La ciudad

En Messi, lo esencial siempre está visible

Leo Messi puso esta semana a Rosario ante los ojos del mundo y volvió a evidenciar la sencillez que lo ha caracterizado en sus treinta años de vida.

Domingo 02 de Julio de 2017

Leo Messi puso esta semana a Rosario ante los ojos del mundo y volvió a evidenciar la sencillez que lo ha caracterizado en sus treinta años de vida. El mejor futbolista del planeta, dueño de una fortuna incalculable y generador de un magnetismo único, no eligió casarse en ningún país europeo ni alguna isla paradisíaca de la Polinesia. Lo hizo acá, en la ciudad que lo vio nacer, donde están sus afectos más íntimos, muy cerca de los potreros donde tiró sus primeras gambetas, cerquita de las calles donde besó a Antonela por primera vez.

   A Leo, el éxito y la fama, esas dos características que suelen llegar de la mano del talento y el esfuerzo, no le han cambiado la esencia. La cualidad que el novelista Antoine de Saint Exupéry remarca que es invisible a los ojos en su obra El Principito, en Messi siempre cobra visibilidad. Su humildad jamás cambió, y se la ve en cada gesto. No se olvidó de sus orígenes en tiempos en los que mucho cholulo se sube a un pedestal tras dos minutos de fama.

   Leo priorizó Rosario, su gente, sus amigos. Quienes quisieron estar con él en el momento más trascendente de su vida, cruzaron el océano y llegaron al complejo de Batlle y Ordóñez y Circunvalación.

   Se lo vio feliz. Los jugadores del Barcelona postearon fotos de un Messi sonriente comiendo asado en su despedida de soltero. El sábado los llevó a todos a un salón en Pueblo Esther, pegado al country de Gimnasia y Esgrima. Y de allí se fue solo manejando su camioneta por la ruta 21.

   Uno de los tipos más conocidos del planeta volvió a su barrio natal, en la calle Estado de Israel al 500, en la zona sur, para invitar a su boda a Lidia, esa vecina que lo conoce desde niño y que tanto aprecia. La misma a la que se le apareció en la casa a presentarle a sus dos hijos a los pocos días del nacimiento de cada uno.

   Ese es Messi, el que sorprendió a sus amigos de la infancia y con quienes también compartió su fiesta de boda en el City Center. El joven que de muy chiquito se enamoró de Antonela, la prima de un amigo que lo fascinó desde que tenía ocho años, la que le llenó de luz la vida al darle a sus dos hijos y quien el pasado viernes se convirtió oficialmente en su esposa.

   Un muchacho sencillo a quien el dinero y la fama no le han borrado la identidad. Y, por más de que a algunos les moleste que el astro traccione las miradas hacia Rosario, que muchos destilen odio y denosten esta ciudad marcando sus contrastes sociales (por cierto, para nada distintos a los de cualquier gran urbe del conurbano bonaerense), todos tuvieron que venir hasta acá. Porque así lo quiso Messi. Porque con estos gestos demuestra lo orgulloso que está de su ciudad y lo importante que es para él tener al lado a los verdaderos afectos, esos que estuvieron cerca desde sus primeros pasos.

   Y así, en el día de su boda, le hizo un regalo a los rosarinos: compartió su alegría con ellos. Porque esa es su esencia, y en él, siempre estuvo visible.

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