Graciela Bialet es escritora y docente cordobesa, comunicadora social y mediadora cultural especializada en lectura. Trabaja con chicos y adolescentes a los que les narra cuentos, responde preguntas sobre sus obras, que en general son compartidas en distintas clases, y a veces también es entrevistada por jóvenes a través de videollamadas. “La lectura me redime de todo, incluso de mis propias pesadillas”, confiesa en medio de la emoción que le produce el vínculo con los más pequeños. En abril de 2023 publicó su último libro Lectores rebeldes (Editorial La Crujía), en el que enarbola los argumentos por los que vale la pena leer. Afirma que nadie nace siendo lector, sino que es un comportamiento cultural que hay que cultivar, leer como una práctica que se ejecuta, no que se enuncia, leer como una gimnasia de la inteligencia. El libro está estructurado en cuatro partes, y es en la tercera donde reclama que la lectura tenga su espacio curricular en las escuelas. Que sea “la hora de lectura”, de ir a la biblioteca y leer. Por ahora, esa actividad queda delegada a “algún maestro voluntarioso” que es lector y abre el juego a los libros, las historias, a conocer a través de la lectura. Ese “tiempo valioso”, Bialet lo resalta tanto en los docentes como en las madres, padres, abuelas, abuelos, quienes dedican horas sagradas de su vida para leerle —una y otra vez— a los más chicos con amor, con entonación, en voz alta, y enseñarles las aventuras que pueden surgir cuando un libro se abre.
—Porque al leer nos enteramos de muchísimas cosas que no podríamos conocer si no leyéramos. Uno podría pensar que también están los medios digitales, la televisión, el cine y los documentales. Pero cuando leés texto lingüístico en realidad se activan mecanismos intelectuales diferentes, entran en acción procesos de simbolizaciones varias. El primero es detectar que esos dibujitos que son letras representan algo, que juntos representan otra cosa, y que todas las ideas que están en el texto lingüístico requieren de la abstracción de los mecanismos de la inteligencia para comprender. La lectura no es descifrar, es comprender. Y para hacerlo necesitás realizar todos estos otros mecanismos que solamente la lectura activa. Por eso no hay conocimiento sin lectura. Yo puedo ver cien veces un video de cómo explota un volcán, pero sólo voy a poder grabar las funciones elementales de cómo sucede el proceso cuando lea, y esas palabras se conviertan en significados permanentes dentro de mi circuito de conocimiento. Esto sucede para la lectura de la realidad cotidiana y más aún con la literatura de ficción. Porque al leer ficción además se activan todos los mecanismos emocionales de interpretación. Cuando se lee ficción uno se emociona, transpira, sufre, redescubre, reinterpreta, padece, disfruta.
—¿Quiénes son los lectores rebeldes?
—Son los que no se conforman con la agenda de las aplicaciones. Son los que desafían cuestionando, criticando e interpelando, intercambiando miradas con otros textos, con otras versiones. Esto que dice la canción de Litto Nebbia, que si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia. Los lectores rebeldes son capaces de cotejar las distintas historias.
—¿Hay que leerles Hansel y Gretel a los chicos?
—Chesterton decía que los cuentos de dragones son buenos porque no solo hablan de que los dragones pueden ser muy dañinos, sino de que pueden ser vencidos. Ojalá se le leyera a los chicos las versiones originales, que eran muchísimo más agudas y potentes. No estaban edulcoradas como las versiones que pasaron por todas las adaptaciones que mantienen a los niños adentro de una burbuja. Son adaptaciones ñoñas, que le han sacado todo lo que pueda parecer truculento. Los chicos sí pueden jugar a jueguitos en donde están liquidando a uno y a otro y guerreando con las pantallas, sin embargo si un maestro lee versiones tradicionales algunos padres dicen “¡ay, qué espanto, cómo hacen sufrir a los niños!”. Es como una doble moral con respecto a lo que los chicos deberían leer.
—Si la lectura se incentiva en la infancia, ¿pierde terreno en la adolescencia cuando quedan más atrapados por las pantallas?
—Podría hacer una analogía con aprender a andar en bicicleta. Uno va a andar en bicicleta primero si dispone de una, segundo si ve a otros andar y tercero si alguien le enseña o lo acompaña en un proceso en el que uno aprende a hacer equilibrio sobre las dos ruedas y andar. Y después logra conquistar los lugares adonde puede ir con la bicicleta. Bueno, lo mismo pasa con la lectura. Si eso sucede no se pierde nunca, porque uno siempre intenta disfrutar de lo que le gusta, porque nuestra propia condición humana tiende a la felicidad y a lo que nos da placer. Si es en la primera infancia muchísimo mejor, pero en el momento que eso se logra es para siempre. Se sabe que recurrir a la lectura produce cierto contenido de felicidad que aprendió en algún momento. Por lo general es siempre de la mano de un otro, un acompañante que ha sido lector y que ha ofrecido con ternura, con amorosidad, con empatía, y la lectura queda. Cuando uno le pregunta a un lector siempre habla de un alguien, un bibliotecario, un maestro, un abuelo que le acercó algún texto y cuál ha sido ese texto que lo llevó a la lectura por siempre. Lo preocupante es cuando los chicos no leen porque no han tenido nunca la opción de aprender a ser lectores.
—¿Da trabajo leer?
—Sí, claro, leer lleva un tiempo particular, como escuchar música, bailar, pintar, como cualquiera de las otras actividades culturales a las que podemos acceder. ¿Da trabajo? Puede tomarse en dos sentidos. Un lector, una lectora, tiene más posibilidades de encontrar distintas realidades y entonces tener nuevas visiones para tener trabajo. Esa sería una mirada para decir “da trabajo”. Y la otra es que cuesta esfuerzo hacerlo. Creo que ese esfuerzo puede ser naturalizado, ya que todo da trabajo en la vida: cocinar, ir a la parada del bus, todo es un esfuerzo humano. Y leer es una tarea intelectual que requiere de cierta movilidad.
—¿Por qué leer es una tarea escolar?
—También podemos dar dos acepciones. Una la tarea como castigo, de “vaya y lea en su casa 50 páginas, 20 o 2 de tal libro”. O puede ser entendida la tarea como actividad, como una acción. Lo que es cierto es que la lectura es un hecho que se concreta en el hacer. Leer es un verbo en acción que se debe poner en práctica. No hablar sobre lo que hay que leer, sino hacerlo. Y el lugar donde las sociedades modernas han establecido que se forman lectores es en la escuela. O sea que formar lectores es una tarea de la escuela y los docentes son profesionales de la lectura. Cuando uno se pregunta para qué sirve una escuela, la respuesta es “para enseñar a leer y escribir”. Fijate que se dice primero leer y después escribir. No se dice “la escuela se hizo para aprender los números”. Lo primero que uno sabe es que la escuela es para aprender a leer y escribir. No se nace sabiendo leer el texto lingüístico, se sabe interpretar la realidad y que esos textos son organizaciones narrativas orales, pero luego pasan a manera escrita y lingüística. Y ese aprendizaje se realiza en la escuela. Ese aprendizaje no termina con el aprender el abecedario y escribir, sino que forma parte de un aprendizaje mayor que es el de formarse como lector. Yo puedo aprender las notas musicales y no ser músico. Puedo aprender a leer y no ser lector.
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Bialet trabaja con chicos y adolescentes a los que les narra cuentos y responde preguntas sobre sus obras.
—¿Por qué la literatura ya no aparece entre los espacios curriculares? ¿Hay espacio para leer en las escuelas, hay esperanza?
—Hay un capítulo de Lectores rebeldes que habla precisamente sobre los espacios curriculares. Empecemos por las cosas buenas. En la Argentina desde hace 30 años hay planes de lectura que se ocupan también de entregar las dotaciones de libros, tanto de estudio como literarios en las escuelas. Pero ¿qué sucede con los programas? Acá viene la parte no tan positiva que tenemos que revisar, y es que la lectura como tal no tiene un espacio curricular propio, salvo en primer y segundo grado. Eso ocurre porque subyace la idea de que en primer y segundo grado se aprende a escribir, y cómo se aprende el alfabeto se aprende a leer, y no es así. Se aprende a descifrar, pero eso no es ser un lector. Después desaparece el espacio curricular de lectura y aparece transversalizada en todas las áreas del programa escolar, ya sea matemática, física, química, geografía. Como es transversal pareciera que se va a leer pero nunca se dice cómo, qué, cuándo ni cuánto. Y en realidad lo que no está en los programas escolares no sucede, y la lectura sólo sucede si hay un maestro que voluntariamente sabe que sin lectura no hay conocimiento. Pero no hay un espacio curricular como “la hora de”. Y la escuela está autoorganizada con horarios, los chicos dicen “hoy tengo matemática, lengua o geografía”, pero nunca tienen lectura, porque sencillamente no está. Esto es un grave problema, porque no sólo no sucede, sino que no tiene contenidos ni presupuesto propio. Esto es lo que ha desaparecido y no es casualidad. En plena dictadura empieza a desaparecer gradualmente no solo el espacio de la lectura, sino también el nombre de nuestro idioma. Nosotros estudiábamos castellano, que algunos llaman español. Ahora, si vamos a estudiar una lengua extranjera sí estudiamos inglés, francés, italiano. Porque el idioma tiene que ver con la idiosincrasia, con la cultura que tiene, porque las palabras nombran esa realidad de esa cultura. Entonces no ponerle nombre a un idioma también es un acto de alta gravedad. No tenemos ni nombre del idioma, ni hora, ni área curricular o disciplinar para la lectura. En algunas jurisdicciones se ha ido reviendo esto, pero hay que lograrlo a nivel nacional.
—En las redes sociales se fomentan clubes de lectura, donde se abona una suscripción y se envían dos libros por mes. ¿Qué te parece?
—Todo proyecto que tienda a acercar libros a los chicos, a los adultos y que los niños se reúnan me parece genial. Son muy buenas ideas, ya que uno abraza el deseo de ser lector cuando esa experiencia ha sido apetecible. Cuando un adulto le lee a un chico, además de estar relatándole una historia, le está dando lo más importante que un humano tiene, que es el tiempo que le dedica con amor. Lo más valioso que tenemos en la vida es nuestro tiempo de vida y entregarlo a compartir un imaginario, una ficción, un juego creativo con la imaginación es un acto de empatía y de amorosidad muy potente. Esa es una huella que queda grabada en un lector para siempre.
—¿Por qué vale la pena leer?
—Vale la pena para no conformarnos con una sola pasada por la vida. Cuando uno lee una historia se abraza a una idea de un personaje, a lo que le está pasando. Todo ese tiempo que invierte en esa historia ha vivido la vida de otro, también ha depositado sus propios anhelos de multiplicidad, de diversidad, de versatilidad. Creo que leer vale la pena para entender otras realidades y para sentir que uno es capaz de ser lo que se propone a través de la imaginación.
Hablar de abuso sexual en la literatura infantil
En uno de los capítulos de Lectores rebeldes, Bialet encara un tema tabú como es el del tratamiento del abuso sexual en la literatura. “Es una investigación que realicé durante varios años siguiendo libros que se publicaban en Latinoamérica y que abordaban este tema que es tan caro, porque si tomamos las cifras de Unicef, 5 de cada 10 niñas son abusadas y 7 de cada niños son abusados. Son cifras terribles que uno no puede mirar para otro lado cuando habla de literatura para las infancias. Lo que creo es que la literatura infantil y juvenil puede tocar todos estos temas de manera absolutamente normal, porque la literatura para niños y jóvenes es literatura en general, y es la que también leen los niños y los adolescentes, y pueden hablar y pensar sobre estos temas, porque precisamente de eso va el arte, de hablar de la condición humana”, reflexiona.
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Tipos de literatura
—Al cumplirse 10 años de la muerte de Elsa Bornemann, sus libros anduvieron dando vuelta por los portales, volvieron a verse tapas como las de "Socorro" en las vidrieras de las librerías, ¿por qué en los libros de chicos no hay historias de terror y peligro?
—Hablar de Elsa siempre es un bálsamo para la literatura infantil argentina. Ella ha sido gran precursora de tocar temas —con humor en muchos casos— de miedo, de fantasmas y esperpentos. Bueno, su libro Socorro es una maravilla. Ella incluso tiene un cuento que todos admiramos fervorosamente, llamado Mil grullas, que es sobre la bomba de Hiroshima. O sea, temas tabúes si los hay: la muerte de las infancias que hubo en esas guerras tremendas. Hay tres tipos de literatura que siguen vigentes en todas las estanterías de las librerías, ni hablar lo de los supermercados, donde reina la literatura didactista. Hay toda una literatura para enseñarle a los chicos moral, valores, moraleja, los tratan como ñoños, como que hay temas de los que no se va a hablar. Luego hay una literatura de la tradición oral, sobre todo de los clásicos, que hemos heredado de la penetración cultural europea, todos los de hadas, caperucitas, cenicientas, recontra reproducidas y muchas veces distorsionadas por las series o por Disney. También está la tradición oral de los pueblos originarios latinoamericanos, que viene siendo como un pariente pobre dentro de la literatura, tratada como el género de la leyenda o de la oralidad, lo cual está muy mal, porque hay grandes cultores de este género, y necesitaríamos conocer muchísimo más de los mitos de la tradición de nuestra América. Y por último, una literatura revulsiva, mucho más actualizada, que es la que trata todos estos temas abiertamente: puede tratar el tema del amor, de los abusos, de la guerra, de las inmigraciones o del sexo, desde distintas órbitas y lugares, desde el humor o desde el género negro.