Un paciente realiza una visita a su médica de cabecera. Esta, por los síntomas, sospecha la existencia de una dolencia grave y le ordena ver a un especialista sin pérdida de tiempo. Ya en la sede de su obra social, la persona encargada de los turnos le informa que el especialista requerido comenzará a atender un par de horas más tarde. Pero, al ser informada sobre las dificultades del paciente para respirar, le aconseja ir a la guardia. No sólo eso, se ocupa además de requerir una ambulancia para el traslado hasta la misma, que se encuentra a una cuadra de distancia. Una vez allí, en forma inmediata, el paciente es sometido a una serie de estudios: análisis de laboratorio, controles de presión, electrocardiograma, ecocardiograma, placas. Todo a cargo de un grupo de médicos y auxiliares de una calidad humana excepcional, cuya capacidad y preparación se percibe fácilmente a través de su accionar. Al cabo de dos horas y media, el paciente tiene en sus manos los resultados de todos los estudios y un diagnóstico. Afortunadamente, su dolencia no reviste la gravedad que los síntomas hacían suponer, de modo que obtiene un turno para el especialista que habrá de atenderlo en tres días. Siempre imaginé que ese tratamiento recibiría un paciente de una importante prepaga, o que así funcionaría el sistema de salud del primer mundo. Pues bien, me ocurrió a mí, vivo en Rosario y mi obra social es el Pami. Lo relatado más arriba sucedió el viernes 17, en Pami I. Siento que relatarlo es un deber, sobre todo considerando que siempre se hacen conocer las falencias. Por eso, gracias a la señora Mirta Picchio, a los doctores De Paz, Larghi, Rinauto y Ross, a la médica y personal de la ambulancia, de quienes no conozco los nombres, en suma, a todos aquellos en cuyas expertas manos estuve el viernes pasado, desde las 12 hasta las 14.30, en el Pami I de Rosario.
































