Al leer en La Capital la nota referida a la mamá de Tomás con respecto a lo que le costó conseguir un banco para su hijo no pude dejar de sentir nostalgia y muchos recuerdos vinieron a mi mente porque yo hace 12 años deambulé también por una veintena de escuelas buscando un lugar para mi hija con síndrome de Down. Pasaron muchos años, pero parece que la historia se repite y las excusas de las escuelas y docentes o secretarias de los establecimientos escolares, o al menos de casi todos siguen siendo las mismas: acá no hay lugar, no es la escuela para su hijo, hay mucha demanda y su hijo no aprendería. Hasta que llegó el día en que en una escuela primaria común, la 134, una maestra de nivel inicial nos dijo: ¡bienvenidos! Y yo también me puse a llorar porque había encontrado una maestra que quería enseñarle a mi hija, una maestra con verdadera vocación. Paula hizo allí toda la primaria, siempre con el apoyo de su maestra integradora, que le hacía los seguimientos y además del horario escolar la llevábamos fuera del turno a sus clases de apoyo. Y así mi hija cursó desde nivel inicial a séptimo grado, como una alumna más, dando el mismo tema y las mismas materias que sus compañeros. Todas las docentes me decían que era un orgullo enseñarle a Paula. No fue en ningún momento un problema, aun teniendo muchos niveles de aprendizaje cada docente fue adaptando la currícula y nadie quedó fuera del grupo. Todos avanzaban en la medida del nivel de aprendizaje de cada alumno. Luego vino el gran problema que fue conseguir una escuela secundaria. No hay tantas para recorrer y allí seguían rechazando a mi hija, sin conocerla los directivos me decían que no era la escuela para ella, otra me hizo ir a cuatro entrevistas en pleno noviembre con mucho calor a las dos de la tarde y después me dijo que mi hija no tenía los contenidos del nivel que pedían allí. Pero una escuela me dijo sí. Una escuela apostó a la educación y otra vez me puse a llorar mientras la directora me decía: tu hija tiene el mismo derecho de estudiar y aprender que cualquier otro niño. Hoy Paula concurre a tercer año y no le es fácil, le cuesta comprender algunos textos, las clases especiales. Pero nuevamente ella recibe clases de cada profesor y de cada materia. Y los profesores pueden enseñarle adaptando el programa, entonces digo: no es difícil enseñar a nuestros hijos especiales, sino buscarle la vuelta para que los conocimientos sean asimilados por cada alumno. Cuando entró Paula a la secundaria Nicolás de Tolentino era la única nena con síndrome de Down, ella abrió caminos para otros niños en otros cursos y hay más de un alumno integrado en cada año, Así que está demostrado que ¡se puede!, sólo hay que tener voluntad y ganas de enseñar, acompañando desde casa por supuesto. A la mamá de Tomás la felicito porque no bajó los brazos ante la negación de las escuelas. Sin educación no hay futuro, nuestros chicos necesitan educarse como cualquier otro para aprender, progresar, socializarse, compartir y la escuela debe acompañar este proceso junto con la familia.





























