Escenario

Las sacas de australes que nunca llegaron

El atractivo de ciertos golpes está en su mínima violencia.

Sábado 03 de Marzo de 2018

En la inolvidable "Casta de malditos" de Stanley Kubrick un ladrón veterano le da un consejo sabio a uno novato: "Siempre que vayas a actuar asegúrate que la recompensa valga el riesgo". Los ideólogos del robo al Tesoro Regional del Banco Central en Rosario ocurrido hace 25 años, uno de los más formidables eventos de la historia policial de la ciudad, no solamente midieron riesgos. También tuvieron que calcular que la recompensa devolviera con creces la cantidad de trabajo invertido en una planificación que demandó refinada materia gris como en muy pocos hechos locales.

El atractivo de ciertos golpes está en su mínima violencia. En general se ponderan los casos donde los ladrones entran a un banco y se llevan su botín sin disparar un solo tiro. Pero este caso invirtió esa lógica hasta alturas exquisitas. Los delincuentes lograron que en lugar de ir a buscarla la plata saliera hacia ellos. Para lograr eso sabotearon el sistema de mensajes de seguridad del BCRA obteniendo el registro de claves que la entidad utilizaba para ordenar a sus funcionarios las remesas de dinero. El 22 de diciembre de 1992 el jefe del Tesoro Regional ubicado en Santa Fe y San Martín recibió la instrucción de remitir 30 millones de pesos/dólares a la casa matriz en Capital Federal. La orden llegó en un mensaje encriptado que el jefe local descifró siguiendo el código debido en el que le requerían el dinero. El funcionario llenó 13 sacas con 600 mil billetes de 500 mil australes. Antes de despacharlas al aeropuerto de Fisherton, donde funcionarios del Central estarían esperándolas, se cercioró llamando a la sede central. Allí atendió un funcionario, de apellido Fandiño, que corroboró el pedido de la remesa.

El que atendió la llamada era un miembro de la banda. El que facilitó las claves del BCRA con el que se confeccionó el mensaje también. Los que no eran de la banda, y pasaron un tormento que marcaría sus vidas, fueron los tres portavalores que llevaron el dinero a Fisherton y el tesorero que acató la orden recibida. Ellos quedaron cubiertos de sospechas y atados a un proceso judicial que duró más de una década. En el aeropuerto los esperaban los tres falsos inspectores del BCRA que el mismo mensaje clasificado identificaba. Ellos se hicieron cargo de los trece bolsones pero también quedaron atrapados por peripecias.

El avión de Austral que los llevaría de vuelta tuvo un desperfecto en el tren de aterrizaje y no pudo despegar. Los impostores contrataron entonces dos avionetas que despegaron con las sacas hasta llegar al aeródromo de San Fernando. Los portavalores fueron hacia el Central en un remise porque las avionetas apenas si podían con el peso de los bultos donde reventaban los billetes. Cuando llegaron al edificio a metros de la plaza de Mayo el tesorero rosarino llamaba en coincidencia para verificar que la remesa hubiera llegado bien. Escuchó que del otro lado del teléfono le decían. "¿Qué remesa?".


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