A mediados de febrero, el EAAF fue postulado para el Nobel de la Paz por Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y la Universidad Nacional de Quilmes. Un reconocimiento a la extensa labor en pos de la verdad histórica que realiza el equipo de antropólogos forenses, que cuenta con 70 miembros, distribuidos en sus oficinas de Buenos Aires, México, Nueva York y Sudáfrica.
“Su tarea —dice el comunicado de Clacso— tiene un alcance global: trabajó en más de 60 países con víctimas de desapariciones forzadas; violencia étnica, política, institucional, de género y religiosa; desapariciones actuales; narcotráfico; trata de personas, crimen organizado, procesos migratorios; guerras y conflictos armados; accidentes y catástrofes”. La organización científica no gubernamental fue fundada en 1984 en la Argentina, alentada por los organismos de derechos humanos para buscar, recuperar, identificar y restituir a las víctimas de desaparición forzada del Terrorismo de Estado. En su origen contó con el impulso del antropólogo estadounidense Clyde Snow.
Nóbile se enteró de la postulación al Nobel gracias a un llamado de Eric Domergue, hermano de Yves, un joven francés que fue víctima de la dictadura y cuyo cuerpo fue identificado en Melincué, donde había sido inhumado como NN en el cementerio local junto a Cristina Cialceta. “La postulación es motivo de orgullo porque es un reconocimiento de parte de un organismo muy importante”, dice el antropólogo.
Educar en la memoria
Pero además de su trabajo en el EAAF, que lo obliga a viajar durante varios momento del año por el país y el exterior, Nóbile es docente de problemática antropológica en la Facultad de Humanidades. Además dicta clases en el profesorado de historia del Instituto Superior Nº 22 de Fray Luis Beltrán. Una profesión que reivindica y desarrolla no solo cuando da clases en instituciones de educación superior, sino también cuando le toca participar de charlas de divulgación de su trabajo con chicos y jóvenes: “Me encanta la docencia, jamás la he dejado. También por una necesidad de estar permanentemente con jóvenes, generando nuevos conocimientos y también para ver cómo las mismas temáticas que tratábamos hace 30 años están tomando otras dimensiones y perspectivas que realmente son muy interesantes. Por eso la docencia me parece que es permanente crecimiento, es lo que me mantiene siempre activo”.
—En tu caso la docencia se conjuga con un trabajo de la memoria.
—Sí, con un trabajo de la memoria donde permanentemente estamos organizando jornadas y actos. Soy de San Lorenzo, una ciudad donde hasta antes de la causa San Lorenzo no tenía marchas por la memoria. Ahora hay una vigilia muy importante el 23 de marzo, además de jornadas sobre derechos humanos y memoria todos los años. La memoria es un campo en permanente dinámica y construcción, sobre todo con los jóvenes. Eso es muy importante.
Tender puentes
Nóbile acaba de atender a alumnos en una clase de consulta de su cátedra en antropología. Se sienta en un patio interno de Humanidades y charla con La Capital sobre sus años de estudio en la facultad, su rol como docente y la tarea de divulgación de la memoria histórica. También invita a tender puentes entre aquellos casos vinculados a la dictadura argentina y las causas actuales de desapariciones en las que le tocó trabajar, desde los normalistas desaparecidos en Ayotzinapa (México), hasta Paula Perassi, cuyo cuerpo aún no fue hallado.
—¿Cuando estudiabas tenías en mente la rama forense?
—No, porque en ninguna escuela de antropología de la Argentina tenés esa especialización. Generalmente las licenciaturas tienen las especializaciones básicas, como arqueología, bioantropología o antropología social. Acá en Rosario está la lingüística también. Pero la antropología forense es la aplicación de la antropología a causas vinculadas a la Justicia. Como antropólogos, nosotros estamos en toda la primera parte de la investigación, que son entrevistas y trabajos con fuentes no documentales. En arqueología es la misma metodología que aplicamos en la antropología forense: todas las técnicas de prospección, excavación, exhumación y tratamiento de los restos. Cosas del entrenamiento clásico del antropólogo.
—O sea que no lo tenías en el radar cuando estudiabas.
—No. Ya estaba el Equipo Argentino de Antropología Forense. Vinieron incluso a dar charlas algunas veces a la Facultad en la década del 80 cuando yo era estudiante. Pero básicamente el trabajo es aplicar las técnicas que vos aprendés en tu formación a un contexto de ordenamiento judicial. En la década del 80 se trabajaron las primeras causas con Clyde Snow. Pero con las leyes de obediencia debida y punto final se cortó mucho el trabajo en la Argentina y se trabajaba más que nada para afuera, como en la exYugoslavia, en la búsqueda del Che Guevara o con la Masacre de El Mozote en El Salvador. Era una organización relativamente pequeña hasta ahí, pero se hizo muy grande más que nada a partir de las derogaciones de las leyes de obediencia debida y punto final. Ahora somos 70 integrantes en todo el mundo. En México está el Proyecto Frontera que empezó en 2010, que es la búsqueda de inmigrantes centroamericanos que pretenden ir a Estados Unidos y quedan en México, porque mueren en accidentes, desnutridos, captados por grupos narcos o en fosas. También trabajamos como veedores en Ayotzinapa, donde no estamos a cargo de la búsqueda, sino como parte de un equipo de veedores independientes.
—Ese caso tuvo muchas idas y vueltas y muy contaminado.
—Siempre contaminado y con todo un halo de sospecha por la PGR (Procuraduría General de la República), porque es una investigación donde están involucrados desde la policía municipal y federal. Es muy difícil.
—Alguna vez Luis Fondebrider —director y uno de los fundadores del EAAF— destacó el trabajo cercano con los familiares, en un trabajo científico y social ¿Cómo es ese vínculo?
—El equipo surge cuando Madres de Plaza de Mayo empieza a preguntar si era posible, a partir de los restos esqueletales, identificar a una persona. En la Argentina no había una práctica de la antropología forense, pero sí en el mundo anglosajón, con la identificación de soldados norteamericanos, ingleses o alemanes. Por eso viene Clyde Snow a la Argentina, porque tenía un desarrollo en antropología forense. Pero en la Argentina del 84 todas las universidades todavía estaban bajo el sistema operativo de la dictadura y nadie se iba a meter en esa cuestión. Entonces Clyde Snow lo que propone es que se haga antropología forense desde una perspectiva en la cual se siga toda la metodología antropológica y la investigación preliminar, que es básicamente hablar con los familiares y acompañándolos. El acompañamiento es permanente para nosotros, porque no hay soluciones mágicas, sino que hay que establecer criterios científicos para poder darles una respuesta. Por eso toda la primera parte de nuestro trabajo siempre está vinculado a los familiares. Además, más allá de lo judicial el principio básico del equipo es humanitario, en el sentido de que el familiar de una persona desaparecida lo que busca son los restos para saber qué pasó y elaborar un duelo de acuerdo a sus tradiciones culturales. Durante mucho tiempo trabajamos independiente incluso de ser peritos en un proceso en el cual estuviera imputado alguien. Eran todos procesos de averiguación de verdad histórica. Por eso era un trabajo humanitario. Con la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final tenemos como esos dos enfoques: por un lado lo humanitario de devolver la identidad y dar una respuesta al familiar. Y por el otro ser declarantes y peritos de la Justicia en lo que tiene que ver con delitos de lesa humanidad.
—Solés dar charlas de divulgación incluso para chicos ¿Qué importancia le das a ese trabajo de transmisión de la memoria?
—Para mí es central. Primero porque soy docente, entonces tengo que ejercer todo lo que tiene que ver con mi profesión vinculado a la construcción y transmisión del conocimiento. Por otro lado la divulgación es una parte fundamental de la estructura del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). El equipo tiene una escuela latinoamericana en ciencias forenses que funciona en la Argentina. Y otra de las cuestiones también fundamentales de la historia reciente es que la memoria está vinculada a una construcción desde distintos tipos de perspectivas, y eso lo hacés con jóvenes que no vivieron por suerte este período. Por eso es fundamental que tengan conciencia de lo que fue la dictadura, las desapariciones y la quita de derechos básicos.
Es fundamental que los jóvenes tengan conciencia de lo que fue la dictadura, las desapariciones y la quita de derechos básicos
—¿Qué devoluciones tenés de esos encuentros?
—Generalmente cuando organizamos charlas hay una gran cantidad de preguntas y siempre la reflexión es que esto que pasó es importante que no vuelva a suceder nunca más. Ese es un criterio elemental. Porque si bien ya no tenemos un plan sistemático de desaparición de personas, tenemos muchos casos de violaciones a los derechos humanos recientes, con desapariciones en períodos actuales. Eso creo que es la principal reflexión que generan ellos. De decir que todavía hay fuerzas vinculadas al Estado que te pueden hacer desaparecer. No de la manera que se hacía sistemáticamente en la dictadura, pero se sigue usando el tema de la desaparición como una estrategia.
—Cuando te tocó declarar en el juicio del caso Perassi dijiste que “una persona no puede desaparecer sola a nadie, se necesita una estructura”.
—Sí, porque se parte siempre de esa hipótesis. Así como partimos de la hipótesis de que la dictadura desarrolló un plan sistemático y hubo toda una estructura vinculada a la desaparición, que no solo pasa por las estructuras materiales y concretas de los centros clandestinos de detención y las prácticas de desaparición. Hay también en estas estructuras un discurso que pone un halo de sospecha sobre las víctimas, al decir que “por algo desaparecen”. Cuando hablo de la estructura desaparecedora también hablo de que siempre se pone en tela de juicio la moral, la ética, la conducta de la víctima, que intenta justificar que esa persona termine desaparecida. En el caso de Paula Perassi, primero que para lograr una desaparición no lo puede hacer una sola persona, necesitás determinadas estructuras, generalmente vinculadas al poder del Estado. Por otro lado, también necesitás de esa construcción de un discurso que decía que Paula Perassi “era una loca”, o “andaba con un tipo casado”. Discursos que tratan de justificar el desenlace de estas historias y es parte de las estructuras desaparecedoras.
—El “algo habrán hecho” de otras épocas.
—Exacto. Lo mismo con el caso de Luciano Arruga, que dijeron que era “un pibe que robaba para la policía y por eso desapareció”. Un chico Daniel Solano en Choele Choel, un chico de Tartagal que era trabajador golondrina y sobre quien se puso ese halo de que “se iba de joda todas las noches y era peleador”. Esos discursos son parte de la producción de sentido que llevan a las primeras acciones tendientes a no buscar a la persona desaparecida y poner en duda su moral.
—¿Cuáles son las causas en las que te tocó trabajar que más te marcaron?
—Seguro, la primera causa, la del inicio en mi trabajo como antropólogo forense, que fue la causa de la averiguación de la verdad histórica en el cementerio municipal de la ciudad de San Lorenzo, donde identificamos a tres personas víctimas del Terrorismo de Estado: Alberto Losada, Pablo Sandoval y Horacio O’Kelly. Conocer precisamente a los familiares de estas personas fue una de las cosas que más me impactaron. Y después todas las otras causas tienen distintos lados de significancia. Me ha tocado trabajar en centros clandestinos de detención como el de Arsenal Miguel de Azcuénaga de Tucumán, que tenía cinco fosas en su interior. Trabajé en el Pozo de Arana (La Plata), en la ex Esma, en Campo de Mayo. Todos lugares emblemáticos de centros clandestinos de la última dictadura militar. Y después también las causas en el exterior, como la de Los Mozotes en El Salvador, en México, en Chad (Africa). Experiencias que realmente marcan muchísimo el desarrollo de esta profesión.
—¿Cómo analizás que en los últimos años se haya puesto en discusión la cifra de los 30 mil desaparecidos?
—Yo pensé que era una discusión que ya estaba saldada y solucionada. Sobre todo a partir de la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final. El hecho que haya retornado ese debate en el último período es un poco preocupante, porque volvió a aparecer algo que también pensé que ya no estaba bajo ningún tipo de discusión, como es la teoría de los dos demonios. La cifra es un número con el que acuerdan todos los organismos, vamos a seguir usando el término de 30 mil desaparecidos y no lo vamos a debatir.
—En tu rol docente ¿qué lugar debe tener al reclamo de memoria, verdad y justicia en las instituciones educativas?
—Memoria, verdad y justicia tienen que ser parte de la currícula permanente de todas las escuelas en sus distintos niveles. Es fundamental que los docentes estén entrenados para analizar distintos tipos de temáticas, donde memoria, verdad y justicia sea un campo de construcción permanente de sentido y ejercido por toda la comunidad.