Un líder, sin lugar a dudas. Amado y criticado, cargado de discursos que rompieron con el mandato tradicional de la Iglesia Católica. Políticamente activo, en la búsqueda de su “iglesia pobre para los pobres”. Indudablemente, es y será por siempre uno de los más grandes referentes de la historia argentina y del mundo.
Su legado es grande. Y es que no fue un papa ajeno a los grandes problemas del siglo XXI. Ejemplar y admirable para algunos, demasiado “woke” para otros, Francisco ha sabido revolucionar los mandatos históricos de su institución, abriendo puertas en temas hasta entonces intocables: la libertad sexual, el divorcio, la diversidad y, especialmente, el cambio climático.
Uno de sus legados más significativos en esta última materia ha sido el impulso del movimiento Laudato Si’, una red global que conecta a miles de activistas y organizaciones católicas en el mundo entero. Inspirado en la encíclica homónima publicada en 2015, justo antes de la cumbre climática COP21 en París, el Papa Francisco instó no sólo a los católicos, sino a toda la humanidad, a actuar con urgencia para salvar el planeta.
Laudato Si’ no fue simplemente un documento doctrinal: fue una llamada a la acción. Hoy, más de 900 organizaciones y 10.000 líderes comunitarios movilizados llevan adelante su mensaje de justicia climática, integrando la fe con el compromiso ambiental. En muchas comunidades religiosas, Francisco provocó un cambio profundo de conciencia: entender que cuidar la Tierra también es una expresión de amor al prójimo.
Tras la firma del Acuerdo de París, el sumo pontífice no dudó en levantar la voz. Señaló con claridad que muchos países habían incumplido sus compromisos y denunció que tanto las empresas como los gobiernos suelen priorizar el rédito económico y el poder político por encima de la preservación del ambiente y la protección de los más vulnerables. En su encuentro con alcaldes de todo el mundo, sentenció: “Hay que tomar conciencia sobre el cambio climático, un problema de destrucción que nosotros mismos estamos llevando”. Es importante la cultura de cuidado del ambiente. Pero esa cultura no es sólo una actitud verde; es mucho más. Cuidar el ambiente es una actitud de ecología humana, porque la ecología es total”.
Su mirada ha sido, desde el inicio, multidimensional: la crisis climática no es sólo ambiental, sino también social, económica, humanitaria. Así lo dejó claro en su exhortación “Querida Amazonia” (2020), donde destacó el rol de los pueblos originarios como guardianes de los ecosistemas y la necesidad de escucharlos y aprender de ellos. En noviembre de 2019 fue más allá: ante el Congreso Internacional de la Asociación de Derecho Penal en Roma, Francisco propuso que el “pecado ecológico” forme parte del catecismo y nombró al ecocidio como un crimen contra la humanidad.
En un mundo donde los discursos negacionistas vuelven a tener micrófono, donde se retrocede en compromisos asumidos y se banaliza la urgencia climática, la voz del Papa Francisco resuena como una advertencia y una esperanza. Porque, como él mismo preguntó desde la Plaza San Pedro, en vísperas de la COP21: “¿Qué tipo de mundo deseamos transmitir a todos los que vendrán después de nosotros, a los chicos que están creciendo?” La respuesta no sólo es religiosa, es profundamente humana. Nos tocará presenciar si la Iglesia elige continuar este legado o dar un giro en su historia.