Historias de Rosario

Un mundo de 20 asientos: un viaje en el viejo y querido 54 por el barrio La Bajada

El ex 54 rojo o negro era un colectivo rojo, con líneas azules y blancas, por los colores de Central Córdoba, que cruzaba el barrio natal de Messi

Miércoles 04 de Agosto de 2021

Ahora que la pandemia convirtió al mundo en una película distópica de un invierno nuclear, con zombies que marchan contra cualquier proyecto colectivo que alcanza hasta las vacunas, uno no puede dejar de añorar los lejanos tiempos que se llevó el tren de la infancia.

Y en ese viaje mágico, en el que las comparaciones resultan inevitables, aparece el colectivo, el viejo y querido 54, que surcaba el sureste y suroeste rosarinos. El 54 negro iba desde el Molino Blanco -–por uno de los molinos harineros de la época de Urquiza– en Ayacucho y el viejo puente del Saladillo hasta la Estación Rosario Central, de la que hasta 1977 salían trenes de pasajeros. Y el 54 rojo hacía el mismo recorrido desde Uriburu y Ayacucho, donde antaño estaba la Estación La Bajada, pero venía desde la vieja Fábrica de Armas Portátiles Domingo Matheu, que antaño era una zona de quintas de gringos, como los genoveses del barrio La Guardia. Ayacucho era doble mano hasta Ayolas, con un empedrado de grandes piedras bola, sobre las que los colectivos rojos, con líneas azules y blancas –”por los colores de Central Córdoba”, como me contó el Bocha Forgués– no se amilanaban.

La extensa Ayacucho –que nadie llamaba “cordón”, como ahora– era un límite bien real que partía al medio al barrio La Bajada, entre las casas humildes –con una estética muy arrabalera por sus entradas con una puertita baja de madera, tejidos en vez de tapiales, pasillos de lajas con pasto por doquier, terrenos generosos con árboles frutales en el fondo y el infaltable pilar de la luz– y el asentamiento que se había levantado hacia el este, en los terrenos del viejo Ferrocarril de la Compañía General de la provincia de Buenos Aires, después de que los militares del entonces Regimiento 11 de Infantería demolieran la Estación La Bajada, en 1961.

“La Estación La Bajada era un edificio hermoso, que tenía unos grandes ventanales que daban hacia Ayacucho, y una construcción de otra época. Cuando vinieron los militares a tirarla con varios vecinos les dijimos que no iban a poder, pero como son cabezones ataron las paredes con unas cadenas y empezaron a tirar con los tanques, pero la estación ni se movía. No nos dijeron nada. Estuvieron así todo el día, no pudieron tirarla y se fueron. Y volvieron al otro día con cargas de dinamita y esa fue la única forma de tirarla abajo”, contaba el ex arquero amateur y vecino del barrio, Juan Manilli, en una nota de Ovación.

Juan Carlos Mansilla, otro vecino del barrio, corrobora que “la Estación La Bajada tenía unas paredes muy anchas y una estructura que los milicos no pudieron tirar durante todo un día y por eso tuvieron que dinamitarla, como se puede ver en un videíto en internet”.

En la villa, como le decíamos de pibes con ese término tan polisémico como argentino, vivían entonces como ahora desde laburantes hasta personajes de averías, como los que pueblan también el resto de los barrios rosarinos. Allí vivían José, el compañero de la Escuela Las Heras –a la que luego fue Lionel Messi. el vecino más ilustre de La Bajada– e hijo del diariero de Ayacucho y Uriburu; “Pelopincho”, el pibe que venía a jugar a la pelota a la placita de Uriburu y Alem; Felipa, la mujer que trabajaba como empleada doméstica en varias casas del barrio y hacía los mejores pastelitos de La Bajada –bañados en miel y una grana de colores– y un puñado de chicas que patinaban en humildes casitas de Uriburu y Ayacucho y Centeno y Ayacucho, de pie sobre un piso de tierra, enfundadas en minifaldas y botas altas setentistas, y sin más compañía que una palangana con agua fría.

Otro país y otro mundo por donde se los mire, los colectivos tenían un número y un color unívocos y los colectiveros eran un oficio que gozaba de un reconocido prestigio social al punto de que pintaban con fileteado el nombre del par de choferes en los extremos del gran espejo por el que controlaban todo el coche, muchos usaban en la mano derecha –con la que daban el boleto– una gruesa pulsera de identidad de plata con el nombre calado y a menudo trabajaban con su novia o alguna amiga que iba parada atrás del asiento y hacía caso omiso a la ordenanza que advertía “prohibido conversar con el conductor”.

Claro que el colectivero, que a menudo usaba el cabello largo y bigotes setentistas, no sólo conducía sino que, además, cortaba los boletos, cobraba y daba el vuelto con un enorme monedero metálico, que tenía a su derecha. Una de las grandes conquistas del sindicato de la UTA fue la implementación del trabajo del guarda, como entonces sólo tenían los trolebuses, que eran municipales.

Además, los colectivos tenían en el hueco de la puerta izquierda un balde y una escoba con los que el colectivero limpiaba el coche cuando llegaba a la punta de línea. Ese “mundo de 20 asientos”, por una telenovela de la época, como “Rolando Rivas taxista”, “El amor tiene cara de mujer” y “Muchacha italiana viene a casarse”, giraba en torno a la magia del boleto capicúa, que era muy difícil conseguir en un número de cinco cifras.

Y ese pequeño teatro del colectivo era habitado por laburantes que parecían personajes de una película del neorrealismo italiano, cuando se quedaban dormidos con el boleto entre los labios. A diferencia de los coches semivacíos por la pandemia en aquellos años la gente viajaba apiñada, con las puertas abiertas y pasajeros colgados del estribo, como las viejas fotos de hinchas que iban a la cancha parados en el techo del tranvía o del colectivo. Recuerdo la soguita que tenían los troles a modo de timbre y la frase de época del colectivero con el pasajero que se copaba con el timbre: “Seguí tocando a ver si te sale La Cumparsita”.

La infausta mañana del 24 de marzo de 1976 hacía dos semanas que había empezado primer año en la Crisol. Como todos los días, tomé el 54 rojo en Uriburu y Ayacucho y me quedó grabada como si fuera hoy la primera imagen del golpe de Estado: un enorme tanque de guerra con soldados armados hasta los dientes estaba apostado en la vereda del almacén de doña Ramona, con el culo contra la puerta de madera verde cerrada. El colectivo semivacío dobló a los tumbos por Ayacucho y la misma postal apareció con otro tanque y decenas de milicos en la puerta de la planta de Gas del Estado, en 24 de Septiembe y Ayacucho, mientras algunos vecinos de La Bajada desempolvaban un viejo disco de la Marcha de la Fusiladora, grabado con golpes de puño sobre una mesa, y celebraban en secreto el comienzo de la peor tragedia argentina

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