Pandemia

Pandemia en Venezuela: obligados a salir a pescar para comer

Desempleados improvisan flotadores precarios con cámaras para internarse en el Caribe en busca del alimento para sus familias.

Domingo 16 de Agosto de 2020

Venezolanos desesperados por alimentar a sus familias en medio de la pandemia desafían el mar abierto en frágiles cámaras neumáticas, armados apenas con un anzuelo y un sedal.

Un pequeño pero creciente número de personas en la ciudad costera de La Guaira, a sólo unos minutos de Caracas, ha recurrido al mar en busca de medios para sobrevivir. Es un riesgo que se ven obligados a tomar mientras el confinamiento nacional paraliza una economía que ya se encontraba en una situación miserable, señala un informe de la agencia Associated Press. Venezuela vive en régimen de hiperinflación desde noviembre de 2017, y de alta o muy alta inflación al menos desde mayo de 2012. Ya en 2008 había debido quitar tres ceros a la moneda por la persistente inflación. Esto ha empobrecido a los venezolanos, en especial a las clases populares.

"Nosotros somos constructores, somos albañiles, pero ahorita no hay trabajo de construcción. No hay ¿cuánto cuesta una bolsa de cemento? Vale 10 dólares ¿quién compra una bolsa de cemento en 10 dólares? Y si la compran no van a tener para pagarte la mano de obra. Entonces, ¿cómo hacemos? Más fácil para nosotros es salir a pescar'', dijo Juan Carlos Almeida, de 35 años, quien pesca acompañado de Eric Méndez.

Otros que reman en pequeños grupos hasta 8 kilómetros de la costa perdieron sus trabajos en ramas como la construcción y los restaurantes que atendían a los bañistas. Todas las playas están cerradas, pero ellos tienen niños hambrientos en casa.

El coronavirus golpeó a Venezuela a mediados de marzo y el gobierno ordenó el cierre de la mayoría de las empresas. El virus se ha propagado de manera constante en los cinco meses desde entonces. Las autoridades dicen que el Covid-19 ha matado a menos de 300 personas y ha enfermado a aproximadamente 31.000. Pero estas cifras del gobierno chavista no tienen demasiada credibilidad, ni manera de someterlas a escrutinio.

La nación permanece en gran parte paralizada y los vuelos comerciales han dejado de pasar por el principal aeropuerto del país en La Guaira. La gente tiene pocas esperanzas de que la vida vuelva a la normalidad.

Los recién llegados a la pesca menor prefieren la seguridad del muelle de La Guaira, por temor al mar abierto, pero Almeida y Méndez, de 40 años, se consideran experimentados después de pasar un par de meses metiéndose al agua en sus cámaras de aire. Han hecho remos con bandejas de plástico y usan aletas en los pies para impulsarse hacia el Caribe. Rápidamente se pierden de vista. Llevan anzuelos extra en el ala de sus sombreros, lejos de la goma y listos para pescar. Dejan caer líneas de pesca de un carrete cebado con sardinas.

Uno de los mayores temores de los ahora pescadores es que alguno de sus anzuelos pueda perforar accidentalmente su cámara de aire mientras pescan muy lejos de la orilla. Llevan tiras de goma para improvisar parches de emergencia en caso de un pinchazo accidental.

Cuando atrapan un pez, lo jalan lentamente para ver si hay un tiburón siguiéndolo. Evitan acercarlos demasiado, pues podrían tratar de morderles las piernas. Independientemente de los riesgos, los pescadores en cámaras de aire dicen que estar en el mar durante varias horas los relaja. Les permite alejarse por un momento de las luchas de la vida en tierra: la pandemia, la crisis económica, los niños hambrientos y la falta de trabajo.

Dicen que prefieren adentrarse en el mar porque ahí es donde nadan los peces grandes, pero también hay corrientes que amenazan con arrastrarlos mar adentro. Cuando regresan a la costa reman contra las corrientes. Es agotador. Luego caminan varios kilómetros hasta su casa, descalzos y cargando su pesca en una mochila amarilla, azul y roja, de las que el gobierno les da a los niños en la escuela.

La pesca de un buen día puede alimentar a sus familias durante una semana e incluso pueden compartirla con vecinos. El resto lo venden por una pequeña ganancia. "Nosotros también tenemos derecho a la comida. Si nosotros no tenemos un trabajo, tenemos que ir a lo que Dios le dio a uno: el mar. Tenemos que lanzarnos a pescadores'', dice Méndez, esposo y padre con dos hijos.

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