Dos empleados con pechera verde allá lejos, espiando un partido que les era completamente ajeno. Un operador de radio colgando un micrófono ambiente (¿para qué?), dos cámaras ubicadas detrás de los arcos. El camión de exteriores de la TV sobre un portón con el mural de Garrafa Sánchez, con policías de a caballo alrededor, refugiándose del sol impiadoso que siguió a una llovizna indecisa y, tal vez, custodiándolos, porque no tenían muchos más a quien cuidar. Una vecina que entra a su casa enfrente justo de la cancha, como cualquier día. Cinco o seis reporteros gráficos, unos pocos trabajadores de prensa que, como hacía muchos años no se puede en un estadio, prácticamente llegaron hasta el interior del vestuario mismo. Nada parece ser lo que es y acaso, si así continuaran las cosas, será la postal del fútbol argentino que se viene. Para verlo por televisión, mucho más cómodo para todos los protagonistas y los que trabajan alrededor de ellos, pero infinitamente vacío.

































