Educación

La escuela, un lugar para el encuentro de los rostros

La escuela debe enseñar no solo los conocimientos de la vida, sino también a construir el verdadero sentido de la alteridad.

Sábado 27 de Junio de 2020

Desde que todo este real de la pandemia comenzó las infancias no han vuelto a la escuela. Ya son más de setenta días en que las niñas y niños no pueden encontrarse con otros para compartir el aprendizaje de la vida.

   Es preciso saber que la escuela no tiene como única función transmitir conocimientos. Desde nuestro modo de entender a la educación pensamos que allí ocurren cosas mucho más importantes, se trata de esas experiencias que completan la travesía de la infancia, y que sin ellas, la vida se vuelve más despojada de las cosas sensibles. En tal sentido, la escuela es un espacio para la construcción de la convivencia y es desde allí que deseo rescatar la importancia del concepto de rostro, porque la escuela debe enseñar a sus alumnos no sólo los conocimientos de la vida sino también a comprender y respetar el rostro del otro, es decir, a construir el verdadero sentido de la alteridad. Emmanuel Levinas decía que la estructura originaria del sujeto se crea por la responsabilidad en la confrontación que tenemos con el rostro del otro. La escuela (exista o no pandemia) no debe estar ajena en esa tarea ética.

La cara de la maestra

Un niño, en el marco de una sesión virtual, me contó que tenía maestras a las que aún no le conocía su cara, él lo expresó de este modo: “Me llegan las tareas de la escuela y mi mamá me las imprime, pero no sé quienes son las maestras que me mandan algunas cosas, no les vi la cara todavía, mi mamá se encarga de mandar lo que hago”; otra pequeña me cuenta: “Hacemos Zoom una vez por semana, yo me pongo a ver las caras de mis compañeros, me divierto viéndolos, mientras la seño nos dicta cosas”; y otra: “Me encantan escuchar los WhastApp de mi seño, es re dulce para explicar, así aprendo mejor”. Sin duda alguna, los niños le otorgan valor a las expresiones de los rostros.

   Winnicott dijo que el primer espejo a través del cual un niño construye su imagen es el rostro de su madre. Luego sí, este pequeño podrá comenzar a construir la imagen de su cuerpo, eso ocurrirá en ese momento que Jacques Lacan llamó como “el estadio del espejo”, un tiempo inaugural donde el niño reconoce por primera vez —de forma global— la existencia de su imagen por fuera de él (imagen vista). Ese momento viene acompañado de otro proceso más imperceptible denominado por Françoise Doltó como la construcción de “la imagen inconsciente del cuerpo” (imagen sentida), que va conformando el sentimiento de un cuerpo erógeno en movimiento. En suma, desde las teorías psicoanalíticas podemos comprender que en la infancia acontece algo que suele ser dejado de lado en materia de educación: la imagen del cuerpo como precursora de la formación del rostro del niño.

   ¿Por qué nos parecen tan importantes estos conceptos? Porque tal como lo planteó Freud, el yo es un yo corporal, es decir, que en la infancia se aprende no solo con el cerebro sino con todo el cuerpo. Si en tiempos de pandemia las escuelas no son habitadas por los cuerpos de los niños que van a aprender, es necesario que el rostro del docente ingrese con su imagen o su voz (como representación del cuerpo de la escuela) a la casa del alumno para sostener la verdadera esencia de la educación.

En la escuela quien enseña no es el cerebro de la maestra y el que aprende tampoco es el cerebro del niño, allí pasa algo más fuerte y potente que se produce en el encuentro entre ambos rostros"

 Pero ¿qué es el rostro?, ¿qué entendemos por este concepto?

   Siempre me ha desvelado, en mi tarea como psicoanalista, la potencia que tienen los rostros humanos para guardar y transmitir cosas. Así es, el rostro humano es el lugar donde todo se escribe y se muestra, es ese espejo en que se refleja la historia de un ser. Años de investigación me llevaron a publicar recientemente mi libro Los rostros de la vida sobre el diván. Hacia una pedagogía de la alteridad (Editorial Homo Sapiens), una obra que no sólo recorre los dos aspectos humanos más importantes “el amor y el dolor”, a través de casos, historias y letras de canciones, sino que es un libro que también hace su aporte a la pedagogía. En él pude descubrir y describir el valor que el rostro tiene en los procesos de enseñanza aprendizaje. En la escuela, quien enseña no es el cerebro de la maestra y el que aprende tampoco es el cerebro del niño, allí, pasa algo más fuerte y potente que se produce en el encuentro entre ambos rostros, sostenidos en la interacción con otros (compañeros, directivos y personal no docente de la institución).

   El aprendizaje no está en el cerebro, su lugar de origen es la zona intermedia que se construye en el escenario sensible del entre varios. Se aprende por el producto de un vínculo, por lo que allí fluye; si el lazo es bueno el aprendizaje es más fecundo, perdurando en el tiempo junto a otros nuevos. Es por ello, que en las escenas educativas no debe buscarse el apego sino la transferencia; el apego vuelve al aprendiente dependiente a un otro, sin embargo, la transferencia de emociones, promueve la libertad y el sentido crítico. Al cerebrizar a la educación se objetivizan sus aspectos más puros: el afecto, los vínculos y el deseo del que aprende.

Encuentros y aprendizajes

Es en ese encuentro de rostros, en ese espacio invisible intermedio, donde se produce el verdadero aprendizaje. Lo que yo más recuerdo de la escuela no es lo que aprendí de mis maestras sino las formas en que ellas me transmitieron sus saberes; recuerdo las expresiones de sus rostros, sus gestos amables, sus voces, sus aromas y los movimientos de la tiza en sus manos grabando símbolos en el pizarrón. Es por eso que creo que lo esencial del aprendizaje se da a través de los contactos entre las imágenes del cuerpo de los rostros y no en las cuestiones del cerebro.

   Los seres humanos estamos hechos por tres tipos de rostros: tenemos un rostro físico que nos diferencia de los demás y marca nuestros propios rasgos, y un rostro psíquico que se transparenta en nuestras expresiones y emociones, que tranzan las líneas y figuras de nuestro semblante. Tenemos además un rostro imaginario, que se moldea y define ante los vínculos con los otros desde aquello que piensan o presuponen de nosotros. La confluencia y coexistencia entre estos tres rostros conforma nuestro ser. Cuando las infancias van a la escuela estos rostros aparecen, y con ellos aprenden.

La escuela debe entrar en los hogares no sólo con la intención de enseñar sino también con la intención de hacer lazo entre los rostros de los alumnos"

   Todo rostro busca —inevitablemente— comunicarse con otro, ésa es su esencia. Por ello, es tan importante que una maestra no envíe solamente sus clases sino también que aparezca su imagen, y si no hay forma de enviar una imagen a través de alguna plataforma virtual que aparezca su voz, porque la voz, al salir del rostro, produce una imagen. Un alumno ciego, por ejemplo, puede representarse el rostro de su maestra escuchando su voz.

   Sin duda alguna la pandemia acrecienta la brecha de las desigualdades, no sólo económicas, también las subjetivas. Ante esta realidad actual, nos preocupan particularmente aquellas infancias que no han podido armar algo de esa imagen que les permite conectarse con el rostro del otro, esas niñas y niños que no conectan con la mirada, con la palabra y que no pueden hacer uso de su cuerpo para aprender. En estos casos, la ausencia de la presencia del docente integrador, par pedagógico, acompañante terapéutico, se convierte en un real más complejo porque, para un niño que no ha podido construir esa parte fundante de la subjetividad se le vuelve imprescindible el tener que contar con ese rostro más cercano —a modo de sostén y garantía— para poder relacionarse con el mundo del aprendizaje. La escuela debe entender que estas infancias necesitan seguir sosteniendo lazos (virtuales o no, lazos al fin) con sus compañeros y es función del docente ser garantía de ello. Cuando el niño no pueda sostener ese lazo virtual será necesario hacerlo con su familia.

   Por todo lo expuesto, creo que la escuela no debe olvidar que una de sus principales funciones es la de construir el sentido de la alteridad. La escuela debe entrar en los hogares no sólo con la intención de enseñar sino también con la intención de hacer lazo entre los rostros de los alumnos. Lo más curioso y visible en las clases online grupales es la alegría que se observa en las niñas y niños cuando se encuentran con el rostro de sus compañeros. La pantalla sólo muestra la parte superior del cuerpo, allí acontecen los gestos y expresiones que los mantienen comunicados más allá de las distancias.

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