Pandemia. Suplemento especial

"No sé si nos vamos a seguir saludando con un beso o un abrazo"

Oscar Fay tiene 82 años y es un bioquímico fogueado en todos los desafíos. Su experiencia y conocimiento le permiten medir la peligrosidad del coronavirus. "La vacuna no es una lluvia bendita que salva al que moja", dispara, antes de hablar sobre los inevitables cambios de hábitos sociales

Domingo 20 de Septiembre de 2020

Al tomar noción de la novedad del coronavirus, en enero pasado, Oscar Fay se quedó un buen rato con una mano en el mentón y en silencio. Pensó: “Esto será distinto”. Activo durante seis décadas entre el laboratorio y la actividad académica, este bioquímico rosarino ya enfrentó períodos difíciles con el surgimiento del virus del sida, cuando los pacientes morían sin tratamiento, o el de la fiebre hemorrágica del Ébola, que parecía sin cura. Pero nunca había enfrentado una pandemia que obligara al mundo entero a suspender durante un año las actividades económicas y los hábitos sociales.

A los 82 años Fay habla con energía guardando equidistancia de la exaltación y el desánimo. Entiende que con el Covid-19 hay espacio para el optimismo porque —no tiene dudas— habrá más de una vacuna. Pero advierte que cuando la población empiece a recibirlas habrá que seguir un largo año más con las precauciones del presente.

“Tendremos vacuna en la primera parte del año que viene y estimo que los efectos benéficos se verán hacia finales de 2021. Pero para que el virus no tenga posibilidad de replicarse será necesario que dos tercios de la población del mundo estén inmunizados y eso requerirá tiempo. Es importante no mentir. Una vacuna no es una lluvia bendita que salva al que moja. La gente deberá entender que cuando haya vacuna deberá seguir rutinas de distancia, poniéndose barbijo y lavándose las manos con jabón otro año más. Hay que plantearlo desde ahora”, dijo Fay.

Para el rosarino el virus acabará por ser controlado. Pero como ente biológico tiene una dimensión fenomenal, con un impacto mayúsculo por su irrupción sorpresiva. Va ganando el virus en su acción y en su presencia, cree el bioquímico, porque es arduo descifrar su tarea. “Se comporta como un parásito porque aprovecha la energía del que lo aloja, y avanza. Hay un tiempo de tres a cinco días desde que la persona se infecta en que el virus se fortalece sin que podamos saber que está. Esto hace que no funcionen los testeos previos”, observa. La ventaja de tiempo que tiene el virus hace que sus consecuencias sean impredecibles. El Covid puede pasar como una gripe común sin que el huésped, que está contagiado, se dé cuenta. “En el 40 o 50 % de los infectados funciona así. En otro porcentaje la persona puede tener síntomas. Y esos síntomas puede que generen elementos de defensa que le permitan al afectado, al cabo de diez o doce días, eliminar la infección. Pero a otras personas, que sufren alguna comorbilidad como dificultades respiratorias, diabetes o hipertensión, o también por la elevada edad, se les va complicando la perspectiva”, sostiene.

La dificultad para descifrar al coronavirus tiene que ver con su funcionamiento. Cuando el organismo recibe un agente desconocido que lo agrede genera una respuesta de defensa. Esa defensa actúa como mecanismo en cascada, con moléculas que tratan de destruir la célula infectada. Estudiar cada partícula que compone el virus permite establecer su genoma. Los anticuerpos van a bloquear una especie de llave con la que el virus entra a la célula sana. Eso forma una memoria inmunológica que queda grabada en pacientes ya curados de virus previos.

“Pero este mecanismo en el caso de este coronavirus es tan estrepitoso y tan rápido que desincroniza la respuesta inmune”, dice el investigador. “En otros virus un individuo afectado toma una pastilla, un antiviral, con el que le rompe la estructura al virus y este no puede seguir replicándose. En el Covid-19 esta terapia farmacológica no pudo ser encontrada porque las partículas que son parte de la respuesta inmune se desacoplan y se van muy rápido”. Esa fugacidad, sostiene Fay, hace que sea tan difícil estudiar su estructura y su funcionamiento.

Al conocer la estructura molecular del virus se podría actuar contra la forma en que el virus fabrica las espigas, o llaves, que le permiten entrar a las células. Si sabemos cómo el virus las fabrica es factible obtener proteínas, teniendo el molde, y así producir vacunas. “Ese es el mecanismo de las vacunas. Cuando le rompemos la llave el virus no puede entrar, no puede vivir, y yo estoy protegido”.

La ansiedad por la vacuna no deja ver la sorprendente velocidad aplicada a la producción que, intuye Fay, permitirá tenerla en un semestre. “Me tomé el trabajo de ver cómo se lograron las 24 a 27 vacunas que Argentina tiene en su programa de inmunización. El promedio de tiempo que llevó desde identificar al agente de infección hasta lograr la vacuna es de siete a ocho años. Para la vacuna de polio tardamos 30 años. Hace solo nueve meses que este coronavirus está entre nosotros y hablar de tener vacuna en un año es admirable”.

Hasta hace unos años la agencia estadounidense FDA exigía un mínimo de 80 % de eficacia para conceder la patente a una vacuna que se fuera a comercializar. “Hoy si alguien tiene una vacuna 50 % efectiva, que es una moneda al aire a cara o cruz, la FDA la autoriza. Hace diez años eso no pasaba. Hoy estamos en un momento en que la ley se vuelve tolerante. A fin de año podríamos tener ofertas de vacunas”.

Para que el virus no tenga posibilidad de replicarse será necesario que dos tercios de la población del mundo estén inmunizados. Esto implica 4.500 millones de personas vacunadas. Conocer la dosis, las vías de inoculación y los efectos secundarios, envasarla y distribuirla requerirá mucho tiempo. Es una producción a gran escala. “Pero lo que llevará más tiempo es que la gente entienda que cuando esté la vacuna al día siguiente de aplicada no volveremos a hacer lo que hacíamos el año pasado. Primero hay que vacunar al de mayor riesgo, al que trabaja en el frente del problema, a los que tocan a pacientes. Y por más precauciones que se tomen, siempre habrá contagios. Me preocupa que se piense que cuando el milagro de la vacuna se produzca el mundo estará salvado. No será así”.

¿Quedarán cambios persistentes en la sociedad y en los hábitos humanos como marca del Covid? Es presumible que sí. “Cuando se supo que el cólera se transmitía por agua los ingleses impulsaron el tendido de redes de agua corriente. Cuando tuvimos el sida, para el cual no hay vacunas, hubo claros cambios culturales, tanto en educación sexual como en transfusión de sangre. Hay una respuesta social que se construye con estas experiencias fuertes y hay cosas que van a cambiar con aboluta seguridad. No sé si nos vamos a seguir saludando con un beso, o con un abrazo, o compartiendo los cubiertos. ¿Qué expresión más social de cariño que hacer una mateada? Va a costar dejar eso. Pero yo soy optimista. Creo que para fines del invierno que viene vamos a poder estar vacunándonos masivamente. Y que el efecto benéfico se va a ver hacia final de 2021”.

No alcanza hablar de epidemia para definir lo que imponen virus como el Covid-19. “Esto se llama sindemia, que es la sincronización de efectos que se van sumando, problemas graves de salud que afectan a una población en un contexto socioeconómico crítico. Hay gente que cerró su negocio, que se enfermó de otra cosa y no pudo ser atendida, otra que tiene carencias agudizadas por la recesión. Es algo más que un bicho lo que está jorobando. Hay consecuencias colaterales más graves al estrago que produce el virus que provienen de una carencia social”.

El decreto nacional de aislamiento social de marzo se decidió para preparar a un sistema de salud hoy exhausto. Fay defiende esa decisión. “De no haber tomado prematuramente las medidas que tomamos la estructura sanitaria del país no habría aguantado. Creo que la gente en general se ha cuidado aunque entiendo que se canse cuando no se ve el final. Me conformaría con que haya más equidad en la prestación de salud preventiva. Así como cuidamos al enfermo hay que cuidar al sano. Que se alimente bien, que tenga controles. No hay que actuar con la enfermedad declarada, sino antes”.

—¿A qué se refiere con eso?

—Lo que se viene será preocuparnos mucho más por todos los seres vivos de manera lógica. No es conveniente poner un montón de hospitales. Nos conviene dar cultura, educación, alimentos, vivienda, conceptos éticos, porque un chico que reciba esas ventajas crecerá con menos necesidad de ir al hospital. No es un problema solo de la Argentina.

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Oscar Fay es doctor en Ciencias Bioquímicas de la UNR, pero por haberse graduado en el Instituto Politécnico de técnico químico se define como un "polipibe". Fue docente universitario durante 48 años y es el creador del Centro de Tecnología en Salud Pública en la UNR. Tomó parte en el diseño de planes e implementación de inmunización dentro de la OMS en África, China y América. Integró la Task Force para la vacunación contra hepatitis viral B en la Amazonia. A los 82 años, sigue trabajando e investigando en Rosario.

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