¡Oh Cabandié!, ¿por qué me persigues? Es duro dar coces contra el aguijón. Así se hubiera referido hoy el Mesías, recordando aquella emblemática sentencia contra Saulo de Tarso. El final es conocido. Pero hoy, a centenares años de distancia, los émulos del soldado romano perseguidor de cristianos se constituyen en una versión moderna. Este personaje que en estos días se ha convertido en arquetipo de las huestes del mal ha ganado tristemente un espacio en la vidriera televisiva, pero no para una interesante barata de primavera sino para que quede demostrado una vez más que este hijo de aventureros tristemente célebre demuestre que ha heredado la violencia en forma de patoterismo para dejar sentada, lo que a partir de ahora se constituye en historia, que el escaño de legislador le da derechos a llevarse a todo el mundo por delante. Verborrágico, maleducado, apoyándose en un tal Martín que con su nombre no hace honor a aquel gran emancipador de América cuyo apellido dejó bien sentado sus valores de persona de bien. Quien hubo felicitado al soldado que a cargo de la custodia de la sala de armas de uno de los cuarteles no permitió al general ingresar al sector con botas de cuero. Un verdadero ejemplo de rectitud y de hombría de bien, que mucho le falta a ese representante del pueblo. La función de legislador no le da derecho a patotear a la gente, menos a una noble y recta empleada municipal queriendo cumplir con su deber. Pero lo grave es que para querer ubicarse en una posición cómoda la denuncia como propiciando un soborno. Belén, así se llama, fue despedida de su trabajo por pretender cumplir con las obligaciones que les fueron asignadas. La dama fue expulsada de su trabajo, creo que sin derecho a descargo, como todo reo puede hacer uso según el Derecho. Asistió a los medios, único recurso de exponer públicamente a los acólitos de Mefistófeles, sus actitudes soberbias y ruines que dan por tierra con el compromiso que le otorga su investidura. ¡Oh!…paradoja, tal vez Belén lo haya asistido con su voto. Lo que sí se sabe y que queda en evidencia es el abuso de poder de este impresentable, un currículum ya casi vedado de nulidad, una rabia e impotencia que una retractación de este personaje y de quien dispuso su cesantía no podrá borrar jamás. Ni un acto de arrepentimiento. Dios nos libre de semejantes especímenes y como esa respuesta en el templo ante una pregunta: ¡te lo pedimos Señor!
































