El 28 de octubre podría decirse que volví a nacer gracias a una persona anónima que tuvo la grandeza de donarme su corazón cuando su vida se apagó. Ella moría y mi nueva vida comenzaba. Sólo sé que en algún momento de su existencia tomó la decisión de ser donante de órganos. Quizás no lo pensó mucho, simplemente le pareció que era bueno hacerlo. ¡Gracias por siempre! Pero todo lo narrado comienza cuando el 29 de septiembre de 2010 llegué al Instituto Cardiológico Rosario, Oroño 450, en pésimas condiciones de salud. Allí me recibió un grupo de médicos maravillosos, quienes comunicaron a mi familia que mi situación era muy grave y corría peligro mi vida. Con el pasar de los días se nos dijo que la única solución era practicarme un trasplante cardíaco. El 28 de octubre llegó el día. Quiero resaltar el alto grado de compromiso del ICR en este tipo de intervenciones complejas, desde el personal responsable de limpieza, enfermeros, técnicos, kinesiólogos, administrativos, médicos de coronaria, de recuperación y en especial a quienes tuvieron el gran desafío de cambiar mi corazón: los doctores Guillermo Cursack, Luis Diodato, José Luis Ameriso, Juan Ignacio Camou y Hugo Geromini. A todo el equipo, gracias por la contención, por el profesionalismo y por enaltecer la salud de la ciudad. Y quiero resaltar mi gratitud y reconocimiento a todas las personas que conforman Amparas Medicina Privada, empresa de salud con 30 años de trayectoria y a la pertenezco con mucho orgullo, y que nos respondió en un ciento por ciento. Gracias a todos.
































