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El mundo literario evoca a la poetisa Gabriela Mistral

La escritora chilena, nacida hace 125 años, fue la primera latinoamericana en recibir un Nobel de literatura.

Lunes 07 de Abril de 2014

El mundo de las letras recordará hoy los 125 años del nacimiento de Gabriela Mistral, la poetisa chilena que introdujo el desgarro latinoamericano en Europa, en los albores del siglo XX.

"Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas", confesó ella sobre su obra y su vida, las que viajaron por la Patagonia, el desierto chileno y los cafés parisinos.

La poetisa, la única escritora latinoamericana premiada con el Nobel de literatura en 1945, escribió de hecho siempre al borde del silencio y el abandono, tanto físico como psicológico.

Los poemarios "Desolación", "Tala", "Lagar" y "Ternura" son la base de una obra que buscó la universalidad latinoamericana en los propios terruños en que deambuló su vida largamente solitaria.

En entrevista con DPA, el fallecido poeta y premio Cervantes chileno Gonzalo Rojas sostuvo que la clave de Gabriela Mistral es que encontró América en su propia tierra, sin tener que ir a Machu Picchu, como su alumno y también premio Nobel Pablo Neruda.

Escritora al borde del silencio, como el mexicano Juan Rulfo, Gabriela Mistral eludió las publicaciones excesivas, privilegiando obras labradas en los parajes más desolados de su tierra y su alma.

Su vida, desde que naciera como Lucila Godoy, fue siempre una odisea por los dolores insuperados del abandono de su padre, Juan Godoy, de una violación a los siete años, la muerte juvenil en Brasil de Yin Yin, su supuesto hijo, el suicidio del obrero Romelio Ureta, quizás su mayor amor masculino, y su sospechado romance con Doris Dana, su secretaria.

Su andar fue también la relación pendular que mantuvo con su país, donde el vulgo y los intelectuales criticaron su falta de estudios universitarios, la excluyeron de antologías poéticas y le otorgaron el premio nacional de literatura diez años después del Nobel. Por ello, quizá vivió fuera de Chile gran parte de su vida.

"La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico, pero muy fiel, que más que envolverme me forra y me oprime", diría en sus años finales, antes de que el cáncer acabara con su vida en 1957.

Ello ocurrió medio siglo antes de que el mundo descubriera miles de versos inéditos que su parquedad y exigencia le impidieron publicar en vida.

Toda una obra escondida en cajones que no hizo más que confirmar que su ceño adusto y su misticismo profundo sólo admitían compartir con el mundo los versos más dignos de sus plumas y abismos.

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