Un año atrás conquistamos el Champaquí. Este año, el cerro Uritorco se presentaba como nuevo desafío. Casi 50 personas entre papás, acompañantes, niños y terapeutas formamos un grupo cargado de ilusión y expectativas. Mucha gente en Valle Hermoso nos recibió y atendió de mil maravillas, buena gente. Pero el cerro nos esperaba. Este año fuimos "más cancheros" y menos cargados. En el quinto descanso, a poco más de una hora de la cima, los administradores determinaron, con aparente conocimiento de montaña pero ningún fundamento, que no estábamos aptos para llegar a la cima. ¿Será que nos vieron agotados? ¿Será que no había lugar para nosotros allá arriba? ¿O será que no apostaban ni un centavo a que niños con trastornos generalizados en el desarrollo (TGD) o autismo podían llegar? Enojos, frustración, lágrimas y dedos acusadores aparecieron. "Discriminación" sonaba al unísono. A ellos, les digo que estas familias conquistan una montaña a cada paso, sortean piedras a cada segundo, se caen y se levantan a cada rato. La montaña nos abrió sus puertas, gente ignorante puso piedras en el camino. Nada de esto alcanzó para que juntos hiciéramos cumbre, un poquito más abajo, pero no por ello menos emotiva. Al contrario, volvimos con lágrimas, lágrimas de satisfacción, de autosuperación, de orgullo por el logro conquistado, por los momentos compartidos. Muchas gracias a todos los que hicieron esto posible. Muchas gracias a las familias que se sumaron a esto. Muchas gracias a los terapeutas por el trabajo. Una vez más, agradezco a la vida la oportunidad de haber estado allí.






























