Roma - Si se le pregunta a la mayor parte de los extranjeros qué es lo les viene a la mente cuando
piensan en Italia, es probable que la respuesta contenga palabras como estilo, arte y moda. Pero si
se le formula la pregunta a un italiano, la respuesta más probable será “deterioro” o
“declinación”.
Italia contabilizó la mayor caída en el deseo de consumo del mundo en la
segunda mitad de 2007, según un sondeo semestral en 48 países desarrollado por la firma de
información financiera Nielsen. Los italianos viven bajo una “nube de tristeza”, señala
el informe.
Las conclusiones no sorprenden a nadie que viva en Italia. La prolongada
crisis de la basura que ha llenado las calles de Nápoles con desechos en descomposición es
simbólica del estado de ánimo popular.
Como Inglaterra en los 70. La Italia actual recuerda de algún modo a la Gran
Bretaña de la década del 70, cuando la basura en las calles durante el “invierno del
descontento”, pleno de huelgas, fue también emblemático del aparentemente imparable deterioro
nacional.
Italia es la tercer mayor economía de las 15 naciones de la zona del
euro, pero su infraestructura es inadecuada y anticuada, lo que desentona con su posición en el
G-7, el grupo de los siete países más poderosos del mundo.
Hace más de una década que el crecimiento se ha quedado atrás respecto
de sus pares de la zona euro, afectado por un débil consumo. El poder adquisitivo ha sido
erosionado por los salarios estancados y el aumento de los precios de los productos básicos.
Desde 1990, la producción ha perdido su impulso y el Producto Interno
Bruto (PIB) ha crecido 15% menos que el promedio de la Unión Europea. Esto deja a Italia con el
desempeño más débil en una de las zonas de crecimiento más lento en el mundo. Se prevé que la
tendencia continúe este año y en el futuro, a pesar de la reciente reactivación de las
exportaciones.
Altri tempi. Pero las cosas no siempre fueron así. Aún después del milagro
económico de la posguerra, en las décadas de los 50 y 60, Italia todavía crecía más rápidamente que
la mayoría de sus socios comerciales, durante gran parte de la década de los 80.
Los diarios italianos están llenos de sondeos y editoriales sobre la
falta de fe de los ciudadanos en sus líderes, con un debate en curso sobre si el país está en
decadencia (cuya respuesta es invariablemente que sí), cuán profundo es el deterioro y si es
irreversible o no.
“No hay ni esperanza ni enojo, ni compromiso ni voluntad de
cambio, solamente una gran resignación,” escribió hace poco el sociólogo Luca Ricolfi en el
diario La Stampa. “Nadie es capaz de hacer planes porque nuestra política transmite un
mensaje diario de incertidumbre”, agregó. A esto puede agregarse la renuncia esta semana del
primer ministro Romano Prodi, ocurrida después de ser derrotado en un voto de confianza en el
Senado. Cumplió apenas 20 meses de un mandato de cinco años.
La continua pugna entre los partidos produce una inercia política
incluso cuando los gobiernos se las arreglan para perdurar.
La sensación de decadencia se vio exacerbada cuando la Eurostat
—la agencia de estadísticas de la Comisión Europea— anunció en diciembre que España
había superado a Italia en términos de PIB per cápita, dejando solamente a Grecia y Portugal detrás
de Italia en la zona euro.
La sensación de pesimismo es tan dominante que el presidente Giorgio
Napolitano sintió la necesidad de usar su mensaje de Año Nuevo para urgir a los italianos a no
“ceder ante la pérdida de confianza.” Prodi y Franco Marini, titular del Senado,
hicieron comentarios similares. Pero los italianos no parecen estar escuchando.
“Por supuesto que estamos en decadencia, comparados con nuestros
socios europeos, pero por sobre todo con respecto a nuestras expectativas si las comparamos con las
de nuestros padres, y las de nuestros hijos serán incluso más bajas,” dijo el aeromozo
Alberto Mazzali, quien vive en Roma.
Hace 20 años, a los extranjeros podía resultarles irritante escuchar con
tanta frecuencia que nadie sabía vivir como los italianos. Ahora es más probable que les pregunten
qué los indujo a vivir en un lugar como Italia.
¿Y el bien común? El filósofo Umberto Galimberti dice que los italianos deben
hacerse cargo de la falta de valores cívicos que ha erosionado la calidad de vida en el país.
“Nuestra sociedad está fragmentada, no tiene el concepto del bien común, lo que que conduce
al comportamiento inmoral de parte de todos”, dijo en un reciente programa televisivo.
La mayoría de los italianos culpa a sus políticos, y es fácil comprender
la razón.
El increíble gasto político. El aparato político del país cuesta el doble que el
de Francia y Alemania, cuatro veces el de Gran Bretaña y 10 veces más que el de España. Y bajo
ningún concepto presenta una buena relación costo-calidad.
Los procedimientos parlamentarios son tan lentos que las reformas pueden
demorar años en ser aprobadas y, después de enmiendas de decenas de partidos, terminan siendo
invariablemente una débil imagen de los planes originales. Un buen ejemplo son los debates que en
la actualidad encabeza el líder de centroizquierda Walter Veltroni sobre cómo debería Italia
reformar sus ineficientes instituciones. Hace once años, el ex primer ministro Massimo
D’Alema lideró una comisión interpartidaria con el mismo objetivo. Mientras tanto, a pesar de
los interminables debates, comités y negociaciones, no se ha logrado virtualmente nada.
Una respuesta: nada. Una estática sociedad que envejece y una dirigencia
débil son vistas como los puntos claves del problema italiano. Al ser consultado sobre qué habría
causado 20 años de decadencia en Italia, el profesor de economía de la Universidad de Chicago Luigi
Zingales indicó: “Paradójicamente, la respuesta es: nada. No ha pasado absolutamente nada.
Nuestro país, con sus intereses creados, su corrupción, su ineficiente sector público, su evasión
impositiva, ha permanecido exactamente igual, pero el resto del mundo ha cambiado”.
Negociaciones sin pausa. En tanto, la política sigue adelante. Napolitano
continuaba ayer una ronda de consultas con líderes de partidos para encontrar una salida a la
crisis política. Algunos consultados prefieren elecciones anticipadas, pero otros optan por un
gobierno provisional que haga reformas institucionales. El ex ministro de Justicia Clemente
Mastella, cuya retirada de la coalición de centroizquierda llevó a la caída del gobierno de Romano
Prodi, fue uno de los primeros en reunirse ayer con Napolitano, en el segundo día de consultas.
“Queremos elecciones políticas anticipadas y abrir después una nueva fase constituyente, con
un nuevo pacto constitucional y generacional,” dijo Mastella a la salida de la reunión. El
presidente seguirá con las consultas hasta el martes por la tarde. Napolitano espera encontrar un
candidato para dirigir un gobierno provisional que modifique la ley electoral aprobada por el
anterior gobierno de centroderecha de Silvio Berlusconi, y a la que se culpa por gran parte de la
inestabilidad política. Berlusconi, en cambio, presiona por elecciones inmediatas, dado que está
adelante en todos los sondeos. l































