Brasil y Venezuela representan con elocuencia la enorme distancia entre una democracia que funciona y otra que ha sido anulada bajo la brutalidad de un poder autoritario que somete a las instituciones. En Brasil, un sistema de instituciones políticas equilibrado está cursando la más dramática de sus instancias: la destitución de un jefe de Estado. Es la segunda vez desde el retorno de la democracia, luego de la destitución del conservador Fernando Collor de Mello en 1992; ahora es el turno de la progresista Dilma Rousseff. Su destino parece sellado y sería cuestión de días que deje definitivamente el cargo. En constraste, en Venezuela una oposición acosada por patotas armadas (los "colectivos"), servicios de inteligencia, militares y medios de comunicación realmente hegemónicos, lucha con gran entereza desde el Legislativo contra un poder que ya es abiertamente definido como dictatorial (el secretario general de la OEA, Luis Almagro, habló del "lamentable fin de la democracia" en Venezuela", sin recibir objeciones serias). Almagro es una figura insospechable de tendencias derechistas. La oposición, con un tibio apoyo regional recién ahora, lucha por sacar adelante el referendo revocatorio, mecanismo previsto en la Constitución diseñada por Hugo Chávez. La impopularidad de Nicolás Maduro es tan grande que el régimen, cada día más militarizado, no puede permitirse de ninguna manera la prueba de las urnas.

































