Educación

"La docencia, como toda profesión feminizada, tiene salarios depreciados"

La socióloga Karina Batthyány reflexiona sobre el bajo status de los trabajos ligados a los cuidados y su importancia social

Sábado 24 de Julio de 2021

Históricamente la tarea del cuidado se ha instalado como una función natural de la mujer en base a la división sexual del trabajo impuesto por el genero dominante. Pero resulta que las tareas domésticas y de cuidado de los hijos o de los mayores, es un trabajo que contribuye a la reproducción económica y social, por lo que tiene un valor preciso que comienza a calcularse en algunos países. Esto explica la afirmación de que “todas las mujeres son trabajadoras”, sostenido por la especialista Karina Batthyány en su libro Políticas de cuidado editado por Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-Cuajimalpa), de México.

Batthyány es doctora en sociología, profesora titular del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias de Sociales de la Universidad de la República de Uruguay e integrante del Sistema Nacional de Investigación de ese país. Además es autora de numerosas publicaciones en torno a temas de género y políticas públicas, como Los tiempos del bienestar social, Las políticas y el cuidado en América Latina. Una mirada a las experiencias regionales y Miradas latinoamericanas a los cuidados.

En una charla con La Capital, la especialista reflexiona sobre el sistema de género como construcción cultural y el reforzamiento de los roles asignados a las mujeres como mandatos sociales. Pone el ojo en aquellas profesiones feminizadas como la docencia concebidas como “extensiones del rol doméstico” y explica su correlato de desvalorización salarial y ausencia de estatus y prestigio social por estar ligada a las tareas de cuidados. En su análisis, Batthyány también destaca el impacto que tuvo la pandemia a la hora de visibilizar la problemática de las inequidades de género y plantea que asistimos a una crisis de los cuidados que supone el desafío de un cambio de mirada sobre la organización social y el rol que debe asumir el Estado como garante de derechos.

77494258.jpg

—El libro plantea que la organización social se sustenta en tres actividades esenciales: el trabajo productivo, el doméstico y la crianza de los hijos. ¿Es una organización social que descansa prácticamente sobre las espaldas de las mujeres?

—Efectivamente, cuando uno mira cuáles son las actividades a las que nos dedicamos las personas, varones y mujeres a lo largo de la vida, detectamos grandes categorías: las actividades productivas y las actividades reproductivas que incluyen dos grandes bloques que son la actividades domésticas y de cuidado, especialmente de los niños y niñas, mayores dependientes y enfermos, lo que también implica una actividad en el ciclo vital. Entonces si uno mira esa realidad, efectivamente esas actividades descansan principalmente sobre los hombros de las mujeres. Hay datos que lo confirman, en 19 países de América Latina hay encuestas del uso del tiempo que muestran esto con mucha claridad. Para que las sociedades funcionen como tal se necesitan de este tipo de actividades domésticas y de cuidado. Cuando uno las mira en el tiempo ve que la mitad de las actividades corresponden a tiempo de trabajo productivo y la otra mitad es todas estas cosas, que es trabajo no remunerado, o sea tareas domésticas y de cuidado. Cuando uno se pregunta sobre la división sexual del trabajo se encuentra con que los varones dedican las dos terceras partes de su tiempo a lo productivo y un tercio al trabajo no remunerado, mientras que para las mujeres es exactamente al revés: dos tercios a las tareas no remuneradas y un tercio a las actividades productivas. El tiempo es un buen indicador para mostrar estas desigualdades.

"Los varones dedican las dos terceras partes de su tiempo a lo productivo y un tercio al trabajo no remunerado. En las mujeres es al revés” "Los varones dedican las dos terceras partes de su tiempo a lo productivo y un tercio al trabajo no remunerado. En las mujeres es al revés”

—La obra presenta el concepto de segregación como común denominador en todas las culturas, lo que explica que hombres y mujeres no trabajan en los mismos sectores. ¿El caso de la docencia es un ejemplo?

—Si, el magisterio en un ejemplo no solo en la Argentina sino en todos los otros países. El mundo del trabajo productivo tiene tradicionalmente una segregación, lo que significa que varones y mujeres no estamos en las mismas actividades. En América Latina, las mujeres mayoritariamente se ubican en lo que llamamos “extensiones de su rol doméstico”, es decir estamos en el sector de los servicio, del comercio, de la educación, de la sanidad. Si miramos particularmente el sector de la educación vemos una profesión absolutamente feminizada, eso habla de una división sexual del trabajo que responde a cómo está organizado el sistema social en función del género. Esa es una forma de organización. Cuando las mujeres ingresamos al mundo de lo público en su mayoría nos ubicamos en profesiones que son consideradas como “típicamente” femeninas.

—El proyecto pedagógico argentino apuntó desde sus inicios a las mujeres por sus condiciones “naturales”: ellas eran educadoras y cuidadoras por excelencia en el hogar. ¿El magisterio argentino nació sustentado en un reforzamiento de los roles de género?

—Si, igual me gustaría introducir un comentario y es que no nos olvidemos que en el origen, las primeras figuras asociadas al magisterio en Uruguay y en la Argentina fueron figuras masculinas, y en ese momento la figura de “el maestro” tenía desde el punto de vista social y económico una valoración muy importante. Luego la profesión se feminiza, ingresan masivamente las mujeres por la razón que estás planteando, y eso va de la mano de la perdida del poder económico de esa ocupación, porque está esa concepción de que lo que hacemos las mujeres, en tanto extensión del rol doméstico, implica un salario complementarios o secundario en el hogar.

libro.jpg

—Desde los inicios las docentes argentinas percibieron sueldos bajísimos. Está clara aquí la idea de entender la docencia como extensión de los cuidados y a éstos como una predisposición natural y la resistencia a su valoración.

—Sobre los sueldos bajos el ejemplo del trabajo docente es el mas claro. Esto también se ha perpetuado en el tiempo y es algo que ocurre con la mayoría de las ocupaciones feminizadas que suelen depreciarse en su valor económico. Otro ejemplo es la medicina. Fijate las ramas femeninas de la medicina, como la pediatría, cuando uno las compara con otras especializaciones se ve claramente que pierde estatus económico. Y en los lugares de poder también está claro que las conducciones son mayoritariamente masculinas, como en el caso de los sindicatos.

—Hoy en la Argentina la docencia es un trabajo ejercido mayoritariamente por mujeres (mas del 75% según cifras oficiales). ¿Esto evidencia una persistencia del mandato y de cómo se reproducen los estereotipo de género?

—Absolutamente, hay una extensión de los roles asociados a lo doméstico en el mundo de lo público o productivo. Por eso las tareas “naturalmente” femeninas no son valorizadas porque son vistas como una extensión del rol “natural de las mujeres” y por lo tanto carecen de prestigio y estatus. El magisterio es un excelente ejemplo y allí se condensan además todos esos estereotipos de los que estamos hablando.

—Con el ingreso al mercado de trabajo las mujeres comienzan a tener una carga laboral afuera y dentro de la casa. El libro plantea el cumplimiento de una doble o triple jornada.

—Hubo una gran revolución con todos los cambios que ocurrieron en el mundo del mercado de trabajo, entre ellos la incorporación masiva de las mujeres desde la década del 50 de manera sostenida hasta la actualidad. Y por otro lado, una no revolución o no cambio en el mundo de lo privado, donde se siguió sosteniendo la organización anterior suponiendo que las mujeres seguían disponibles en los hogares cuando ya no era así, lo que terminó en una doble o triple jornada para ellas, si consideramos la participación comunitaria, social y política. Se produjo un desfasaje con todos estos cambios y no cambios que ampliaron las inequidades. Hoy algunas instituciones siguen operando sobre la lógica de esa presencia femenina a tiempo completo en los hogares. Por ejemplo, a veces los hospitales dan altas tempranas porque suponen que en los hogares va haber una mujer disponible a cuidar.

77503616.jpg

—¿La pandemia visibilizó el peso que recae sobre las mujeres a la hora de combinar trabajo remunerado y no remunerado?

—La pandemia lo primero que hizo fue cambiarnos la vida cotidiana a todas y todos. Ahí apareció especialmente para los que no lo querían ver el tema de los cuidados, porque buena parte de las estrategias de cuidado que dependían de elementos externos del hogar (guardería para niños o adultos mayores o la trabajadora doméstica) se detuvo. Por lo cual quedó totalmente visibilizado lo que implican las cargas de cuidados en los hogares y la necesidad de una nueva reorganización. La pandemia visibilizó la problemática de los cuidados y al que no quería verlo le estalló en la cara, pero eso no quiere decir que esta situación haya contribuido a una mejora o a una más equitativa distribución del trabajo entre los integrantes del hogar. Se sumaron retos adicionales, como el teletrabajo para quienes pueden y la educación a distancia. Además de las tareas tradicionales de cuidado hubo que sumarles las de apoyo escolar, una situación que tensiona permanentemente a las mujeres y que tiene su correlato en el hogar.

—¿Asumir los cuidados como derechos que deben ser garantizados por el Estado es la clave?

—Para mí la clave para salir de esta crisis es que como sociedad dejemos de ver el tema de los cuidados como se hizo tradicionalmente, como un tema individual y privado. Verlo de este modo implica que cada uno se la arregle como puede y esto se potencia con otras dimensiones de la desigualdad, en el sentido que las mujeres con recursos tendrán mas posibilidades que las mujeres que no cuentan con ellos. Si logramos entender que los cuidados son una función esencial para el bienestar individual y social, como quedó demostrado en la pandemia, si lo entendemos como un tema que requiere de soluciones y respuestas colectivas, ya no será más “arreglate como puedas”. Este es un problema de toda la sociedad y ahí es donde aparece la responsabilidad estatal y las políticas públicas necesarias. Desde el punto de vista estructural todavía los cuidados siguen descansando sobre los hogares, las familias y por lo tanto en las mujeres. Pero algo cambió y es que empezamos a entender que este es un tema de agenda pública y por lo tanto de política pública.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario