La Región

Una importante mano de ayuda a la necesidad alimentaria

Frente a la cuarentena, el Centro Comunitario Renovación Social entregó bolsones de comida a más de 300 personas de bajos recursos.

Domingo 05 de Abril de 2020

Es media mañana y la gente aguarda expectante en la calle, sin prisa. Alejandra Nader, presidenta del Centro Comunitario Renovación Social de Villa Gobernador Gálvez, les indica que formen fila, respetando una distancia prudencial entre una persona y otra. La amplia mayoría son mujeres. Esperan la entrega del bolsón de comida para todo el mes que les ayude a afrontar estos días de aislamiento social en sus hogares. Es que a los problemas económicos de costumbre se les agrega la imposibilidad de hacer changas. Sus compañeros de vida muchos son albañiles, otros vendedores ambulantes. La ayuda alimentaria resulta bienvenida.

El comedor del centro, ubicado en el barrio Cancha de Remo (Pellegrini 3057), permanece cerrado durante la cuarentena. Este espacio, que alguna vez fue el taller mecánico del padre de Alejandra, funciona desde la crisis de 2001. Nació por iniciativa de Iris Ibarra (65 años), madre de Alejandra, y de varios vecinos. Ella vive allí. Por el coronavirus se suspendió la ración de comida para el desayuno y almuerzo, que se brinda de lunes a viernes para unas 330 personas (200 son chicos), y que cada una se lleva a su casa. A cambio se entrega un bolsón mensual con paquetes de alimentos, frutas y verduras.

Iris dice que al centro asisten personas del propio "barrio Cancha de Remo y de La Tablita, Giglioni, La Toma, Coronel Aguirre y de lugares más lejos de la ciudad". A las 9, ella (Alejandra) y las madres que colaboran en la cocina descargan de las camionetas las provisiones de alimentos, financiados por Nación a través del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo).

Una mujer se acerca y pregunta si puede recibir el bolsón. Alejandra le contesta que el cupo está completo. "Esto es así todos los días", comenta la responsable del centro, que tiene cuatro hijos y una nieta. Iris aprovecha y agrega que desde que se decretó el aislamiento "creció el número de mujeres que preguntan para anotarse. Dicen que sus esposos son albañiles y se quedaron sin trabajo".

Alejandra no es insensible al sufrimiento de los demás. Pero aprendió a asumirlo sin quebrarse emocionalmente. "Antes se me acercaban, me contaba lo que les pasaba y terminaba llorando con ellos. Hoy escucho y trato de resolver". Así actúa. Desde donde puede. Y si bien no le compete, suele involucrarse en algún que otro caso de violencia de género.

Afuera del centro, Nancy es la primera de la fila. Lleva barbijo, a diferencia de la mayoría de las que esperan el turno. Tiene varios hijos y está sola a cargo del hogar. Una realidad similar a la de varias mujeres. "Vendo artículos de limpieza y no me dejan salir a la calle", cuenta preocupada. Y agrega: "Uno de mis hijos tiene el síndrome de Asperger. Siempre lo saco a la plaza, pero ahora no puedo".

Unos metros atrás se encuentra Norma. Cuenta que uno de los hijos sufre el trastorno de "hiperactividad", y el centro a donde asiste se encuentra cerrado. El bolsón le ayuda para tener una preocupación menos, considerando que con ella conviven los hijos y un nieto.

Juan Carlos es uno de los pocos hombres presentes. "El bolsón es una ayuda", dice. Concurre al centro "hace cuatro meses". Mariela, en cambio, va desde "hace 19 años". La acompaña el hijo, Juan. Los bolsones son pesados y es necesario más de una persona para llevarlos al hogar.

Por eso mismo está allí Cristian en moto. Aguarda que le toque el turno a la mujer. "Soy del barrio La Tablita. Allá muchos somos albañiles y ahora está todo parado. Tengo cuatro hijos y al centro sólo vengo cuando la cosa aprieta, como ahora", dice.

Cristian cuenta que "no ve controles" de tránsito en los barrios durante la mayor parte del día, aunque eso cambia cuando el sol se oculta. "Mi hermano sale de trabajar en el frigorífico Swift a la noche y lo paran dos o tres veces".

Por su trabajo de albañil ya no es el cocinero del comedor comunitario Ojitos Felices, ubicado detrás del cementerio Parque, donde generalmente se dan entre "50 y 60 raciones de comida" tres veces por semana. Trabajan allí algunos de sus familiares, y comenta que se sostiene con "donaciones", pero ahora sólo se pueden brindar yogures que les entrega la asociación civil Banco de Alimentos Rosario. Asegura que el presidente del Concejo, Carlos Dolce, les da una mano, y que les pidió que durante estos días, fundamentalmente, el comedor siga funcionando.

Una mujer aprovecha para comentar que el esposo, Alejandro, trabaja en la construcción y días atrás le enviaron el telegrama de despido, al igual que a otros cinco albañiles. "¿No era que el presidente dijo que no se podía echar a nadie?", pregunta resignada.

La fila se mueve. Cada uno recibe el bolsón y se aleja. Una vez que pase la cuarentena el centro comunitario volverá a la rutina, a los desayunos y almuerzos diarios, a las reuniones mensuales. Como en los festejos de cumpleaños de los chicos del barrio, cuando aparece la frase "sin torta no hay cumple". Es que siempre existen manos dispuestas a brindar asistencia.

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