Educación

"La educación ambiental debe ser cuestionadora, rebelde y revolucionaria"

El investigador Ricardo Mascheroni propone promover la enseñanza de una mirada crítica del modelo de desarrollo

Sábado 27 de Febrero de 2021

Ricardo Luis Mascheroni es docente universitario, investigador, escritor y militante ambientalista. Trabaja para visibilizar las problemáticas ambientales desde la década del 90, cuando esos temas no estaban en agenda y los pocos que promovían su tratamiento eran tildados de “asustadores”. Seguramente por ese empeño ininterrumpido y como reconocimiento a sus aportes académicos, el 28 de diciembre de 2020 el Concejo de la ciudad de Santa Fe lo declaró “santafesino ilustre”.

En diálogo con La Capital Mascheroni dispara: “La disputa en el mundo de hoy está como hace 500 años. La búsqueda de materias primas y recursos, aunque con procesos más sofisticados, es para lo que se preparan los imperios. Hoy el agua es el tema central”. La afirmación lo lleva sin escalas a la reflexión de que no es posible entender las crisis ambientales desde una mirada técnica limitante, sino que la comprensión de estas problemáticas solo es posible cuando se las aborda transversalmente, porque implican siempre una crisis política, económica, cultural y ética.

Las reflexiones de Mascheroni interpelan también sobre el presente de la educación ambiental santafesina, los instrumentos legales vigentes y la ausencia de una voluntad política que la continúa posicionando como una asignatura pendiente. Una educación que promueva una mirada crítica y cuestionadora de los modelos de desarrollo impuestos a nivel global que sirven sólo a los intereses dominantes.

—Escribió su primer libro “La represa del Paraná medio, la nueva forestal” en 1996. Abordó temas que en los 90 no estaban en la agenda. ¿Qué balance puede hacer sobre la conciencia que adquirieron los pueblos sobre estas problemáticas?

—Coincido que esa época éramos muy pocos y los temas ambientales tenían poco correlato en la sociedad y en los medios de comunicación. En el año 92 se da un disparador muy importante con la Eco 92 de Río, recién ahí se pone sobre el tapete la problemática ambiental como un tema relevante. Desde ese momento a la actualidad ha habido un mayor nivel de información y conocimiento en la sociedad, y una presencia como noticia en los medios de comunicación. El tema es que esa información es espasmódica y puntual frente a un hecho determinado (como lo fue la pastera de Botnia en su momento o los incendios en las islas), y luego va decayendo. Hago un balance positivo en la medida que empieza a verse que la sociedad incorpora las problemáticas ambientales a sus preocupaciones permanentes. Pero la verdad es que no han cambiado ni los modos ni las formas de conducta.

—¿En qué sentido?

—Si decimos que queremos cuidar el ambiente y seguimos comprando envases descartables, agravamos el problema. Hay que entender que lo que está en juego es el paradigma productivo y de consumo, que es el gran problema que tiene hoy el mundo. Si seguimos con al cultura del “úselo y tírelo” de la que hablaba Eduardo Galeano, esto no va a cambiar jamás. La educación ambiental es importante no solo para dar a conocer, sino también para cambiar esos paradigmas, por eso no puede limitarse a una incorporación de bagajes técnicos pedagógicos. También hay que decir que nunca se tuvo una decisión política de llevarla adelante. La provincia de Santa Fe tiene desde el año 91 la ley 10.759 que establece la obligatoriedad de la educación ambiental y dispone insertarla en los diseños curriculares de todos los niveles dentro de un marco interdisciplinario. La educación ambiental está incorporada en el discurso de los funcionarios, pero no está ni en las partidas presupuestarias ni en una voluntad política de llevarla adelante. Este es el gran problema.

—En sus escritos queda clara su concepción de que las problemáticas ambientales son indivisibles de las problemáticas sociales, económicas y políticas. ¿Cree que en los ámbitos educativos la entienden de ese modo o se impone una mirada más técnica?

—No creo que cueste tanto comprender, creo que hay intencionalidad y hay interés. La educación ambiental implica una mirada transversal y un cambio de paradigma de vida. Debe ser cuestionadora, rebelde, revolucionaria y mirar con otra óptica lo que está pasando. Este modelo es inviable, lo podemos patear para mas adelante, aguantar uno o dos siglos mas, pero es inviable. En el marco de una educación ambiental los chicos tienen que saber que la gran pandemia es la acumulación obscena de riqueza y su correlato de grandes desigualdades a nivel mundial. Al ser cuestionadora de estos modelos muchos no se animan a implementarla, porque implica generar una mirada crítica de lo que está sucediendo y un futuro nuevo. Además, la educación ambiental debe ser totalmente transversal a todas las disciplinas. Aquí nos enfrentamos con un problema, y es que hoy hay un marcado fraccionamiento de saberes. Tenemos una educación jerárquica, somos amos y dominadores de la naturaleza, la moldeamos y la hacemos a nuestro capricho y necesidad. La sociedad actual no distingue de cosas esenciales, nos cargamos de chucherías, vivimos hiperconectados, queremos autos, nos hemos vuelto rápidos y furiosos. Vivimos en una cultura absolutamente degradante que ha perdido en respeto por su entorno.

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—¿Cree que no hay un atrevimiento a esa educación ambiental que propone porque implica una mirada demasiado critica del modelo de desarrollo imperante?

—Exactamente, porque se trata de animarse a ser críticos y ver como podemos ir mejorando algunas cuestiones. La problemática ambiental no puede ni debe ser abordada desde una mirada técnica porque la crisis ambiental tiene que ver con una crisis civilizatoria, que es política, económica, cultural, épica y filosófica.

—Hay que atreverse porque es riesgosa a los intereses dominantes.

—Exactamente, implica todo un atrevimiento. Fijate lo que sucede en las zonas rurales. Supongamos que el docente sostenga que el modelo agrícola industrial mata a la gente y va a los pueblos de la zona núcleo a decirle a sus alumnos “ustedes se van a morir porque este sistema nos está matando y quienes lo implementan —los laboratorios internacionales, los fabricantes de semillas y fabricantes de agroquímicos— saben que los van a matar”. No es fácil para un docente introducir esas ideas sin riesgo de conflicto. La educación ambiental es una utopía, es una fuerza para el cambio, pero es fundamental que exista una voluntad política para sostenerla. No vamos a hacer una revolución, pero con ella sí podemos empezar a transformar algunas cosas. También es necesario que seamos serios, no se trata de trasladar toda la información de las ciencias biológicas a la educación común, sino de dar elementos. La educación ambiental es una forma de hacer cultura entendida como mecanismo de inserción armónica al medio, y esto también tiene que ver con la solidaridad, con la fraternidad, con las formas de recuperar el espacio público.

—En un artículo definió a la educación ambiental como una educación necesaria para la libertad. ¿Qué significa?

—Es una educación para la libertad porque nos saca de los marcos teóricos técnicos bajados jerárquicamente y nos permite, a partir de la crítica, pensar de manera distinta. Esto es lo que nos puede llegar a dar un respiro en un montón de cuestiones que tienen que ver con la continuidad de la humanidad y el planeta tal cual lo hemos conocido hasta ahora. Hubo una primera etapa donde muchos docentes tuvieron curiosidad, un espíritu crítico e intentaron ir incorporando estas ideas, y muchos ambientalistas fuimos invitados a las escuelas. Pero no hay que dejar de considerar que el sistema educativo ha sufrido una gran caída, el maestro no puede estar discutiendo salarios, las condiciones de la escuela en la que educa, hacer de contención social, de enfermero y de ecónomo. Actualmente son imposibles los niveles de violencia social que repercuten en las escuelas. Ante este escenario todo se fue debilitando. Las grandes crisis económicas y sociales han aportado en conseguir ese objetivo de vaciar el espíritu crítico en la sociedad.

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—¿Qué sugerencia o recurso propone a las y los docentes para trabajar en educación ambiental?

—Hace tiempo atrás salía por los pueblos invitado por las escuelas con un ciclo de charlas que se llamaba “aprender enseñando” y charlábamos con los alumnos del secundario. Les mostraba cuestiones prácticas como la utilización de descartables, o ejemplos que ponían en cuestión como funcionaba el sistema, como el marketing de las empresas y lo que se ahorran por no tener que pagar depósitos para envases retornables. Generar espacios de debate en la escuela para discutir sobre estas cuestiones prácticas es fundamental. También, el principal elemento es que el docente, sin volverse especialista, empiece a leer sobre estas temáticas. Hay libros muy accesibles que dan pistas importantes. Eduardo Galeano es un autor central, sus artículos son breves y se pueden leer con los alumnos porque ofrece una lectura amena y accesible para todos los niveles. Úselo y tírelo de Galeano es un buen recurso bibliográfico. También un artículo de Roberto Art titulado Para que sirve el progreso, que es del año 30 pero parece escrito pensando en el presente. La huerta es otro recurso educativo tremendo para la enseñanza y el aprendizaje. Dar clases en las plazas cuando el clima lo permita, posibilitar que los chicos puedan pisar la tierra. Las escuelas no pueden funcionar en situación de hacinamiento, eso hay que replantearlo. Hay que considerar que los tiempos se han ido acelerando. Cuando en los 80 hablábamos del cambio climático, de la desertificación y la pérdida de la calidad del agua, estábamos hablando a un siglo, parecía totalmente lejano en el tiempo y por eso no nos daban bolilla y nos decían “ustedes son asustadores”. Hoy convivimos con todas estas problemáticas y los que más las padecen son los que menos tienen. Hay que dar lugar para debatir todo. Hay que repensar el modelo de ciudad en la que vivimos, la infraestructura y el modelo de país. No puede ser que la Argentina siga concentrando su población de esa manera. En un radio de 600 kilómetros viven 30 millones de tipos y las políticas públicas se continúan haciendo para consolidar el área metropolitana de Buenos Aires (Amba), lo que implica más hacinamiento y mas violencia. Hay estudios de vieja data que indican que las ciudades cuando llegan a los 500 mil habitantes entran en umbral de riesgo. Independientemente de cómo se la gestione, este hecho genera violencia. Se reducen los espacio públicos, las áreas ribereñas de los ríos se transforman en barrios obscenos alejados del ciudadano común, con aire artificial, luz artificial, seguridad artificial. La brecha que se genera es cada vez mas grande. Creo que la educación ambiental sigue siendo una asignatura pendiente en la provincia. Me sigo preguntando qué pasó en Santa Fe que en 30 años no se pudo instrumentar la ley general del ambiente (Nº 25.675) de la década del 90. No es un problema de leyes, las leyes son instrumentos y hay material de sobra. Es una cuestión de voluntad política.

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