Quiero agradecerle infinitamente al presente, pero muchísimo más por el pasado, por demostrar cómo debe actuar un señor, un caballero, un verdadero hombre con todas las de la ley. Porque cuando la olla repleta de aceite hirviendo estaba a punto de estallar nadie se animó a tocarla, ni siquiera a arrimarse, y usted con su hombría agarró ese fierro caliente, en momentos en que la tristeza y la frustración nos crujía los huesos. Y es doblemente valorable después de habernos salvado del infierno contra Belgrano, y luego la brutalidad e ignorancia vestida de soberbia tiró semejante epopeya a la basura. Usted es poseedor de gloria y rica historia en toda la vida canalla porque es inolvidable aquel 23 de noviembre que quedará grabado en mis retinas y corazón hasta después de muerto. Por todo esto gracias, mil gracias Miguel Angel Russo, pero sobre todo por forjar la imborrable frase: "Rendirse nunca, abandonar jamás".
































