Educación

"Detrás del recorte en ciencia está la intención de pasar la topadora"

El investigador y docente universitario Diego Hurtado sostiene que hay en el país un sistema expulsivo de científicos.

Sábado 13 de Abril de 2019

El miércoles pasado, Día del Investigador Científico, fue una jornada de protesta, con marchas y diversas actividades para visibilizar el brutal ajuste en ciencia y tecnología. El último eslabón de esta historia, quizás uno de los más claros, se conoció días atrás, cuando el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) aprobó el ingreso de sólo el 17 por ciento de los postulantes para la carrera de investigador científico, lo que significa que más de dos mil doctores formados en las universidades quedaron afuera del sistema científico nacional. En Rosario, se presentaron 74 y sólo doce lograron ingresar como becarios.

Para Diego Hurtado, doctor en física y docente de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), lo que sucede "es como un desembarco en Normandía, donde el gobierno deja en la playa del desempleo a los investigadores". Autor de La ciencia argentina: un proyecto inconcluso 1930 - 2000 (Edhasa) y director del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Técnica de la Unsam, Hurtado advierte que el ajuste en el sistema científico significa que "se destruye el futuro de una Nación".

—Esta semana fue el Día del Investigador ¿Cómo encontró a la comunidad científica?

—Con movilizaciones en todo el país y resistiendo políticas que para juicio de muchos, creo que para la mayoría dentro del sector de ciencia y tecnología, esto es un límite a partir del cual la ciencia empieza a desaparecer y a buscar cómo funcionar. La Argentina comienza ya no a volver a la década del 90, sino a entrar en un proceso de disolución institucional. Porque muchas veces nos concentramos en los números, que son terroríficos. Podría decir que comparado con 2015 el recorte presupuestario a la fecha es del 40 por ciento. Pensar que se haya recortado en un país el 40 por ciento en ciencia y tecnología, cualquiera que sabe un poquito del tema entiende que estás destruyendo no un sector, sino el futuro de una Nación. Pero aún así, es más grave que el 40 por ciento, porque hay algo que no se ve y es el deterioro institucional.

—¿Qué significa eso?

—Esta gente cuando llegó al gobierno, lo primero que hizo fue empezar a dispersar y disgregar todo lo que se había logrado en términos de conformación de grupos y organizaciones, como la Agencia Nacional de Laboratorios Públicos, o la empresa Arsat, que había logrado hacer converger recursos humanos muy capacitados. Es decir que detrás de los recortes presupuestarios está la intención de pasar la topadora, para disgregar y expulsar. Se supone que nosotros somos los ñoquis de (Alfonso) Prat Gay, cuando decía que el Estado estaba lleno de ñoquis. Y la ciencia y la tecnología, igual que los docentes, somos el Estado. Entonces es interesante ver que para esta gente los ñoquis sean los recursos humanos más calificados que tiene una sociedad. La ciencia y la tecnología hoy representan en las sociedades avanzadas el lugar donde se piensan a sí mismas, su futuro, qué problemas tienen y estrategias para resolverlas. Al ir contra la ciencia estás yendo contra las capacidades de una sociedad de resolver sus propios problemas.

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—En ese "deterioro institucional", ¿cómo se entiende el papel de Lino Barañao, a cargo del área desde la anterior gestión?

—Barañao ya no representa nada ni a nadie y juega un rol de obsecuencia frente a su gobierno. Sabemos que mientras recorta, la Secretaría de Ciencia y Tecnología le está transfiriendo millones de pesos al Ministerio de la Producción para que pague una consultoría. Es decir, dicen "necesitamos sacar plata de algún lado, pedísela a Barañao". Entonces él recorta y a los mejores recursos humanos que tiene la Argentina los deja en la calle. Lo pongo como un ejemplo de lo que representa hoy Barañao al interior de su fuerza política. Y al exterior su diálogo con el sector de ciencia y tecnología desapareció. Barañao no dialoga y querría que desaparezca el sector de ciencia y tecnología para que él pueda seguir viajando. Hizo el recorte y se tomó un avión a Alemania y a Tailandia, cerca de 6 mil euros en viáticos, viaja en primera. Que alguien nos explique para qué, porque las actividades de ciencia y tecnología en la Argentina están dejando de existir gracias a él, mientras viaja. Ese es Barañao: recorta, transfiere plata de una Secretaría que está en absoluta crisis de financiamiento y se toma aviones a Tailandia y Alemania. Es un pequeño payasito insignificante, que ya no representa a nadie ni es interlocutor del sector que dice que representa. Pero tiene un blindaje poderosísimo. En La Nación y Clarín le hicieron reportajes donde le pusieron un micrófono y dijo lo que se le dio la gana.

—En una de esas notas, le preguntaron por la inversión en ciencia y tecnología y, vagamente, estimó que estaba cerca del 0,6 por ciento del PBI

—Si, dijo que "debe ser algo como el 0,6 por ciento". Pero si uno va a los índices que dejó de publicar Barañao desde 2016 uno se da cuenta que esa cifra que da es de 2015. Sabiendo todos los recortes que hubo y la caída presupuestaria hoy tiene que estar bastante por debajo de eso. Pero días después le hacen otra entrevista y dice que "debe estar en 0,5 por ciento". Habría que decirle que se le cayó un 0,1 por ciento en dos semanas y él es el referente del sector. No es que sea crucial, tampoco quiero rasgarme las vestiduras por una cifra. El punto es que eso viene acompañado de otras irresponsabilidades. Entonces, si este personaje no pone seriedad en expresar cuál es el principal número que puede dar un sector en inversión global y juega con eso, como lo hace Hitler y Mussolini con un globo en la película de Chaplin. En las últimas fotos Barañao se parece mucho a Nerón, sentadito sonriente mientras todo se incendia. Roma se incendia, pero "Yo, Lino" sigue tocando el harpa.

"Las ciencias sociales probablemente sean las principales víctimas de esta hecatombe de desfinanciamiento y devastación"

—En términos prácticos, ¿qué significa que 2 mil científicos se hayan quedado afuera? ¿Qué impacto va a tener?

—Esa es probablemente la gran pregunta. La ciencia y la tecnología suelen aparecer en los medios cuando hay una gran noticia. A mí siempre se me viene la imagen de Arsat 1, porque cuando lo pusimos en órbita quedó como uno de los días más felices de mi vida. Pero además de Arsat pensá cuando se puso en marcha Atucha II, cuando alguna científica publica algún artículo en una revista importante o se hace un hallazgo importante. Argentina tiene investigaciones en biomedicina de primera línea y cada tanto metemos un gol en alguna revista internacional haciendo un descubrimiento. Ahora, esa es una parte importante pero pequeña de la actividad cotidiana de alrededor de 40 mil 50 mil investigadores, ingenieras e ingenieros que trabajan produciendo conocimiento y que no apuntan a llegar a las grandes revistas, pero que aportan concretamente a la vida cotidiana. El ejemplo más visible son las ciencias sociales. La capilaridad que tiene el conocimiento que producen las ciencias sociales en la formulación de políticas públicas en entender una economía regional, en cuáles son los problemas de la educación en la Argentina, el problema de los pueblos originarios y su integración a una economía capitalista que hoy está haciendo estragos, el problema de género, cómo integramos en términos de equidad y ganar derechos. Y tomo las ciencias sociales, que probablemente sean las principales víctimas de esta hecatombe de desfinanciamiento y devastación de las instituciones de ciencia y tecnología.

—¿Por ejemplo?

Hoy hablaba con una investigadora joven, antropóloga y becaria de Conicet, que trabaja con meteorólogos en gestión de catástrofes. Me decía que están trabajando en el impacto del cambio climático y viendo qué capacidades hay en la Argentina sobre prevención de catástrofes. Ahí hay un ejemplo bien concreto. Ahí esta la red, un tejido que somos un país en desarrollo, no somos Europa, pero todavía mantenemos un nivel que capacidades científicas tecnológicas que nos asegura que vos abras una canilla y no tomes agua con arsénico. Cosas que parecen insignificantes pero que en otros países no lo son. Por ejemplo, también tenemos un serio problema con el glifosato y entonces desde la ciencia hay que avanzar sobre intereses económicos potentes. Ahí se ve el rasgo de subdesarrollo de la Argentina: grupos de CEOs que copta el Estado para promover sus propios intereses empresariales concentrados. Entonces vemos a una sociedad desamparada frente a estos intereses que fumigan escuelas. Y lo que se pide a gritos la intervención del sector científico y tecnológico. Y el gobierno responde destruyendo este sector, que en algún sentido puede dar evidencias y soluciones. Por eso digo que el macrismo transformó al ingreso al Conicet en un desembarco a Normandía, donde deja a miles de investigadores en la playa de la desocupación. ¿Qué entiende el macrismo por ciencias sociales? Alcanza con ir a mirar las universidades privadas que ellos favorecen y se supone que entrenan a CEOs para despedir gente. Claramente hay otro patrón de lo que ellos entienden que debe ser el conocimiento. Necesitan conocimiento que le permita manipular la opinión pública y ocultar los desastres que está haciendo. Por eso decimos que este proyecto macrista, neoliberal y lumpen no necesita ciencia, sino una pequeñísima porción de conocimiento que se produce en ciencias naturales y sociales para reproducir un tipo de sociedad que se parece a la de 1984 de Orwell, donde la democracia queda degradada. Porque también te cooptan la esfera pública y sin ella no hay democracia.

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