Pandemia

El retorno del tiempo

La pandemia va a seguir y la humanidad también. ¿Cómo siguen los que siguen y cuáles son las prioridades? Las respuestas de un destacado psicoanalista rosarino

Domingo 24 de Mayo de 2020

El día después es una pregunta sobre una actualidad recién llegada. Es decir, una pregunta sobre un tiempo inmediato con referencia a un tiempo pasado. Un antes y después, como se dice popularmente. Nos toca un antes y un después de la locura a partir de la pandemia. Aunque de distinta manera, la pandemia va a seguir. Y la humanidad, también. ¿Cómo siguen los que siguen? Y más todavía, ¿cuál es la prioridad de este momento que se ha vuelto, precisamente, una cuestión prioritaria? ¿La vida o la economía? Ayer la vida, hoy pinta la economía. ¿Cómo pinta este tiempo? La mayoría dirá mal, pero tal vez no sea este un tiempo de pronósticos o diagnósticos apresurados. Tal vez sea un momento para el análisis, empezando por la cuestión del tiempo. El tiempo vuela, sentencia un viejo refrán. Por lo demás mal puede volver lo que no se detiene nunca en su vuelo hacia adelante. Claro está que en realidad el tiempo no vuela, simplemente transcurre, implacablemente trascurre.

Se sabe que hay muchas clases o formas de tiempo, desde el tiempo cronológico, el tiempo meteorológico, el tiempo objetivo y el tiempo subjetivo hasta las bombas de tiempo y demás. Un consenso muy generalizado constata con preocupación que el tiempo pasa muy rápido. El problema con el maldito y preciado tiempo es su infinita capacidad de volar tanto hacia adelante como hacia atrás. Los vuelos hacia el futuro o hacia el pasado tienen un ingrediente extra pero muy extendido: por lo general nunca aterrizan en el presente. Nada se exhorta más que el llamado al presente. ¡Hay que vivir el presente! El aquí y ahora proclamado por la psicología (todo hay que decirlo) sin mucha imaginación. El presente es una especie de víctima, extorsionado entre la fuerza atractiva del pasado por aquello de que todo tiempo pasado fue mejor y del otro lado la inalterable incertidumbre del futuro. Freud decía al respecto que el humano vive en el presente con cierta ingenuidad sin poder apreciar verdaderamente sus contenidos. Hasta que el presente se vuelve pasado no se tiene la suficiente distancia para poderlo entender, continúa sentenciando Freud. Y aun así tampoco es tan seguro, le dije al inventor del psicoanálisis en un WhatsApp que por lo que veo todavía no leyó.

Así las cosas el presente es más bien inasible, por lo demás en un único turno de vida larga o corta de acuerdo a la locura portada por cada cual. Las sociedades se topan con la pregunta crucial: ¿cómo será el día después? Se entiende hoy después de la cuarentena actual. Puede haber otra. Tal vez. Toda cuarentena tendrá su día después. Por tanto ya estamos en nuestro día después actual. Tanto en Rosario como en París y otras ciudades. Estamos en el día después de un tiempo sin tiempo. ¿Es posible un tiempo sin tiempo?

En nuestro país un célebre DNU determinó "el aislamiento social preventivo y obligatorio", en otras palabras el encierro con sus excepciones confirmando la regla. De pronto un día jueves de hace más de sesenta días nos encontramos determinados a aceptar una exhortación muy fuerte: ¡quedate en casa! Se instaló un estado muy especial del ser: nos pusieron entre paréntesis. Un paréntesis muy amplio suspendió por tiempo indefinido afectos, estudios, trabajos, proyectos, operaciones, viajes, mudanzas, infidelidades, no suspendió la continuidad de los femicidios, pero sí espectáculos, casinos, loterías, deportes, y demás. En suma se suspendió el tiempo de todas y cada una de las actividades humanas.

Congelados sin frío, en medio de la apertura y el cierre del paréntesis, en modo pausa, atravesamos un tiempo más social que cronológico, pero sin sociales, por tanto un tiempo paradójico. Viendo y sufriendo el despliegue de la pandemia en su práctica esencial: el contagio. El contagio hace a la típica paradoja de lo humano, lo que nos hace bien nos puede hacer muy mal: un beso —así sea un piquito— nos puede enviar a la unidad de cuidados intensivos. Eso si hay una plaza y sin poder hacer la reserva.

El día después del paréntesis paradojal es el retorno del tiempo con la vuelta de una nueva-vieja polémica. Un Nuevo Mundo posible versus el Viejo Mundo. El aislamiento ha sacado lo mejor y lo peor de los humanos, todo lo cual nos obliga e impulsa a tal polémica: lo viejo versus lo nuevo; lo nuevo versus lo viejo. Tarea imposible e imprescindible. Lo que nos recuerda una advertencia del psicoanalista Cornelius Castoriadis: lo sorprendente no es que el humano no aprenda, lo sorprendente es que aprenda. No se trata de una reflexión o pronostico escéptico. Al menos, no únicamente. También se trata de un elogio a la sorpresa. Hasta aquí la única sorpresa a la vista es el propio coronavirus. Aun sabiendo que el coronavirus integra una familia de virus de agresividades y consistencias diferentes, la humanidad no aprendió demasiado de las experiencias anteriores a pesar de informes alertando o de películas ilustrando. En especial una del 2011, un anticipo de la pandemia 2020, llamada justamente Contagio. Título premonitorio relatando un tiempo antes de tiempo. Muchos diálogos de la película parecen calcados de diálogos y monólogos de estos días, y sin embargo… la realidad calcó a la ficción nueve años después.

La detención social del planeta con toda probabilidad tiene más implicancias además de las biológicas y económicas. El pensamiento contemporáneo se estanca en la hipertrofia de lo económico. El imaginario actual tiene dos esencias por encima de cualquier otra, el deterioro casi absoluto de la política y los políticos, más la hipervaloración de las ganancias económico-financieras. Si el día después empieza un camino a un mundo nuevo será con luces nuevas alejadas de la oscuridad de las certezas egocéntricas. Una suerte de pandemia psicológica crónica. Luces capaces de cuestionar la omnipotencia humana que lo puede todo a pesar de los otros y de la Naturaleza. En 1978 se estrenaba Superman, la película, primera entrega de una larga secuela. En un momento crucial Clark Kent deviene Superman. Con su supervelocidad invierte la rotación de la tierra en un giro enloquecido del héroe pues el terremoto en la falla de San Andrés se traga a su amor Lois Lane. Vuelve el tiempo atrás y la rescata de la profunda grieta. El homo sapiens con dinero se cree un Superman con acceso a la inmortalidad y no precisamente combatiendo el mal, sino reinstalando cada vez el mundo viejo desbordado por las riquezas obscenas.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario