Quiero contestarle al señor Horacio Kapellu, no sin antes agradecerle que haya leído mi carta del 18 de noviembre pasado, y felicitarlo por haber participado en prestigiosas maratones corridas en ciudades como la monumental Nueva York, y la histórica y romántica Viena, de Franz Schubert. Sin embargo, el señor Kapellu no parece haber leído muy bien. Primero, porque mi nombre no es Miguel sino Edgardo, como apareció correctamente escrito en esta sección, y segundo porque cuando digo que Filípides "corrió como un loco", estoy utilizando una expresión habitual y simpática para referirme a ese esforzado soldado griego. Si cada vez que alguien dice estudió, comió, habló, trabajó "como loco", se pensará que se está haciendo alusión a un estado de demencia, estaríamos en un lío. Mal podría mofarme de un hombre que al llegar a la meta falleció, aunque no por cansancio sino por las heridas recibidas en batalla. A Filípides le atribuyen también haber recorrido 246 kilómetros entre Atenas y Esparta para pedir refuerzos; en tanto que otros lo sitúan entre todos los valientes combatientes que corrieron desde la mensajería al heraldo Thersippus y no a Filípides. Aquí la verdad histórica se entrelaza con el mito; de todas maneras, el confuso y milenario episodio no cambia mi parecer ni modificará el del señor Kapellu, a quien si lo ofendí en su sensibilidad, le pido disculpas por este medio. En cuanto a que en las grandes ciudades del mundo se corten calles, puentes y túneles para hacer correr un maratón, no me parece que sea algo para imitar. De las grandes urbes internacionales hay que copiar lo que engrandece, lo útil, y desechar lo que no sirve; lo que no tiene que ver con nuestra idiosincrasia, con nuestra identidad (si es que nos va quedando algo de ella).






























