-Me lo puso mi viejo. Cuando le pregunté me dijo «te lo cuento, pero no le digas nada a tu vieja: fue por una chica muy linda»”.
-¿Por qué elegiste el dibujo?
-Mi papá nunca tuvo oficina, así que trabajaba en casa. En el 94 mis viejos se pelearon y me fui a vivir con mi mamá, pero a los 11 años me fui con mi papá porque entendía más mis cosas, así como mi abuela Dorita, que fue mi segunda mamá. Esa era mi casa. Como dibujante trabajaba mucho en publicidad, y yo estaba siempre al lado suyo dibujando. “Eran épocas en las que no había fotoshop y todos los arreglos en las fotos los hacía un dibujante” advierte el fotoperiodista Sebastián Suárez Meccia.
-Te tiró más el lápiz del dibujante que el torno de la dentista.
-Totalmente. “Tomá, pintalo”, me dijo mi papá la primera vez que hice un dibujo, a los cuatro años. Había hecho un perrito, algo que para mí era como jugar. No pensaba que estaba dibujando. Cuando era chiquita dibujaba y en el colegio mis compañeros me traían facturas por los dibujos. Un chico me trajo facturas por un dibujo de Winy Poo, entonces mi viejo me dijo: “No les pidas comida, pediles plata”.
-¿Cómo empezaste tu carrera como dibujante?
-Hice la primaria en María Auxiliadora y la secundaria en Los Angeles. Yo quería hacer historietas, tenía más de 100, iba a convenciones como ahora es la Crack Bang Boom. Mi papá me había llevado a hablar con (el dibujante Eduardo) Risso. Yo tenía miedo, pero me atendió súper bien en su estudio de Tucumán y el bajo.
-¿Y cómo llegaste al tatuaje?
-Cuando terminé la secundaria fui a estudiar Historia, pero hice medio año y me fui porque no me gustaba y empecé a conocer los locales de tatuaje, a los que iba escondida.
-¿Por tu edad o por el ambiente?
-Por ambas cosas. En 2007 abrió Ruta 66, donde había un ambiente muy under, donde fui a ver y casi no hablé. Era un ambiente de hombres, muy machista, como de taller mecánico. Entré porque me gustaba el rock, así que iba igual. Algunos se cagaban de risa. Cuando ya había empezado a dibujar un día un señor en Ruta 66 me dijo: “¿Y vos qué hacés?”. Entonces empecé a hacer un curso para principiantes, tatuaba en cuero de chancho, en melones y en manzanas. No sabés el olor que había. Entonces este buen hombre me dijo: “Mañana vení a las 8 y traeme lo que tenés, si querés te llevo como aprendiz”, así que al otro día aparecí con una carpeta con mis dibujos horribles. Me hacía ir todos los días a las 8. Antes de empezar a tatuar hay que esterilizar todo, con un autoclave, que lleva como dos horas. Entonces me dejaba hacer todo para aprender, pero no podía tocar gente. Yo miraba cómo él tatuaba. Así estuvimos un tiempito en su casa, donde tenía sus hijas chicas y al mediodía cocinaba algo y comíamos todos juntos.
-Así se aprendían los oficios de antaño: mirando.
-Así trabajábamos desde las 8 hasta que lo que diera hasta que este señor se fue a un local con otros tatuadores, donde hice dos o tres tatuajes. pero con mucho miedo y vergüenza.
-¿Qué te decía tu viejo?
-Que me había poseído el demonio. Imaginate: tenía 18 años, iba y volvía en el bondi Las Rosas, donde a veces volvía llorando. Tuve un momento de duda y me fui, me cagué, y después me arrepentí, pero me hablaron mi papá y mi abuela. Mi papá me habló porque tenía miedo: imaginate, me iba sola a una local de tatuadores donde lo menos que me decía era que eran todos motoqueros. Hasta que un día hablé con mi abuela Dorita, que había sufrido mucho porque en su época quería ser doctora, no la dejaron y la mandaron a aprender corte y confección, era modista. Así que me acuerdo siempre de lo que me dijo: “No le dés pelota. Andá de nuevo”. No había nadie que me entendiera como ella.
-¿Cómo retomaste tu carrera de tatuadora?
-Después de trabajar un tiempito en el negocio de mi abuelo Alberto -que se lo había comprado a un italiano de Passetto, que tenía la primera ferretería de Funes, con una pieza de barro que después amplió- fue bastante difícil porque no tenía trabajo, era nueva, sin experiencia, hasta que cuando entré a un local de tatuajes del centro, que también tenía un ambiente bastante machista, onda motoqueros, estaba todo el día en el centro. Cuando sos nueva te mandan a hacer tatuajes del Gauchito Gil, pero ya era empleada y eso me sirvió para hacerme más ducha con la gente. Hasta que un día dije: “Me voy a tatuar a Funes”.
-¿Cómo empezó tu etapa en Funes?
-Tenía un carácter muy tranquilo, con el que no me imponía. Hay un gran contraste de esto con mi forma de ser. A los 21 años empecé a tatuar en mi pieza. Mi viejo me quería matar. Primero tatuaba a mis vecinos, a gente conocida, y tatuaba en mi pieza, algo que no daba. Me acuerdo que en ese momento vino a tatuarse un jugador de Central, que era pareja de una amiga, entonces me di cuenta que no podía seguir tatuando en mi pieza. Ahi mi viejo me empezó a ayudar y me fui a un localcito atrás de la ferretería de mi abuelo.
-¿Dibujante o tatuadora?
-Dibujo todo el tiempo, cada vez que puedo. Si tatúo todo el día, me pongo a dibujar a la noche, hasta cualquier hora. En Buenos Aires me iba con mi valija con mis dibujos a Quilmes en el tren o en un remís trucho. Mi vida era eso, mi pasión es dibujar. El tatuaje es una forma de vivir, de ganar dinero. Ahora trabajo con mi álbum de fotos. Soy muy autocrítica y perfeccionista.
-¿Qué pasa si alguien te pide un tatuaje que no te gusta?
-Si no lo conozco le digo que no lo hago, y si lo conozco trato de explicarle que no es una buena idea.
-¿Cómo es tu trabajo de tatuadora desde que llega el cliente?
-A diferencia del dibujo, en el tatuaje siempre tenés que tratar con gente. Si alguien quiere hacerse un tatuaje lo hago antes en la compu y se lo muestro, soy muy ansiosa. Una vez que eligió el personaje y se lo muestro, cuando viene ya sabe cómo va a quedar.
-¿Por qué se tatúa una persona?
-Hay gente que se tatúa porque la pasó algo en la vida. Siempre vienen con algo. Muchos se tatúan un momento.
-¿Cómo surgió la idea del tatuaje de Evita que le hiciste a la concejala Soledad Míguez?
-A la Sole la venía tatuando con otros estilos y así surgió una amistad porque estás tres horas con cada tatuaje. Hasta que un día me dijo: “Ma, yo me la tatúo a Evita”. Yo la tomo como un tatuaje de Evita más como mujer y como ícono que como política.
-¿Cómo llegaste a dibujar para el grupo sueco Hardcore Superstar?
-Yo era fan del grupo, así que dibujaba mucho y lo subía a las redes. Un día los etiqueté y los vio el fotógrafo del grupo, a quien le gustaron los dibujos y los reposteó. Hasta que el Día de los Inocentes (el 28 de diciembre) de 2017 me preguntaron si quería hacer un dibujo para ellos y en paralelo hice otros trabajos para un disco y una remera.
-¿Cuál fue tu mayor trabajo para ellos?
-El trabajo más grande -y el que más cagazo me dio- fue cuando me pidieron hacer la tapa, la contratapa y el interior de un disco. Fue hacer el arte del disco. Hice más de 50 dibujos. De día tatuaba y de noche dibujaba. En esa época sólo agarraba trabajos para ellos, que me adoptaron.
-¿Las redes sociales ampliaron el campo de trabajo del dibujante?
-Totalmente. Publico en Twitter y agarro trabajos de animé, algunos de afuera como una chica de Italia que hace llaveros con mis dibujos.
-¿Tu sueño es vivir del dibujo?
-La gente paga el tatuaje, pero no el dibujo.