Alguien dijo que la política es el arte de oscurecer lo que es claro; complicar lo que es sencillo y convertir en mar furioso el más apacible de los lagos. Hay políticos que suelen hacer lo contrario de lo aconsejado por las circunstancias. Cuando deben tener la cabeza fría y despejada, la tienen caliente y cargada de entusiasmo o resentimiento. Cuando deben ser indulgentes, son intolerantes. Cuando deben actuar con humildad, lo hacen con soberbia y prepotencia. Cuando deben ser comprensivos, son tercos. Cuando se necesita experiencia, ponen ilustración, o a la inversa. Cuando son candidatos tienen el don de predecir con detalles todo lo bueno que va a suceder si ganan las elecciones, y después, cuando son gobernantes, no son capaces de explicar por qué no ha ocurrido. Cuando se les pide que vean la realidad, lo hacen con anteojos mal recetados que la deforman, o permanecen en la oscuridad de un rincón por temor a que la luz de la realidad les deje ver cosas que derrumben sus conjeturas. Cuando hablan en actos partidarios o preelectorales, algunos elevan considerablemente el tono de su voz aunque usen micrófonos. Hay quienes sostienen que quizás lo hacen pensando que una declamación gritona traduce energía y convicción en lo que se dice. Respecto a la energía, es común creer que ladrido estrepitoso traduce perro grande. Pero la naturaleza, tal vez por ley de compensaciones, ha puesto los ladridos sordos en el perro grande y los agudos y estridentes en el perro chico. Respecto a la convicción, bien dijo Leonardo Da Vinci: "Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para elevar la voz".




































