La ciudad

Las trabajadoras sexuales rosarinas tienen la palabra

La Capital habló con tres mujeres y una trans que ejercen la prostitución. En Rosario hay unas 700 trabajando en la calle y departamentos. Dicen que el 96% de los femicidios que las tienen como víctimas quedan impunes.

Viernes 21 de Febrero de 2020

“Putas nos gustan que nos llamen”. Así, sin vueltas, se presentan en el mano a mano con La Capital las trabajadoras sexuales rosarinas. Las que aseguran que el trabajo les disminuyó también a ellas durante el macrismo y por más de un 50 por ciento. Las mismas que denuncian que el 96 por ciento de los femicidios que las tiene como víctimas quedan impunes y no terminan los abusos de la policía.

Se habló con ellas porque estuvieron una vez más en boca de todos. Por el femicidio de una de sus compañeras, Caren Peralta, de 39 años, ocurrido esta semana; por el debate, según ellas “virulento” y que “atrasa”, sobre la promoción de la canción “Puta” de la cantante pop Jimena Barón.

Y también por la lista histórica de reivindicaciones contra la “clandestinidad" de su trabajo, que elevan de cara al 8M, Día Internacional de la Mujer.

Son tres mujeres y una trans. La secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la República Argentina (AMMAR, sede Rosario) Myriam Auyeros; la secretaria adjunta de AMMAR, Gabriela Hemela, la integrante del Colectivo de Trabajadoras Sexuales y Aliades “Yire”, Isabela, y la “cuentapropista”, Mariana Eva Maldonado.

"Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social", dijo Mariana Eva Maldonado

Ellas mismas cuentan cuántas, dónde, cómo, por qué y por cuánto trabajan.

Son las “putas” y tienen la palabra.

Puertas adentro

Se calcula que hay unas 300 mujeres trabajando en las calles rosarinas. Pero, a ese mapa hay que agregar unos 400 departamentos, algunos alquilados por las propias muchachas, que a la vez ofician como sus propias patronas.

Mariana es trans, tiene 41 años y diez operaciones en su cuerpo pero conserva sus genitales masculinos. Está a favor del trabajo sexual y sus reivindicaciones, pero no milita.

>> Leer más: Retrato de cómo se ejerce el trabajo sexual en Rosario

"Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social" , reclama.

Ex alumna del colegio Cristo Rey. Dice que en los baños de ese colegio dio sus primeros pasos en sexo oral a compañeros de cursos superiores.

Se convirtió y sintió completamente mujer a los 18 años y cuenta con el documento nacional de identidad, que así lo confirma.

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Por problemas familiares vivió en una pensión, cuando según cuenta aún “no sabía ni hacer un café”. Preparó alumnos en historia, inglés y matemática y a los 19 decidió prostituirse. Atiende en su departamento, de un cuarto en la planta alta, sillones coloridos en el living, estampitas religiosas por varios rincones y también imágenes de Evita, de allí su segundo nombre. Además tiene mascota: un Bulldog francés jadeante, de nombre Titán.

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Cuando Mariana relata parte de su vida recuerda que trabajó primero en la calle, en la plaza Libertad, de Pasco y Mitre. Dice que siempre lo hizo con clientes que van de los 25 a los 70 años y pertenecen a toda clase social. "No todos son malos tipos: muchos son buenos padres y buenos maridos que sólo buscan mis servicios”.

Habla de la violencia a la que se expone con su trabajo y en cierto modo la relativiza. "Hay violencia en las calles de Rosario en general". Pero sí recuerda que alguna vez le robaron la recaudación "unos tipos en moto" y que hace poco sufrió un atraco a punta de navaja.

El proxenitismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima

"Nunca un cliente me violó o robó, de todos modos ya no atiendo a cualquiera. Pongo mis condiciones: también en los servicios, acepto tríos con una mujer y un varón, pero nada de los escatológico: ni lluvia blanca, ni dorada ni marrón, tampoco prácticas sádicas”.

Como parte de esa violencia que vivió, también habla de las veces que la detuvo la policía por prostituirse. "Nunca se animaron a hacerme nada. Mi papá, quien siempre me apoyó, me venía a buscar y como era grandote, los canas le temían”, asegura Mariana.

Femicidios y violencias

Más allá de su experiencia personal, a Mariana el asesinato a golpes a una colega (el 39 de los 40 que van del año en Rosario) la rebela y pone en alerta.

También a Isabela, una muchacha que trabaja puertas adentro desde hace tres años, tiene 24 años, es estudiante de la Universidad Nacional de Rosario, habla siempre con lenguaje inclusivo y pide no ser fotografiada ni filmada.

Ella dice que tampoco vivió momentos violentos, ni por parte de clientes ni por la policía, pero reclama "justicia por los femicidios" de sus pares.

>>Leer más: Recrudece el abuso de la policía a las trabajadoras sexuales.

“Aún no se sabe demasiado sobre el caso de Caren, pero no nos olvidemos que asesinan a una mujer cada 36 horas y que el estigma se agrava cuando sos trabajadora sexual”, dice la muchacha.

>>Leer mas: Santa Fe una de las provincias "líderes" en femicidios.

Isabela no levanta clientes por volantitos porque “se puede caer en cana por facilitamiento del trabajo sexual: tanto quien lo ejerce o quien lo imprime”.

Es que según las últimas modificaciones del Código Penal, la prostitución es una actividad lícita, siempre y cuando no haya trata ni explotación de personas y se ejerza voluntariamente. La única reglamentación a nivel nacional refiere a un decreto presidencial de 2011 (durante el gobierno de Cristina de Kirchner) que prohibió la publicidad de servicios sexuales en avisos clasificados (Rubro 59). Pero hay provincias y municipios donde su ejercicio aún está prohibido.

En Santa Fe, en abril de 2010, la Legislatura aprobó la despenalización de la prostitución callejera y el travestismo. El problema detrás de esta división es cómo distinguir entre trabajadores sexuales que lo consideran un oficio y explotadores. La Justicia sostiene que si se ejerce en un ámbito privado no es ilegal, si se publica como anuncio, sí.

El proxenitismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima.

>>Leer más: Promotoras del autódromo eran obligadas a prostituirse.

Para Isabela su prioridad no es militar en lo sindical, pero sí ser parte del “Yire”, un espacio que comparte junto a otras tres mujeres y ‘un marica’, sobre quien aclara: es "un muchacho gay".

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Dice que el eje más orgánico del Yire es hacer trabajo territorial, "salir por las noche a repartirles preservativos a las compañeras y ver en qué se las puede ayudar, y brindarles los contactos profesionales que tenemos para acercarles asesoramiento con profesionales".

Ella, como sus compañeras, confiesa que durante el macrismo la pasó “mal”.

“El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler”, un gasto que tradicionalmente se les cobró siempre más caro a las trabajadoras sexuales porque no suelen contar con garantías o hasta por “cláusula moral”.

"El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler", dijo Isabela

“Sí -sostiene Isabela- cayó la alimentación del deseo, porque no es algo de primera necesidad, nosotres nos vemos obligades a estancar el precio pero los alimentos siguen aumentando”. Asegura que no se enamora de sus clientes y que el trabajo sexual le enseñó a detectar violencias en su vida amorosa. Y si bien es joven, dice que al momento de elegir clientes se queda con los “maduros”.

“Los pibes están en cualquiera, creen que pueden decirte cualquier cosa , los más grandes son más educados”.

Hacer la calle

Miryam y Gabriela son dirigentes de AMMAR. Una trabajó y la otra aún ofrece servicios sexuales en la calle.

El gremio nuclea a más de 6.500 afiliadas en el país (y 600 en Rosario). La sede funciona en el Centro Cultural La Toma (Tucumán 1349), desde donde trabajan para legalizar el trabajo sexual y pedir por derechos laborales.

>>Leer más: Homenaje a Sandra Cabrera en el aniversario de su femicidio.

“Queremos la derogación de códigos contravencionales que siguen en pie en 17 provincias porque criminalizan nuestra labor, aportes jubilatorios, obra social, derecho a vivienda, salud para nuestros hijes y Justicia y esclarecimiento de los femicidios de Sandra Cabrera y Caren, ya que el 96 por ciento de los femicidios a nuestras compañeras quedan impunes. La clandestinidad de nuestro trabajo nos expone a constantes vulneraciones de nuestro derechos”, dice Gabriela, de 37 años.

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Gabriela Hemela:

Gabriela Hemela: "Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy 'puta', me gusta llamarme así".

Cuenta que terminó el secundario, estudió algo de publicidad y márketing y luego se dedicó al trabajo sexual. Es madre de un nene de 8 años al que cría y mantiene sola.

Cada noche lo deja al cuidado de una niñera y le explica que va a acompañar a "señores que se sienten solos".

"Trabajo en la calle. Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy ‘puta’, me gusta llamarme así”, dice modulando sus labios rojísimos y remarcando cada letra.

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“Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo, y ojo, no todo es penetración, con algunos basta con darles caricias y roces”, afirma dando pie a un trabajo que está elaborando AMMAR.

"Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo", Gabriela Hemela

Se trata de la asistencia terapéutico sexual, un proyecto provincial que se sumaría a uno ya elaborado de Reparación Histórica de las Trabajadoras Sexuales, donde se prevé que el Estado les dé resarcimiento a quienes estuvieron presas y sufrieron violencia institucional por ejercer las prostitución o por identidad de género. Tal el caso de Myriam, ex trabajadora "histórica" de calle.

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Tiene 58 años, es madre de cinco hijos y viuda hace apenas cuatro meses.

Comenzó a trabajar a los 24 años en un boliche de un pueblo santafesino y milita hace 25.

“Hacía copas y un hombre se quedaba con la mitad de mi recaudación, luego hice la calle en la zona de Perón y Cullen, hay todavía un hotel por allí donde solía ir. Nunca trabajé en mi casa”, afirma.

Myriam es una de las que cayó muchas veces detenida en épocas de Moralidad Pública de la policía, un organismo que se disolvió en 2004 durante el gobierno de Jorge Obeid, tras el asesinato de Sandra Cabrera, mártir del colectivo de las trabajadoras sexuales de todo el país.

La mujer a quien a sus 33 años y con una hija callaron con una bala en la nuca hace 16 años, en la Terminal de Omnibus. Un crimen aún impune y donde el único imputado fue un oficial inspector de la Policía Federal.

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“Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa, siendo madre sola, y los policías me decían: ‘No vas a ver a tus hijos, lo hubieras pensado antes”, dice Myriam.

También recuerda cómo la violentaban los servicios de salud en años de actividad. “Siempre nos atendimos en hospitales, pero en mi época había pocos horarios y se me complicaba con mi trabajo, pero lo peor es que sólo nos revisaban de la cintura para abajo, mi asma que me perjudicó siempre, más por trabajar de noche con frío o por estar presa en lugares húmedos; los dientes, las cuestiones neurológicas o las mamas, parecían no ser parte de mi cuerpo”.

"Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa", dice Myriam Auyeros

La secretaria general de AMMAR aclara que ahora sólo trabaja vendiendo ropa en una feria. “Pero a veces paso por la zona y les digo a las chicas: ‘En cualquier momento vuelvo’ y se ríen. Si tuviera otro cuerpo, regresaría, pero con esta cabeza, no con la de la culpa que me metió mi familia y la policía y la sociedad toda. Hoy tengo orgullo. Ahora aprendo de las chicas más jóvenes, ahora estamos más unidas a las trans y a los trabajadores sexuales varones, eso antes no pasaba”.

Barón, docencia y límites

El mano a mano con las trabajadoras sexuales sigue por temas colectivos y personales. "Lo personal es político y sobre mi cuerpo decido yo", levanta Gabriela como axioma.

Acuerdan con que no impulsarían a una hija para que trabaje de "puta", pero sí la dejarían elegir y querrían, en todo caso, que haga la actividad “legalmente”, porque esa es la bandera que las une.

Sostienen que en el ambiente hay drogas, como en todos lados porque “no discrimina clases ni actividad laboral”, y aseguran que hay chicas que quedan entrampadas en la venta por “necesidad” o porque “se las da para vender la misma policía”.

Se resisten a meter "todo en la misma bolsa". Aclaran que la trata es “esclavitud” y que "la prostitución no", y que puede haber lugares donde trabajen menores, pero allí interpelan al Estado: "No es función nuestra enfrentar estas problemáticas que nos criminaliza injustamente a todas".

Pasan por el espectáculo y la polémica que se desató cuando la cantante Jimena Barón usó para publicitar su última producción, la canción “Puta”, un volante callejero como los de oferta de servicios sexuales.

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j mena - PUTA (Official Video)

La promoción dividió las aguas entre feministas. Se cruzaron las abolicionistas, que consideran que la prostitución se ejerce siempre desde la coacción, y las reglamentaristas, que la ven como un trabajo y piden legalizarlo. De todos modos no son pocas las que consideran a esta división como reduccionista y dicotómica por el nivel de sus matices y que bloquea el diálogo y la sororidad (refiere a la hermandad entre mujeres con respecto a las cuestiones sociales de género) hacia adentro del movimiento.

Entre las primeras se ubicó la guionista y escritora, Carolina Aguirre. Escribió en las redes. “Qué decepción, Jimena, este feminismo es de nena de 16 años. Qué pena que no entiendas que el feminismo es para proteger a las más débiles, no a vos que podés elegir”.

El comentario fue como un chorro de alcohol en una fogata. Terminó en decenas de discusiones, con Barón con parte psiquiátrico y un video donde pide "perdón" y Aguirre retirándose del feminismo como si fuera la rescisión de un contrato de alquiler.

"A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo", dice Isabela

Tanto para Mariana, como para Myriam, Gabriela e Isabela, la polémica fue "virulenta" y "atrasa" en medio de la lucha feminista que todas apoyan tanto como a Barón.

“A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo", dijo Isabela.

Esta posición no es la que impera en Rosario, pero sí en importantes ámbitos académicos, que representan entre otras la socióloga y asesora del actual gobierno nacional, Dora Barrancos, cuando dice "Yo discuto epistemológicamente y moralmente que no es lo mismo vender órganos, vender sexo, que vender capacidad de trabajo, fuerza de trabajo, ¿Cuál es el límite de la alienación? Sabemos que el ejercicio de vender la fuerza de trabajo puede comportarse, si no reflexionamos, en una cadena de alienaciones, eso es Marx básico.". No obstante, la investigadora aclara que hay que insistir en dialogar. "Creo que hay que escuchar mucho a las compañeras que han estado en situación de prostitución y se salieron".

En Santa Fe, sí hay una particular voz abolicionista, la de la trabajadora sexual ya retirada Elena Moncada, autora de los libros “Yo elijo contar mi historia” y “Después, la libertad”, con los que da charlas en escuelas y se presenta como "sobreviviente de la explotación sexual".

>>Leer más: Entrevista a Elena Moncada, abolicionista.

Myriam habla también del trabajo docente que hacen desde hace tiempo con sus compañeras . Lo llama "reeducación del trabajo sexual" y lo explica así: "Cuando yo trabajaba -agrega- los tipos decían ‘no quiero usar forro porque no siento nada’ y empezamos a colocarlos con la boca: ellos terminaban agradeciendo”.

Gabriela se suma: “Hay que ejercer este trabajo con mucha responsabilidad, hay muchas enfermedades, no podés aceptar que un cliente te diga te pongo la guita que sea arriba de la mesa con tal que me lo hagas sin preservativo. No, si esa es la condición les abro la puerta y digo: ‘¡Andate! En esto nos empoderamos”.

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Isabela vuelve al ruedo cuando explica esta reivindicación colectiva. “Si cedo al oral natural condiciono a otras compañeras, porque el cliente insiste. La idea es que nos cuidemos y digamos ‘no’”.

Y no sólo allí marcan límites. Dicen que también se los marcan a sus cliente. Allí entonces, dramatizan, ponen voz melosa, bebotean y dice una de ellas: "Papi, ¿vos llegás veinte minutos tarde a tu dentista? A mí tampoco me gusta la impuntualidad”.

Así son. Tienen muchas caras, muchas vidas. Se llaman "putas" y tienen la palabra.

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