Francisco dio señales en estos 24 meses de papado de que el levantamiento de la prohibición a comulgar a los católicos divorciados en nueva unión puede constituirse en su primera gran reforma en materia de pastoral familiar.
“La Iglesia no condena eternamente a nadie”, planteó en febrero de este año durante el consistorio de cardenales y la frase abrió un sinnúmero de especulaciones, en particular de cara al Sínodo de los Obispos que en octubre deberá cerrar la discusión sobre la atención pastoral de las nuevas realidades familiares.
Esa será la última de las etapas propuestas por Jorge Bergolio para buscar consensos sobre puntos controvertidos como la unión homosexual o el modo de atender al creciente números de familias católicas consideradas por la Iglesia como “irregulares” o “difíciles”.
Pero el tema que parece poder destrabarse con más claridad es la propuesta sobre la posibilidad de la comunión a los divorciados en nueva unión. La iniciativa tiene su esencia en una catequesis del cardenal alemán Walter Kasper, quien propuso conceder el sacramento a quienes cumplan ciertos requisitos, como un período de penitencia y discernimiento de sus responsabilidad conyugales pasadas y presentes.
El punto generó controversias en el Sínodo de Obispos de octubre de 2014 en el Vaticano, donde doctrinarios y aperturistas se sacaron chispas. No obstante, el Papa fue el claro ganador en esa instancia al imponer un debate interno abierto, sin tapujos, sincero y realista sobre temas antes impensados en la Iglesia.
Francisco lo consiguió sin poner en discusión una “verdad fundamental” del matrimonio sacramental: la indisolubilidad.
En esencia, el triunfo de Francisco consistió en proponer y conseguir que una gran mayoría acepte un cambio de paradigma, para ir hacia una moral familiar de la brújula y no del semáforo. Es decir acompañar, guiar, acoger, incluir, orientar y no prohibir, coartar o juzgar.
Ese espíritu quedó reflejado en un párrafo del mensaje final, un texto breve y distinto al documento conclusivo, en el que los padres sinodales subrayaron que “Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie”. “No hay que mirar a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar o clasificar a las personas”. Esa frase del Papa en su alocución final tras dos semanas de deliberaciones es la síntesis del programa de acción eclesial que Francisco pretende, pese a las presiones y a purpurados que advirtieron que están dispuestos a “resistir” el embate reformista. Otra jugada decisiva y audaz del Papa fue publicar los 62 puntos de la Relato Synodi, el documento que reseña las opiniones de los padres sinodales, incluso el artículo referido a homosexuales y los dos a divorciados que no obtuvieron la mayoría simple, por lo que no fueron formalmente aprobados.






























