Indudablemente, la señora presidenta aparece como atosigada por las circunstancias que la rodean. Su silencio acerca de temas importantes que han perplejizado a la mayoría de los argentinos (la situación que involucra al vicepresidente de la Nación), su "dejar hacer" frente a otros asuntos, como el pago o no a los denominados "fondos buitre" en manos de asesores y adláteres que parecen no compaginar con las reglas internacionalmente establecidas para el manejo de las negociaciones entre países, y el descuido con que permite al jefe de Gabinete que cada mañana improvise un comentario desabrido e insustancial acerca de los problemas del país, lo demuestran. Por último, la desaprensión con que se reúne en su reducto de El Calafate con un oscuro funcionario como Zanini, cuya elección no pesa sobre la espalda de ningún argentino, y con Máximo, más oscuro aún (ya que nunca habla) y de una actitud equívoca actuando como "genio gris" de La Cámpora, organización cuestionada si las hay por la opinión pública, debido a su escalada inescrupulosa en la gestión gubernamental, para manejar temas que nos involucran a todos, pone más en evidencia su desconcierto. La penosa situación de la presidenta me recuerda aquella en la que estaba sumida María Estela Martínez, cuando tenía escasas respuestas a los interrogantes que se le presentaban y se encontraba rodeada de magos, malabaristas y delincuentes. La desesperación en que ha caído el gobierno en los últimos meses (a pesar de las sonrisas obsecuentes, del Mundial, y de los remiendos varios con que intenta mejorar nuestra alicaída economía), me hace pensar con inquietud, en que a este gobierno descentrado y sin encontrar el rumbo en la neblina, le falta nada menos que un año y medio para terminar, tiempo más que suficiente para arrastrarnos a un desastre del cual será difícil recuperarse. Y la historia volverá a repetirse; el próximo gobierno se encontrará con tan formidable desaguisado, que en cinco años más, se volverá a decir "Cristina, volvé", porque la estrategia justicialista ha sido siempre desencadenar la tragedia para que la asuma el que viene. Decía Borges: "Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles". No sé cuánto de peronistas tienen quienes nos gobiernan en la actualidad, pero autoevidentemente han incorporado en su morfología el gen de la incorregibilidad y el empecinamiento.





























