Hace cinco años, cuando era rector de la Universidad Nacional Agraria de Nicaragua, Telémaco Talavera Siles enterró una cápsula del tiempo: un recipiente de metal con fotos y mensajes para ser desenterrados dentro de cinco décadas. Telémaco sueña que cuando eso suceda ocurra en una universidad que forje buenos seres humanos. Porque para el educador nicaragüense, la clave de la educación es la formación en valores.
Especialista internacional en innovación educativa y coordinador del equipo Kairós (kairos-educacion.com), el educador nicaragüense estuvo recientemente en el país en el marco del Congreso Internacional de Universidades Públicas (Ciup), donde coordinó una mesa sobre los desafíos de la educación superior en el contexto actual. En diálogo con La Capital, reflexionó sobre el rumbo de la educación en América Latina y sobre los nuevos roles de la docencia.
—Simón Rodríguez decía o inventamos o erramos. ¿Es una demanda vigente en este tiempo de cambios?
—O hacemos cambios ya o luego podría ser muy tarde. Porque el mundo atraviesa una crisis social, financiera —de distribución de los recursos— y ambiental muy severa. Incluso una crisis de paz y no solo por las guerras abiertas, sino por violencias de todo tipo.
—Como la criminalidad de nuestras sociedades
—Claro y hasta la violencia intrafamiliar. Todo eso es violencia. Entonces, hay que hacer cambios y la educación tiene una responsabilidad desde ese punto de vista. La educación en valores en clave, es fundamental. Tenemos una deuda muy grande en ese punto. Hemos cargado mucho la educación hacia la instrucción, que es importante, pero absolutamente insuficiente. Si queremos construir un mundo más humano hay que tener una educación en valores. Lógicamente la capacidad es vital, hay competencias fundamentales, pero tienen que ser para poder desempeñar bien y aprender a aprender, y hacerlo tanto de manera virtual como presencial. Y es vital cambiar los currículums para tener un balance más adecuado con las llamadas competencias blandas, que son esenciales. La capacidad de comunicación verbal, virtual, presencial. La capacidad no solamente de acceder a la información, sino discriminarla, sintetizarla y ponerla en práctica. De modo que no solo seamos consumidores, sino para compartir nuestros capacidades, cultura e incluso nuestros propios problemas. Lógicamente la tecnología es vital, casi irrenunciable, pero no para que sustituya al ser humano, sino para que mejore su calidad de vida. Y mucha tecnología está poniendo en riesgo la propia estabilidad humana.
—¿Cuál es el papel del docente en esa tarea de trabajar en valores?
—Muchas veces se comete el error de sustituir al docente por la tecnología, cuando lo que hay que cambiar es el rol. No tiene que ser el docente el que llegue al aula a dictar contenidos, porque es tanta la información disponible que hay que no hay cerebro humano capaz de acumularla toda. Y otra cosa es el aprender a convivir horizontalmente. En todo grupo de clases, virtual o presencial, hay un aprendizaje horizontal que no lo hemos aprovechado, porque hemos desarrollado una educación bancaria, donde uno deposita conocimientos y otro los recibe como de un cajero y cuando los quiero usar lo saco. Y respecto de cambiar su rol es que debe orientar, ayudar a aprender, a convivir y a desarrollar valores. Eso es insustituible del docente.
—También es cierto que hay un mercado que apunta al aprender sin el docente, porque la potestad del aprendizaje ya no está solo en la escuela.
—Sí, porque la oferta académica ya dejó de ser propiedad exclusiva de las instituciones tradicionales. El tema es con qué objetivos se la suplanta. porque quienes lo hacen tienen una perspectiva utilitaria, con calidad pero sin sensibilidad. Si uno va de un médico hay una gran diferencia si el profesional está todo el tiempo viendo su computadora o si conversa con uno. Esa es la parte humana que no la puede hacer el robot ni la inteligencia artificial. Pero muchas veces en la educación hemos caído en el error de estar más preocupados en ver cómo hacemos la parte automatizada y hemos descuidado la parte humana. Ahora, lógicamente el mercado de trabajo cambió. Hace años cualquiera decía “quiero que mi hijo vaya a la universidad”. Tenían una meta clara y hacían cualquier cantidad de sacrificios, porque aunque muchas de esas madres y padres eran analfabetos, sabían que el título era una especie de garantía de trabajo y jubilación. Eso cambió, porque a veces la formación ya no responde a las expectativas actuales, porque el mundo del trabajo cambia mucho. Por eso: o transformamos la educación para bien o nos van a transformar para mal desde afuera. O lo hacemos para responder a las expectativas y aspiraciones de la gente, o nos va a transformar desde una perspectiva eminentemente de mercado, de los oligopolios internaciones.
—Cuando eras rector enterraste una cápsula del tiempo. ¿Qué educación te gustaría que haya cuando se abra?
—Una educación y una universidad que sobre todo forje buenos seres humanos. Que tenga buenos laboratorios y equipos, pero no es eso lo más importante, sino que la persona al entrar sienta que se construye esperanza. Que se forme con los que más saben, pero con la humildad de aprender también del que menos sabe. Aspiro a que cuando saquemos esa cápsula podamos decir que más allá de tener buenos edificios, tenemos una universidad que forma personas con valores y con sed de conocimientos, porque uno aprende hasta que se muere.