Tanto a los católicos como a los no católicos, no deberían asombrarnos las noticias que nos llegan acerca de los escándalos en El Vaticano. La detención del ayudante de cámara del Papa por el robo de documentos secretos para filtrarlos a la prensa y la destitución el día anterior del presidente del Banco del Vaticano, tras la sospecha que el banco administraba a través de cuentas anónimas importantes sumas de dinero de oscura procedencia, evidencian la corrupción y los intereses en juego. Esto es producto de un triángulo macabro, donde se mezclan la política, la religión y la economía. Existe una división clara entre los hombres de la curia, que sirven al Papa, pero que tienen estilos y visiones diferentes. Lo que realmente asombra es que en una institución como la Santa Sede se evidencien tan abiertamente las terribles luchas internas por el poder. Tendríamos que suponer que tanto la curia romana como los laicos que colaboran con el pontífice son hombres probos. La realidad indica lo contrario. Los problemas fundamentales que se le plantean a la Iglesia Católica derivan, esencialmente, de su poder temporal y de las relaciones que mantiene con los poderes políticos y económicos. Monseñor Laguna manifiesta en su libro Luces y sombras de la Iglesia que amo: "Los hombres que la formamos hemos ofrecido un pobre testimonio. Ni santidad, ni preocupación por el otro, y sí, en cambio, alianza con el poder y los poderosos". En el siglo XII nacieron las órdenes mendicantes, carmelitas, franciscanos, dominicos y agustinos, cuya regla principal consistía en vivir de la mendicidad y no poseer ningún bien. Se oponían abiertamente al poder temporal de la Iglesia, recordando que el cristianismo es una religión de pobreza y no de riqueza, de caridad y no de egoísmo. "Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Desdichadamente, tomó mucho del César y no dio lo suficiente a Dios.

































