El hombre está acostado en el piso, con las manos esposadas. A su lado, un policía apoya una rodilla en tierra mientras escribe con aplicación en un cuaderno y otro, de pie, tiene la vista perdida en un punto fuera de cuadro. Hay un patrullero, pasa un colectivo. Se ve a un hombre en silla de ruedas y otro con las manos en la cintura, en medio de la calle. Y a un chico con una pelota de fútbol, que viene no se sabe de dónde y es el espectador de la escena. Personajes en principio desvinculados entre sí, pero cuya relación secreta es precisamente la fotografía que los captura en un momento preciso, el instante del suceso. La imagen forma parte de Sangre, la muestra de Diego Levy que llegó al Espacio Cultural Universitario como parte del festival de literatura policial La Chicago argentina, y que propone un conjunto de imágenes sobre la violencia y el crimen en cuatro ciudades de América latina.
“Sangre está cerca de lo forense; es una mirada sobre el hecho, sobre lo que hay; si sus imágenes fueran más efectistas serían menos creíbles, uno podría suponer una exageración. Pero su mirada es seca, certera, para nada edulcorada. Es poco frecuente que los autores tomen este género”, dijo Juan Travnik sobre el trabajo de Levy. Una obra que se inscribe en un marco de contornos precisos: “Hoy existe una manipulación de este tipo de imágenes que tiene que ver con los medios masivos. El manejo de la violencia en medios tiene que ver con operaciones políticas de las imágenes, que funcionan como elemento de presión. En ese sentido, me interesa el trabajo de Levy porque es personal: no trabajó bajo un secretario de redacción o una línea editorial, fue autogestionado”.
Levy (Buenos Aires, 1973) comenzó a pensar la serie en el año 2000, cuando trabajaba como fotógrafo del diario Clarín. La primera idea fue hacer un ensayo sobre la violencia urbana en la ciudad de Buenos Aires. “En esa época yo cubría un poco de todo. Empecé a hacer de manera sistemática fotos de hechos policiales, que era lo que me interesaba. Siempre me gustó la fotografía policial, hay varios maestros y exponentes del género. El más conocido es Wegee, que vivió en Nueva York en los años 40 y 50, y fotografió esa época de la crónica roja; o Enrique Metinides, que hizo lo propio en ciudad de México”, dice.
—¿Cómo se desarrolló el trabajo en esa primera etapa?
—Yo aprovechaba la posibilidad de llegar rápido a los hechos que tenía el diario. Trabajaba con dos cámaras, una con película color, que era del diario, y otra chiquita, blanco y negro, que era para mi ensayo. Así, durante un año fui armando una serie que terminó siendo de veinte fotos. A mí me echan de Clarín y al año siguiente esa serie se publica en la revista del diario La Nación y con esa publicación la serie gana el premio de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Recibo plata por el premio y con esa plata decido extender el reportaje a otras ciudades del continente, que fueron Medellín, Río de Janeiro y México. La segunda parte del proyecto, que fue el viaje a las tres ciudades, apuntó a un trabajo más extenso para que se convirtiera en libro y en muestra. Fue un laburo que nadie me pidió, autogestionado. Salió bien, y podía haber salido muy mal, porque cuando viajé a las ciudades no sabía con qué me iba a encontrar, qué fotos podría hacer.
—¿Cómo elegiste las imágenes?
—El criterio era absolutamente estético: situaciones que me interesaba fotografiar y que yo tenía la posibilidad de registrar. Editaba en base a las que me gustaban, no había una cosa puntual de decir “busco equis delito”. Lo pensaba como una especie de paisaje de la violencia urbana. Podía haber también un detalle que me interesaba o una escena un poco más explícita. O simplemente me interesaba la ciudad, que a mí me remitía a los mismos hechos que iba fotografiando. Hice una vista nocturna en Medellín, otra desde una favela en Río de Janeiro. Siempre participaron amigos, colegas que me daban su mirada y su opinión. Jorge Sáenz, con quien hice un taller en 2000, fue clave para la concepción del primer capítulo. Durante mucho tiempo tuve, no sé, cien fotos colgadas en la pared de mi taller hasta que me quedé con las 80 y pico que componen el libro.
—Lo policial a veces obnubila la mirada. ¿Cuál fue tu idea de trabajo?
—No fui a buscar el hecho puntual de la sangre sino todo lo que estuviera alrededor del hecho. Eso era lo que me interesaba, dar un par de pasos atrás y ver la escena completa, ver qué pasaba con la gente que miraba, qué sucedía alrededor de un cadáver, de un tipo esposado, cuerpo a tierra en la calle. Ver cómo la violencia formaba parte de la vida cotidiana en ciertos barrios y mostrarla a través de los hechos en sí y de las reacciones de los espectadores. En ciudades como Medellín o Río la gente está muy cerca de los hechos de sangre, no toma distancia, ni se resguarda la zona, o por lo menos en esa época no se hacía. Yo me iba del lugar con un leve registro de lo que había hecho. Esos son momentos en que tenés que trabajar rápido. No tenés todo el tiempo del mundo para fotografiar la escena de un crimen, tenés que entrar y salir rápido, no sabés cuántas chances vas a tener. Trabajás muy concentrado, fotografiás lo que tenés que fotografiar. La película tiene una limitación, son rollos de 36 fotos. Yo sacaba, sacaba y cuando me iba tenía alguna imagen en la cabeza. Al revelar y hacer contactos aparecía algo distinto y en general superior de las imágenes que yo pensaba. Eso me pasó en casi todos los rollos que hice: encontraba alguna cosa que no recordaba que había hecho, y a la inversa, grandes fotos que me imaginaba no eran tales cuando las tenía a la vista.
—En las situaciones de violencia, en general, un fotógrafo no es bienvenido. ¿Cómo te manejabas en relación a la gente y a la policía?
—Es difícil. Pero al tener oficio en prensa intentaba moverme de una manera que resultara invisible. Trabajaba con una cámara chiquita, con un bolso chiquito. No era el fotógrafo que anda a los codazos y a los gritos sino un tipo que estaba ahí parado y trataba de no molestar, por dos razones: para no faltarle el respeto a la gente y para no alterar absolutamente nada de la escena. Las fotos que hice no podrían haber sido tomadas en otros países y no sé si se pueden hacer ahora. Cuando hay un hecho de sangre lo primero que hace la policía es vallar, tapar, mandar a la gente a cien metros a la esquina. En la época en que yo hice esas fotos, entre 2000 y 2004, la policía era más flexible con la prensa, sobre todo en ciudades como México y Río de Janeiro, donde la industria de la crónica roja es muy importante.
—¿Qué diferencias y coincidencias encontraste respecto de la violencia en las cuatro ciudades?
—En Argentina siempre nos quejamos de la inseguridad, pero no hay comparación con lo que ocurre en otras ciudades del continente. En Medellín, por ejemplo, la violencia podía comenzar en peleas puramente domésticas entre vecinos que terminaban con muertos. En Río, el crimen organizado en las favelas. De las cuatro ciudades donde más leve se vivía el tema era en Buenos Aires. Pero en todas había un denominador común: el poco valor que se le da a la vida. La gente se mata por cualquier cosa.
En el Espacio Cultural Universitario, San Martín 750, hasta el 31 de octubre.
































