asesinato de algún militar. El sabía que yo no sabía y no me involucró. Pasó una noche a despedirse de mí y mi ex esposa y lo mataron a los pocos días en una encerrona en Córdoba. Para mí fue una muestra de lealtad y verdadera amistad. Con el tiempo me dí cuenta de la enorme mayoría silenciosa que hubo, del colaboracionismo".
Oscar Bertone (ex jefe de Redacción de diario Rosario, entre 1982 y 1983).
"Rápidamente recuerdo tres historia: una graciosa por su desenlace, una trágica y una más, personal. La primera tiene que ver con la nota editorial de los domingos en el diario. Se me había ocurrido publicar las homilías del arzobispo de Santa Fe, Vicente Zaspe, temerario y comprometido con la opción por los pobres. El obispado llamó para levantarlas porque consideran 'descomedido' que en un diario que se llamaba Rosario, con el nombre de la virgen, apareciera el arzobispo de Santa Fe como voz oficial de la Iglesia. El fondo de la cuestión era otro: los santafesinos recién dejaron crear el obispado en el '60 acá en Rosario y había una vieja puja. La segunda anécdota es traumática: en los últimos años de la dictadura empezaba a renacer la Juventud Peronista y vino Osvaldo Cambiasso (N.de la R: ingeniero químico y militante Montonero) a una entrevista por la JP. Cuando le fueron a sacar la foto a los dirigentes le dije: 'Mirá, estás en una situación comprometida, yo te diría que no salgas en la foto'. Me dijo que 'no', que había que 'estimular a los compañeros'. Salió. Con esa imagen los Servicios se dieron cuenta que andaba por Rosario. Al poco tiempo lo secuestraron y tuvimos que publicar la maldita noticia de su secuestro y el de y (Eduardo) Pereyra Rossi en el bar Magnum, de Córdoba y Ovidio Lagos. Y la última historia tiene que ver conmigo y el ex policía de la Unidad Regional II y ex miembro del Servicio de Inteligencia del Ejército, Rubén Darío González Figueredo. El junto con otros dos, me secuestraron en noviembre de 1982 y me salvé por ser periodista. El tipo era un residual del Batallón de Inteligencia de Aníbal Gordon. Eran tan brutos que actuaron con inteligencia de Buenos Aires y no sabían qué yo era jefe de Redacción de un diario, me salvé. El tipo fue encarcelado, entre otros testimonios, por el mío y el de mi ex pareja de aquel momento. (N.de la R: Fue condenado a 25 años de reclusión y se lo declaró reincidente. Pero en 1992 empezaron una serie de reducciones de pena con la que se vio beneficiado, Carlos Reutemann firmó cuatro conmutaciones que le quitaron años de cárcel incluso hubo un error en el expediente. Quienes redactaron el decreto en lugar de escribir que la condena de Figueredo quedaba en '23 años y 4 meses de reclusión', pusieron '… de prisión' y por ese concepto, más benévolo, comenzó a gozar de salidas transitorias y luego salió gracias al 2x1 de 1994). Lo que más bronca me dio es que con la conmutación de penas termino saliendo y después degolló a una chica embarazada a quien dio por muerta pero sobrevivió. El hijo quedó con minusvalía grave de por vida".
Alberto Carlos Gentilcore (reportero gráfico del diario Rosario)
"Era una tarde de final de la democracia, bajé del colectivo en Montevideo entre Buenos Aires y Laprida, con dirección al Parque Urquiza. Como siempre andaba con la cámara en el cuello y tomaba fotos para tener en el archivo del diario, a la gente común. En eso vi a un hombre en una silla de ruedas, tomé la foto en la calle y retraté sin querer al represor Carlos Gómez. Se publicó. Llamó un colectivero desde Córdoba y comentó que a ese mismo hombre que había visto en el diario acababa de verlo bajar del coche que manejaba y que era un represor: Carlos Gómez, de la patota de Feced en el Servicio de Informaciones, un torturador violento y violador. El hombre lo denunció y Gómez terminó preso, pero durante los juicios. Esa foto como mucho del archivo del diario Rosario se perdió cuando se cerró y hay quienes dicen que todo ese material terminó en manos de los servicios de la marina porque alguien ligado al periodismo se los dio. En otra oportunidad, también por azar, pero ya en democracia saqué fotos a una vivienda y vino la policía a detenerme, había tomado la imagen de la puerta de la casa de otro represor de la patota: José Lofiego, el mismo que luego, en 2011, durante el juicio de la causa Díaz Bessone declaró y apuntó a Gómez como un compañero de tareas que había trabajado también en la sección Hurtos".
Ruben "Chacho" Pron (ex redactor en Crónica, El País y Rosario y militante gremial)
"El contexto de época en Rosario no era en los primeros tiempos después del golpe exactamente el mismo que en Buenos Aires, donde las atrocidades de la dictadura cívico-militar empezaban a trascender al periodismo, sin que los grandes medios pudieran reflejarlo. En Rosario no conocí periodistas que hubieran manejado información concreta sobre lo que ocurría en la dictadura, aunque es de suponer que habría quienes tenían referencia de ello por su cercanía con los usurpadores del poder. Pero aun así no hubieran podido siquiera deslizarlo, sujetos como estaban los medios a una sorda censura, a menudo explícita pero generalmente tácita. Los jefes de redacción de entonces, seguramente advertidos por sus superiores, desalentaban con actitud paternal cualquier iniciativa de publicar temas que pudieran contradecir las directivas recibidas y las páginas de los diarios, lo mismo que el periodismo radial y televisivo, reflejaban información inocua limitada al quehacer oficial, los temas vecinales, los accidentes de tránsito, la información sobre cultura y espectáculos permitidos, los chismes y deportes para mantener entretenida a la sociedad ante las tensiones de la represión y el terror. Los periodistas con actividad política en las dictaduras anteriores y la lucha por la recuperación de la democracia éramos gente 'marcada'. En mi caso particular me habían revocado la acreditación ante el Comando del II Cuerpo de Ejército luego de que en un allanamiento al local de ATE Rosario, en 1971 o 72, reclamara ante la autoridad militar por la desaparición de material periodístico que guardaba allí. De mi tarea sindical como delegado en la redacción del diario Crónica, miembro de comisión del Sindicato de Prensa Rosario e integrante de la representación paritaria para la renovación del convenio colectivo de trabajo, también se había tomado nota en mi prontuario. Ya en dictadura, tanto yo como mi esposa éramos objeto de seguimiento y la policía se presentó en casa de mis padres con la fotografía de una mujer preguntando si la reconocían como su nuera, cosa que, naturalmente, ellos negaron. El golpe del 24 de marzo me tomó sin trabajo. El diario Crónica, propiedad de la rama de los “Joaquines” de la familia Lagos desde 1949, había cerrado pocos días antes. Los dueños del vespertino habían ofrecido atender parcialmente nuestros créditos laborales a medida que ingresaran los pagos pendientes de publicidad. Mientras tanto, intentarían vender el diario con los empleados dispuestos a esperar. Pasé un año desempeñando tareas ocasionales hasta que finalmente apareció un grupo inversor local financiado por el presidente del Banco de Intercambio Regional, José Rafael Trozzo, para entonces asociado con el marino Emilio Eduardo Massera, miembro de la Junta Militar que encabezaba el gobierno cívico-militar que disputaba con Jorge Rafael Videla el liderazgo de la dictadura. Así comencé a trabajar en información general del diario El País desde Rosario, también vespertino, que un año después, cuando este grupo inversor adquirió el otro vespertino de la ciudad, La Tribuna, fue convertido en matutino con el nombre de El País en la Noticia. En ese paréntesis de un año comencé a edificar mi casa y desde allí, en Ayacucho y Garay, vi a civiles en el centro de manzana saltando tapiales y asaltar la vivienda, donde acribillaron a Héctor Enrique Quique Moyano, un pibe de 17 años de la Juventud Guevarista quien desde la clandestinidad en que se refugiaba, había ido a visitar a su madre. El parte oficial calificó de 'enfrentamiento' el episodio en que el chico fue muerto y la madre detenida por algunos días. De haber estado trabajando en una redacción, no hubiera podido publicar lo que había visto y oído: el hecho apareció en los medios en una escueta información oficial y ningún periodista vino a recoger testimonios en el barrio".

