El 17 de diciembre de 2006, un conductor irresponsable y nefasto atropelló a María Maseroni mientras cruzaba la calle camino a su casa. El tipo pasó en rojo y, con un golpe desvergonzado y feroz, la despidió sobre el asfalto. Después, más de lo mismo, como en las escenas del peor cine. Una ambulancia, la policía, "le di la mano primero", "no. Fui yo", "te doy el teléfono de mi abogado y te cuento todo", llamados confusos, testigos que, pasada la hora fatal, no dieron su palabra. María atravesó una agonía de casi 11 horas. Luchó como pudo, pero no lo logró… tenía 41 años, era comunicadora social, publicista, redactora, docente. Dicen, los que la conocieron bien, que fue una luchadora, una sobreviviente, coherente con su hacer y su decir, solidaria, dadora de afecto, apasionada por la vida. Demasiado joven para morir. ¿Cómo se hace para incluir esas variables tan difíciles y complejas de explicar, esas que hacen que hagamos o digamos las cosas que sentimos sólo cuando nos pasan a nosotros? ¿Podremos recordar a María y hacer de este sentimiento algo público? Es una pregunta, nada más...




































