Escenario

El brillante viaje de Bob Dylan hacia un último refugio

El nuevo álbum del músico, "Rough And Rowdy Ways", puede escucharse como una despedida que también habla del final de una época.

Domingo 19 de Julio de 2020

¿Por qué tanto revuelo alrededor del nuevo disco de Bob Dylan? ¿Debería tener tanta trascendencia?, preguntaba un colega hace unos días en Twitter. Y aunque “Rough And Rowdy Ways” es excelente, y aunque es el primer álbum de Dylan con canciones nuevas en ocho años, la pregunta es pertinente. Después de todo, este es el disco número 39 del señor Robert Zimmerman, que podría descansar tranquilamente sobre sus glorias pasadas, mirando sólo de reojo a este mundo cada vez más mezquino y problemático. Sin embargo, tanta crítica elogiosa (y a veces solemne) se corresponde con una cuestión que está más allá de un puñado de grandes canciones: “Rough And Rowdy Ways” se escucha inevitablemente como un testamento o como una despedida.

   Dylan tiene 79 años (lo aceptemos o no), y su último disco pone al menos a dos generaciones frente a su propia finitud. Y nadie está hablando de nostalgia. Es algo más próximo y tangible: es el final de una época, el final del siglo XX como escena cultural definitiva, cuando en realidad todavía no podemos captar bien de qué va este siglo XXI. El siglo XX “clásico” está muriendo en carne y hueso cada día, en cada obituario escrito con apuro y sorpresa en los medios o las redes sociales, cuando en realidad estamos hablando de artistas que pasan los 70 años.

   Bob Dylan lo sabe bien. Somos nosotros los que no tomamos conciencia de que ya han pasado dos décadas del siglo XXI. Dylan lo sabe en cuerpo y alma, y lo manifiesta a la perfección en “Rough And Rowdy Ways”. Somos nosotros los que vamos por la vida como si nuestros héroes y referentes fueran eternos.

   De hecho, en su nuevo disco, el premio Nobel de literatura dialoga con la muerte con una naturalidad que da escalofríos. Nosotros vemos belleza en las canciones y escuchamos ecos de otras grabaciones que nos conducen al pasado. El nombra el pasado y lo homenajea, pero también sabe que hay menos futuro, y lo escribe con la misma precisión y profundidad que cuando había mucho tiempo por delante.

   

“Contengo multitudes”. “Hoy, mañana y ayer también/ las flores están muriendo como todas las cosas”. Esa es la primera línea del disco, y de la canción “I Contain Multitudes”. Con la serenidad que sólo da el paso del tiempo, Dylan canta y nombra a los más variopintos compañeros de viaje: desde Edgar Allan Poe y los Stones hasta Ana Frank, Indiana Jones y Beethoven, pasando por la referencia inevitable de Walt Whitman, de quien toma el título del tema. “Soy un hombre de contradicciones/ soy un hombre con muchos estados de ánimo/ contengo multitudes”.

   “I Contain Multitudes” es el track que marca el tono de “Rough...”. Si esa canción te atrapa o te emociona, después te entregás tranquilo y feliz al resto del disco. Tal vez ese arranque marque el pulso musical, lírico y estético mucho más que la comentada “Murder Most Foul” —la canción de 17 minutos que en el formato físico del álbum viene en un segundo CD— y que en realidad es como un largo poema que se vincula al disco como un link conceptual. “I Contain Multitudes”, en cambio, adelanta el álbum que va a venir: menciones a referentes culturales, guiños sin temor a la muerte, estilos que resumen un abanico de la música norteamericana del siglo pasado (blues, swing, jazz, folk) y la voz áspera de Dylan más clara y potente (lo que marca una diferencia con el oscuro y críptico “Tempest”, de 2012).

   El disco se abre con cada canción, con un filo conocido y casi amable, pero no por eso menos cortante. En la primera escucha puede que uno se enamore de una balada como “I’ve Made My Mind To Give Myself To You” o se sienta identificado con el tono vengativo de “False Prophet” (“Otro día de ira, amargura y duda/ Sé cómo sucedió, lo vi comenzar/ Abrí mi corazón al mundo y el mundo entró) o se ponga a bailar solo con el pegadizo blues de “Goodbye Jimmy Reed”. Pero con el paso de las semanas (sí, no es un disco para escuchar a las apuradas en Spotify, hasta luego Spotify), “Rough...” cala más hondo en la fantasmal “Black Rider”, donde Dylan parece hablarle a la muerte cara a cara pero entre sueños, o en “Mother Of Muses”, donde el poeta pide: “Haceme invisible como el viento/ Tengo una mente que divaga, una mente que deambula/ Estoy tardando en llegar a casa”.

   Antes del recitado de “Murder Most Foul” —un relato alucinado que arranca con el asesinato de John F. Kennedy y termina invocando al arte como salvación—, el álbum se despide (y afirma su tono de despedida) en “Key West (Philosopher Pirate)”, una canción para el camino que va más allá de la muerte y encuentra una suerte de último refugio o paraíso. “Key West es el lugar para ir”, canta Dylan, suponemos que en referencia a Key West, la isla más al sur de Florida. “Abajo por el Golfo de México/ Más allá del mar, más allá de la arena movediza”, sigue, y nombra a Ginsberg, Corso y Kerouac. Al final del túnel Dylan parece encontrar algo de luz y canta sereno: “La gente me dice que debería probar un poco de ternura”.

   

Entrar sin permiso. No hace falta ser un especialista en el autor de “Mr. Tambourine Man” para disfrutar de “Rough And Rowdy Ways”. Con las letras a mano (mejor en inglés, o si no traducidas), cualquier alma sensible y cultivada puede entrar sin permiso a estas canciones. Hay un público que ha etiquetado al bardo de Minnesota como un compositor difícil. Eso es más que nada un prejuicio. Es cierto que tiene una discografía muy extensa, y por períodos bastante despareja, pero el Dylan más actual se puede entender perfectamente a partir del brillante “Time Out Of Mind” (1997), y de ahí es posible encarar un viaje hacia el pasado, hasta donde cada cual consiga llegar. Después de todo, si bien “Rough...” suena a testamento y despedida, los más afortunados serán los que puedan tomarlo como un punto de partida, y entender a Dylan cuando canta, en “False Prophet”, “soy el enemigo de una vida no vivida, sin sentido”.

Cinco discos esenciales de una obra extensa

Es muy complicado resumir la extensa carrera de Dylan en un puñado de discos. Pero aquí va una pequeña guía de cinco discos fundamentales para iniciarse en la obra del genio de Minnesota:

l“The Freewheelin’”(1963): Ya en su segundo álbum, Bob Dylan pega el salto definitivo con compositor. Con apenas 22 años escribe clásicos como “Blowin’ In The Wind”, “A Hard Rain’s Gonna Fall” y “Masters Of War”.

l“Highway 61 Revisited” (1965): En su sexto disco deja de lado el folk y se sumerge directamente en el rock. El resultado es apabullante: ahí están “Like A Rolling Stone”, “Highway 61...” y “Desolation Row”.

l“Blonde On Blonde” (1966): Para algunos es su mejor disco. Este es el primer álbum doble de la historia del rock, y muestra a un músico en el pico de su creatividad, señalando el signo de los tiempos. Contiene clásicos como “Stuck Inside Of Mobile”, “Pledging My Time”, “Visions Of Johanna” y “Sad-Eyed Lady Of The Lowlands”.

l“Blood On The Tracks” (1975): Es el gran favorito de los años 70 y su trabajo más confesional, escrito tras la separación de su primera esposa. Nadie puede olvidar temas como “Tangled Up In Blue”, “Simple Twist Of Fate”, “Idiot Wind” y “Shelter From The Storm”.

l“Time Out Of Mind” (1997): Antes deberíamos mencionar al notable “Oh Mercy” (1989), con producción de Daniel Lanois. Pero “Time...” abrió un renacimiento para la música de Dylan que llega hasta nuestros días.

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