Orlando Benito Luna tenía 37 años, se ganaba la vida como albañil y era hincha de River Plate.
El sábado a la tarde, tras ver perder por la tele a su equipo ante Newell”s Old Boys, se tomó
un respiro y se asomó a la vereda de su casa en Barra al 500 bis. Alcanzó a ver a dos jóvenes que a
unos 30 metros de su vivienda discutían en medio de la calle. Uno de los muchachos sacó una pistola
y disparó contra su contrincante cinco veces sin dar en el blanco. Pero una de esas balas impactó
en la cara de Luna, que miraba ajeno al incidente. Como la ambulancia no llegaba un vecino lo subió
a su auto y lo llevó al Hospital de Emergencias, aunque al llegar ya no vivía.
“Cuando terminó el partido mi hermano se asomó a la vereda donde estaba el yerno con una
nena en los brazos. Escuchó que estaban discutiendo dos tipos a unos metros de su casa sobre la
calle Esquiú y, cuando salió a ver lo que pasaba, recibió el balazo en la ceja izquierda”,
explicó ayer Norma, la hermana de 39 años del hombre fallecido.
A su vez, Mabel, otra de las hermanas de Luna, explicó que “cuando cayó sobre la vereda,
ya estaba casi muerto. Perdió masa encefálica y mucha sangre. Estuvo tirado media hora sobre la
vereda y, como la ambulancia no llegaba, un vecino lo cargó en su auto y lo llevó al Heca, pero
falleció en el camino”.
Marginación. Barra al 500 bis entre De la Salle y Esquiú es una postal de las zonas más pobres
del barrio Ludueña Norte. Un sitio donde están enclavados unas ocho villas. Calles con pavimentos
precarios y zanjas pestilentes. Verdaderos matetes de cables eléctricos aéreos. Y los infaltables
pares de zapatillas colgados de la red eléctrica demarcando un territorio de venta de drogas. En
ese paisaje conviven a diario costados distintos de la sociedad. Personas formadas en la cultura
del trabajo con muchachos que frecuentan formas muy marginales de delito.
La familia Luna vive en Ludueña desde hace unos 40 años cuando era un barrio de origen
ferroviario y a dos cuadras de su casa estaba el viejo zanjón que corría paralelo a la calle
Campbell. Como buena parte de su familia, Orlando Benito Luna, de 37 años, se quedó a vivir en el
barrio. Trabajaba como albañil con un primo. Tenía pareja y tres hijos: una muchacha de 17 años
—vive en pareja con Ezequiel, de 22 años—, un chico de 6 y una nena de 2 años.
“Era un buen vecino. Le gustaba sacar su equipo de música a la vereda a la tarde y escuchar
música. Era muy amable y solidario”, comentó ayer al mediodía una mujer que vive a pocos
metros de la casa de Luna mientras observaba el improvisado velatorio del albañil en la casa del
hombre fallecido.
“¿Por qué a mi hermano?”, se preguntaban ayer los familiares sin entender la absurda
muerte de Luna. El albañil era el tercero de nueve hermanos. La madre falleció hace trece años y el
padre cumplirá 68 años mañana.
Sábado a la tarde. Luna, al que en la barriada le decían el Abuelo por su cabello cano, el
sábado a la tarde observó por televisión el encuentro que su querido River disputó con
Newell’s.
Tras la derrota de su equipo se arrimó a la calle. Ahí estaba Ezequiel con una nena en brazos.
Luna salió a la vereda, pero su hijo de 6 años, que se estaba bañando, le pidió a los gritos un
toallón.
El hombre entró, se lo dio y volvió a salir. En ese momento, en una secuencia de un par de
segundos, sucedió lo peor. Según pudo reconstruir
La Capital mientras Luna llevaba el toallón a su hijo, sobre Barra una moto con
dos ocupantes circulaba desde De La Salle en dirección al sur.
Poco antes de llegar al cruce con Esquiú el rodado se detuvo abruptamente y el acompañante del
conductor descendió del vehículo para increpar a otro muchacho.
“El chabón se bajó y se pusieron a discutir mal. En un momento el que se bajó de la moto
sacó un fierro y le empezó a disparar (a su rival). Le tiró cinco balazos y no le dio ninguno, pero
uno le pegó al Abuelo”, contó una mujer.
Ayer Mabel estaba acongojada, pero aun así pudo expresar su reclamo. “Lo que sabemos se lo
dijimos a la policía porque queremos que agarren al que mató a mi hermano”. Una fuente
policial indicó que los motociclistas viven en Ludueña, pero no en ese sector del barrio.
A su vez, algunos vecinos describieron a quien gatilló el arma de fuego como un hombre
“morocho, de contextura robusta y con una corona plateada en uno de sus dientes”.
Uno de los cinco balazos, según contaron algunos vecinos —en rigor, la policía secuestró
dos vainas servidas calibre 22—, recorrió unos 30 metros en diagonal e impactó en la ceja
izquierda de Luna.
El albañil se derrumbó sobre la tierra al costado de la zanja. Tras el ataque, los agresores se
esfumaron en la moto en la que habían llegado. El muchacho que había sido el destinatario de los
proyectiles también desapareció.
Luna quedó malherido y sus familiares pidieron una ambulancia al Sies que, según dijeron, nunca
llegó. “Un vecino cargó a mi hermano en su auto y lo llevó al Heca, pero cuando llegó ya
estaba muerto”, relató Norma.