Educación

Para aprender de ciencia en el corazón de Empalme Graneros

Los sábados funciona en la vecinal de Juan José Paso al 2400 un espacio que combina el juego y la experimentación

Sábado 25 de Septiembre de 2021

Nicolás le pone detergente a la leche con colorante y la coloca dentro de la caja de Petri. La profesora le explica que con esta experiencia van a simular lo que le pasa al virus del coronavirus cuando rompe su estructura frente a los tensoactivos, que son la sustancia que tienen los detergentes y jabones. El procedimiento se realiza en Juan José Paso al 2400, en un pequeño laboratorio que tiene la vecinal de Empalme Graneros, donde todos los sábados un grupito de niños y adolescentes participa de un taller de ciencias. Y en este instante, frente a los ojos atentos de todos, se acaba de producir el mismo principio que hace que se pueda destruir el virus de la pandemia mediante el lavado de manos.

La docente que cada sábado por la mañana conduce el taller se llama Valeria Ristoff y en una charla con La Capital reconstruye aquel momento en el que junto a los miembros de la vecinal decidieron poner manos a la obra a la creación de este espacio que acerca el conocimiento científico a los chicos y las chicas del barrio.

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“La vecinal de Empalme siempre está buscando generar espacios nuevos y atractivos para los vecinos y la iniciativa del taller de ciencias la venimos pensando desde hace un tiempo. Sobre fines del 2020 los integrantes de la vecinal fuimos al Instituto Malbrán y hablamos con el doctor Fernández, que nos contó que viene de la villa 31 de Buenos Aires y de la importancia de llevar la ciencia a las bases. Ahí nos dimos cuenta que no podíamos dejarla pasar y que teníamos que ofrecerles a los chicos el taller de ciencias, era la llamita que nos faltaba”, cuenta Ristoff, que además de vecina es técnica química, docente desde hace mas de 20 años y trabaja como profesora en la técnica Nº 7 y en la Nº 5.

Ristoff se hizo un hueco en su extensa jornada de trabajo y los sábados por la mañana comenzó a conducir el taller de ciencias en la vecinal, para chicos mayores de 10 años. La primera clase fue en abril de este año y se conformaron dos grupos de seis chicos cada uno, que van turnándose en cada encuentro.

  

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Erupciones, imanes y colores

“Vengo al taller porque me encanta todo lo que se trate de biología, me gusta todo lo que tiene que ver con la ciencia y algún día pienso dedicarme a eso. Le agradezco a la profe Valeria que nos incentiva todos los días a venir y hacer nuevos experimentos porque el taller cada vez se pone mejor”, dice Morena Ortolani, una de las adolescentes que participa cada sábado del espacio, y confirma la afirmación de Valeria de que “los chicos se enganchan mucho en este tipo de actividades”. “Uno de los experimentos que más me gustó hacer fue cuando mezclamos bicarbonato con vinagre y se hizo una erupción”, recuerda Morena entusiasmada.

Para la profesora, la idea del taller es que la ciencia sea palpable para los chicos y las chicas, y que puedan transferir ese conocimiento al campo de lo cotidiano. A Ristoff no le gusta esa ciencia que se presenta como lejana e inaccesible, de guardapolvos que marcan distancia con el otro, “que el guardapolvo sirva de protección y no para separar”, dice.

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“Uno de los experimentos que más me gustó fue cuando mezclamos bicarbonato con vinagre”, dice Morena.

“Uno de los experimentos que más me gustó fue cuando mezclamos bicarbonato con vinagre”, dice Morena.

Acercar la ciencia a lo que sucede en el día a día es una de las metas que guía la labor de esta profesora, que reconoce que los niños, niñas y adolescentes son propensos a este tipo de aprendizajes porque les gusta hacer, jugar y no les tienen miedo a las preguntas. “Jugando —dice— trabajamos con las percepciones, observamos lo tangible, la ciencia no es algo abstracto sino que sucede en el cotidiano”.

En el taller de ciencias de Empalme Graneros se realizan distintas actividades y se abordan conocimiento propios de la física y la biología. En uno de los encuentros fabricaron una balanza y en otra oportunidad pensaron y diseñaron un termómetro de alcohol. La docente destaca que los chicos y las chicas ejecutan pequeñas experiencias, pero no por eso descubren cosas menos importantes. “El otro día hablamos del agua, entrelazando distintos conocimientos sobre el tema porque los chicos son de distintas edades y después terminamos haciendo la electrólisis del agua”, cuenta.

También hicieron experimentos con imanes y limadura de hierro que les permitieron observar cómo las cargas de igual signo se repelen y las de distinto signo se atraen. A esa propuesta se sumó una cromatología y Morena cuenta lo que recuerda de la experiencia: “Lo que tenemos que pensar es que los fibrones están hechos de alcohol y agua. Lo que hicimos fue colocar dos puntos de cada lado y al tener contacto con el agua se fueron diluyendo y formando los distintos colores con lo que fueron hechos estos fibrones”.

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En la huerta, los chicos y las chicas analizaron el PH de la tierra y aprendieron sobre los nutrientes.

En la huerta, los chicos y las chicas analizaron el PH de la tierra y aprendieron sobre los nutrientes.

La profesora considera que se puede hacer ciencia en cualquier lugar, por eso en algunas oportunidades decidieron ensuciarse las manos fuera del laboratorio y se acercaron a la estación misionera San José, donde hay un taller de huerta, para analizar el PH de la tierra. “Tomamos muestras de tierra, vimos las distintas herramientas que se usan en la huerta y analizamos por qué son de determinado material y no de otro. Con las muestras que tomaron hicieron análisis de la acidez y alcalinidad de la tierra. En el terreno había gallinas que son útiles para aportarles al suelo los nutrientes que necesita, así que les propuse tomar una muestra de esa tierra del gallinero y ellos no dudaron en meterse, porque a los chicos les gusta hacer y jugar”, afirma Ristoff.

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Los integrantes del taller también se “ensuciaron las manos” en una huerta.

Los integrantes del taller también se “ensuciaron las manos” en una huerta.

La docente destaca la flexibilidad de sus alumnos a la hora del aprendizaje y cuenta que en ese ida y vuelta que aporta el espacio del taller, aprenden todos. “En alguna ocasión me olvidé cierto material para trabajar y ellos rápidamente aportan ideas y solucionan el problema. A veces los adultos tenemos ciertas estructuras y rigideces que ellos no tienen”, afirma.

En la experiencia educativa del noroeste, la vecinal cumple un rol clave porque es la que aporta el espacio y los insumos para que el taller pueda llevarse a cabo. Por eso la docente resalta el esfuerzo que hace la organización barrial a la hora de generar espacios de aprendizaje y alternativas atractivas para los vecinos. “Lo más importante es la voluntad de llegarles a los chicos con lo que les gusta hacer”, dice la profesora, y señala que las familias hacen un gran sacrificio para darles a sus hijos la mejor educación y que es importante que no tengan que salir a buscarlas en otros lugares, porque el barrio puede brindar todo eso y mucho más.

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