Ya no es moda, ni privativo de un grupo de la sociedad. Tampoco está ligado a un único motivo. Los prejuicios por los tatuajes quedaron atrás y hoy uno de cada tres argentinos tiene tatuajes, según el último relevamiento realizado a nivel nacional por Estudio Voices.
El informe detalla género, edades y motivos por los cuales los argentinos deciden marcar su piel para toda la vida. También intenta encontrar una explicación o relación de la sociedad con el mundo del tatuaje.
Desglosando los resultados, Estudio Voice señaló que el 31% de los argentinos tiene al menos un tatuaje. Así, el 34% de las mujeres y el 29% de los hombres están tatuados. Además, cuatro de cada 10 mujeres tienen más de cuatro tatuajes, mientras que en hombres esta condición se repite en tres de cada 10.
Además, el 27% de los argentinos planea tatuarse en los próximos 12 meses y un 18% se muestra dubitativo ante esta posibilidad. La intención de tatuarse entre las mujeres de 18 a 24 años es del 50%, marcando nuevamente la incidencia de este género sobre el arte en piel.
Uno es poco
Dentro del universo de tatuados, siete de cada 10 personas volvieron por un segundo diseño. Nuevamente las mujeres, de cualquier edad, lideran esta marca y las personas jóvenes la secundan. Además, el 50% de los encuestados con tatuajes volverán a pasar por los estudios de su tatuador en 2025.
El estudio destaca que “si bien los niveles socioeconómicos más bajos son más propensos a tatuarse que los niveles altos, las personas de nivel socioeconómico alto y medio alto tatuadas tienden a poseer más cantidad de tatuajes que los bajos o medios”.
Entre los tatuados, sólo dos de cada 10 personas tienen un solo tatuaje y cuatro sobre una decena poseen más de cuatro tatoo.
Por qué tatuarse
Son diversos los motivos por los cuales los argentinos pasan por las manos de un artista del tatuaje. Mientras que antes tener un tatuaje era símbolo de rebeldía, ahora se apuestan por motivos más personales y emocionales.
Entre los principales motivos para realizarse un tatuaje se encuentran: homenajear a un ser querido, sea familia, amigos o bien mascotas; compartir con vínculos afectivos, es decir, parejas, amigos o familia; estética; un simple impulso, recuerdos importantes o superación de momentos difíciles; identidad; y espiritualidad.
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“Los tatuajes, más allá de su valor estético, se han convertido en un poderoso lenguaje emocional. Que las dos motivaciones principales estén relacionadas con homenajes y vínculos afectivos demuestra cómo las personas utilizan su piel para construir narrativas que conectan con su historia personal y sus relaciones significativas”, explicó Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices.
Los hombres tienden a tatuarse por impulso o estética. En cambio, las mujeres lo hacen para homenajear a seres queridos o inmortalizar vínculos afectivos.
Los jóvenes de 18 a 24 años lo hacen por recuerdos importantes o homenajear a seres queridos. Mientras que el segmento entre 25 y 49 años por impulso o estética. Los mayores de 50 lo hacen para dejar plasmado un vínculo afectivo o recordar a un ser querido.
Otros datos de la encuesta
La media de edad para el primer tatuaje es a los 24 años, con la salvedad de que los apasionados por marcarse el cuerpo con tinta lo hacen antes, según el relevamiento sobre 1.027 entrevistas en población mayor de 18 de todo el país.
Todavía se mantiene una connotación negativa sobre las personas que tienen tatuaje en un 17% de los encuestados, mientras que el 61% no afectan la visión que otros pueden tener de él o depende del contexto. Sólo el 9% respondió sentir una percepción positiva sobre las personas tatuadas. El resto no ofreció respuesta.
A la hora de relacionar al tatuaje con una palabra un tercio de los casos manifestó expresiones positivas como “arte”, “belleza”, “recuerdos”, otra misma cifra lo relaciona con “horrible”, “dolor”, “tóxico”. Mientras que cuatro de 10 menciona palabras neutrales como diseños específicos o partes del cuerpo. Estas menciones neutrales, sostuvo el informe, “reflejan un enfoque más descriptivo y menos emocional, lo que puede interpretarse como un indicio de normalización del tatuaje en la cultura argentina”.