Cuando mi hija aprobó el examen de ingreso al Politécnico estábamos todos muy felices. Pero a los quince años sufrió de aneroxia nerviosa. Allí entendí lo de la escuela de elite. Simplemente, me dijeron que no era para esa escuela; lo único que consideraron fueron sus notas. Conclusión: dan la clase para los que ganan olimpíadas. El resto no importa. Aunque sea excelente persona, no quieren problemas. Entre 1.000 chicos, algunos tendrán una adolescencia más difícil que otras, pero allí lo único que importa es la nota. Cero solidaridad. ¿Para eso son profesores, directores, a los que les pagamos el sueldo con nuestros impuestos? Simplemente tuvimos que irnos a otra escuela, donde sabían de psicología, están actualizados, hacen cursos. Podría haberse ahorrado mucho dolor si estuviera en manos aptas. Tendrían que hacer juicios académicos a los profesores que maltratan, no toman lo que dan, y no a los que pelean por sus derechos. En nuestro caso, el daño ya está hecho. Y no es el único caso.





























