La ciudad

Quieren reabrir el sexy bar La Rosa como una cooperativa

Un grupo de alternadoras del sexy bar La Rosa, clausurado el mes pasado y su dueño procesado por facilitamiento de la prostitución, pidieron la reapertura de la whiskería a la que calificaron...

Viernes 14 de Junio de 2013

Un grupo de alternadoras del sexy bar La Rosa, clausurado el mes pasado y su dueño procesado por facilitamiento de la prostitución, pidieron la reapertura de la whiskería a la que calificaron como "nuestra casa" y van por más: evalúan formar una cooperativa para recuperar sus puestos de trabajo. "Fueron unos irresponsables en hacerse los héroes y cerrarlo", dijo Alma. A su lado, Zoe resumió: "Hablan de inclusión, pero a las prostitutas nos excluyen, marginan, criminalizan y estigmatizan desde el Estado".

El 25 de mayo fuerzas de seguridad santafesinas ingresaron al local de Callao al 100 bis, en donde encontraron 18 mujeres de entre 18 y 49 años, la encargada del bar, clientes y al dueño del establecimiento, Juan Cabrera, a quien luego la Justicia procesó por facilitamiento de la prostitución.

A casi un mes de la clausura, Cabrera recuperó la libertad, pero el futuro de su whiskería es un enigma. En este escenario, un grupo de alternadoras dialogó con LaCapital para pedir la reapertura de La Rosa y defender su continuidad laboral.

Ambiente familiar. "Eramos como una familia, nos conocíamos con el barman, las encargadas, el guardia, el disc-jockey. Nos sacaron nuestra casa", dice Alma, de 25 años, y de Rosario. Junto a Zoe, de 26, comenzaron a trabajar en el Palacio de Berlusconi (también atribuido al Indio Blanco) y hacía 8 meses estaban como alternadoras en Pichincha.

Pero ahora su continuidad laboral pasa por agruparse y gestionar en conjunto. "Tenemos varias ideas para que reabra. Juntar firmas, ir hasta la Municipalidad, formar una cooperativa", dice Alma. Zoe agrega: "Si no nos dejan abrirlo, tomaremos La Rosa. Es un capricho que esté cerrado, ahí no había trata de personas. Es muy incómodo reclamar por nuestros derechos y tener que justificarte adelante de los demás. Están invadiendo nuestra decisión".

"Así como nosotras no le pedimos a nadie que cambie de trabajo, que no nos molesten y piensen en las familias que se quedaron en la calle y sin anticipación. Muchas de las chicas son sostén de familia", dijeron.

Al privado. Las alternadoras ponen énfasis en la seguridad que les brindaba el local, el seguro médico, la protección de los guardias y "hasta te amparaban emocionalmente". Con las puertas cerradas, "no me va a quedar otra que ir a un privado (departamento donde se ofrece servicios sexuales). Voy a estar reinsegura, porque entra cualquier loco y no podés llamar a un guardia".

Zoe resume: "Es preferible algo sectorizado, a que estemos en las esquinas, porque se quejan los vecinos y estamos expuestas a que nos roben, maten o violen".

Números que hablan. Las jóvenes explican que en La Rosa hacían shows, eran coperas y además hacían "pases" (servicios sexuales) tanto en el hotel lindero al bar como en otros lugares. Otras chicas sólo bailaban por 100 pesos el show. Zoe y Alma le pusieron números al negocio de la prostitución.

"El pase depende del cliente... podía haber de 800 pesos, entre 500 a 600 y un mínimo de 300. Antes está la copa, que se cobra de 100 a 200 pesos, pero a veces los clientes querían arrancar directamente", apuntan. Alma razona: "Las opciones laborales que nos ofrecía el Instituto de la Mujer de la Municipalidad eran de dos mil pesos mensuales. Las chicas salían riéndose porque dos mil pesos se gana en un día, y muchas llegan a 60 mil pesos mensuales".

Sexo y drogas. Otro de los interrogantes en torno a la whiskería fue la venta de droga a los clientes. "Muchos clientes nos preguntaban: ¿acá venden? Y les decíamos que nada que ver. Es un ambiente súper sano. Si alguien se empezaba a drogar adelante de todos, venía el guardia y lo sacaba. Adentro no se podía ni fumar cigarrillos".

El operativo. Alma se encontraba aquel 25 de mayo cuando irrumpieron en el local uniformados para allanarlo. "Estábamos tomando copas cuando se escuchó «al piso, al piso». Si no hacías caso, te empujaban. No tuvieron la dignidad de decir que eran policías, vestían sólo un chaleco negro, con lo cual podían ser terroristas, ladrones o asesinos. Fueron 20 minutos de pánico sin saber qué pasaba", recordó.

A la hora de justificar los testimonios de otras trabajadoras que señalaron a Cabrera como facilitador de la prostitución, Zoe y Alma indicaron: "Nos interrogaron con miedo y se aprovecharon".


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