El Cairo es, quién no lo sabe, la capital de Egipto, una ciudad en medio de un desierto, una leyenda que aventureros, cazadores de tesoros y beduinos atesoran en los corazones. El Cairo es también un bar con historia, pero no con cualquier historia sino con la que elevó a la altura de leyenda el Negro Fontanarrosa.
Ayer celebró los primeros ocho años de su nueva era, la que nació como un sueño de Mario D'Agostino y que hoy es parada obligada de cada turista que llega a la ciudad y que se quiere llevar como recuerdo la foto del bar donde transcurrieron las historias que el Negro inmortalizó en "La mesa de los galanes".
En un rincón del local, porque no porque hubiera que celebrar había que dejar de facturar, se reunió el grupete de VIPs que los dueños del bar eligieron para compartir esa noche tan especial. El rincón donde está la estatua del Negro, ésa que se apoya sobre un buzón colorado, como si fuera un invitado más a la reunión.
La más requerida fue Susana Rueda, la conductora de "Bien temprano" que fue una de las primeras en llegar y una de las primeras en irse también. Y no es para menos, no es sólo una estrella de la televisión sino además es una mujer atractiva, a la que el esfuerzo de hacer dieta, le ha sentado de mil maravillas.
A su alrededor revoloteaban, como moscas a la miel, los galanes maduros del bar que, con excusas de lo más inverosímiles, se le acercaban para intentar entablar una conversación. Como si fuera una experta vendedora de boutique, los atendía con una sonrisa y los despachaba uno tras otros, inmutable.
Hasta el Negro Centurión, que es un experto de fama internacional en eso de acercarse a las mujeres en lugares públicos, se le arrimó, en su caso, como buen anfitrión para ofrecerle una copa de tinto. Fue y vino, como un putchin-ball, Susana se excusó con la vieja excusa de que la dieta no le permitía tomar alcohol.
Julio Cejas, el veterano crítico teatral del suplemento local de Página/12, la saludó de lejos, como si no le importara, pero la miró de arriba abajo como la examinara con Rayos X. No le habló sencillamente porque no se quería distraer, tenía un plan y quería cumplirlo: comer hasta que sus fuerzas dijeran basta.
No lo parece, su aspecto es de un intelectual que ha vivido dentro de una biblioteca y no el de un adonis enamorado de sus músculos y del gimnasio, así y todo Cejas demostró tener fuerzas inagotables, desde que llegó, y lo hizo temprano, no paró de dar cuenta de las delicias preparadas para la ocasión.
El que ni siquiera se acercó a las mesas fue Oscar Bertone, quien desde que se ha decidido a cultivar su cuerpo, tanto como en otros tiempos ha hecho con su mente, se cuida de comer demás, como un monje de caer en la tentación de pegarse una vueltita, aunque más no sea para evangelizar, por el Palacio Berlusconi.
Tan cambiado está Bertone, que usa trajes claros, de lino, esos que se arrugan antes de usarlos, y lentes oscuros aunque sea de noche y lo más sorprendente habla de temas tan extraños como los suplementos dietarios, zapatillas ergonómicas y marcas de tiempo para los 21 kilómetros, una distancia imposible para su frágil humanidad, al decir de los expertos.
Marito, como todos llaman a D'Agostino, aunque hace años que el diminutivo no le cuaja, se ocupó de que los convidados a la fiesta estuvieran bien atendidos y también de preguntarle a Dios y María Santísima quién era la rubia de minifalda asesina que había llegado hasta el límite de la fiesta y se había ido presurosa, como si fuera un fantasma.
Nadie le supo responderle, y así y todo no se quedó con la duda, siguió adelante y hasta se atrevió a consultar a Gabriel Schiavinna, que justo esa noche presentaba una nueva serie de sus asombrosos óleos en el bar, y él, un hombre enterado, le dio el dato: "Es Gabi Zambruno, la RRPP de Esperanto, amiga e invitada al vernisagge".
Listo, un problema menos, o será, un problema más.