Da pena, infinitamente, leer la carta de lectores firmada por Vanesa Bernaba, José Bernaba y Pablo Rodríguez, cuyo título es "Carta a los docentes", publicada en La Capital el domingo pasado. Pero la tristeza no es por los contenidos arbitrarios, mendaces, injustos contra los docentes (según los autores de la carta, los docentes somos personas amantes del lujo, del ocio, carentes de vocación y de respeto), sino lo que más pena causa es que esté firmada por tres personas adultas que se pusieron de acuerdo para elaborar un texto vulgar, lleno de lugares comunes, de generalizaciones injustas, de ignorancia en definitiva. Como docente no voy a defenderme por los ataques de estas personas, sería caer demasiado bajo y después de 37 años de estricta docencia en todos los niveles y aún en actividad. Como docente lo que deseo decirles -por si nadie en su vida lo ha hecho- que escribir compromete, es un acto que debe ser inteligente y reflexivo tratando de evitar ejemplificaciones personales cuando se trata un tema social, y fundamentalmente no hay que mentir con descaro, porque afirmar que los docentes solventamos nuestros gastos de "autos importados, viajes en cruceros, mansiones en barrios country y demás caprichitos" es un insulto o sencillamente un acto de lastimosa ignorancia de los firmantes de la carta. Lejos de golpear con la crítica, cartas de este tenor ayudan a la causa que desean combatir porque quien ataca lo hace mintiendo en forma evidente, falseando hechos, con un estilo insoportablemente vulgar y ridículamente, ya que escribir a los docentes "cuántos chicos se mueren de hambre y frío mientras ustedes hacen esos viajecitos en cruceros y viajan en autos de lujo" es sencillamente no haber entendido nada de nada en la vida; y eso, reitero, causa una infinita pena cuando se trata de gente adulta.






























