El fundamentalismo islámico constituye un verdadero peligro para la paz mundial. Ha declarado la guerra a todo Occidente, a sus valores de democracia, tolerancia, pluralismo y racionalidad; pero aprovecha su tecnología, y la posibilidad real de que con el tiempo se haga de armas nucleares o bacteriológicas acrecienta el problema. Algunos atribuyen este fundamentalismo al resentimiento de pueblos que fueron colonizados por europeos hacia sus antiguos colonizadores; o envidia de pueblos subdesarrollados ante la prosperidad de Occidente; o a la hostilidad hacia Estados Unidos e Israel. Craso error. Todos estos factores son recientes, el más antiguo, el colonialismo, ocurrió hace menos de 200 años. Pero el Islam ha sido violento desde sus inicios. Su fundador, Mahoma, no fue un líder pacifista como Jesús, Buda o Confucio, o un libertador como Moisés, sino un guerrero conquistador. El Islam no se difundió por la predicación, como el budismo o el cristianismo, sino por la espada. Inicialmente los árabes musulmanes atacaron a bizantinos y persas, luego a bereberes. Convertidos éstos al Islam y dirigiéndolos, conquistaron España y penetraron en Francia. Después tomaron la posta los turcos que conquistaron la India y penetraron en Europa, conquistando los Balcanes, Hungría y amenazando a Viena e incluso a España e Italia. Por último, hasta entrado el siglo XIX, los piratas berberiscos (norafricanos) asolaron las costas mediterráneas cristianas. Recién cuando Occidente fue definitivamente más fuerte, cesaron las agresiones y el expansionismo musulmán. Es que el Islam es intrínsecamente, potencialmente violento, porque en sus libros sagrados, el Corán y los hadiz (narraciones sobre hechos y dichos del profeta), está la raíz del fundamentalismo musulmán: las prácticas que nos horrorizan de lapidaciones de adúlteros u homosexuales, crucifixiones, amputaciones, entre otras cosas, están allí calificadas como Ley de Dios. La postura de instaurar un sistema totalitario que no diferencia entre Iglesia y Estado está preceptuada también. No hay una delimitación de competencias entre religión y Estado como sí la hay en el Evangelio cuando leemos que Jesús, ante una pregunta insidiosa de los fariseos que le mostraron una moneda con la efigie del César, el emperador romano, dijo: "Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Es dramático el contraste entre el contenido de los libros musulmanes y las enseñanzas evangélicas sobre el amor al prójimo, el perdón y la caridad (las Buenaventuranzas, obras de misericordia, parábolas). En consecuencia, un verdadero musulmán no puede suscribir los valores occidentales sin renunciar a principios capitales de dicha religión. Es una realidad dolorosa pero real. ¿Qué hacer entonces ante el peligro del fundamentalismo musulmán? En primer lugar, atento a su intolerancia o elevada susceptibilidad, no provocar a los musulmanes haciendo mofa de sus creencias o del profeta como hicieron los caricaturistas asesinados en París. Viviendo en sociedad no existe ningún derecho absoluto, tampoco el de la libertad de expresión. Nadie tiene derecho a dañar o burlarse de la persona o creencias de otros. Si suscribimos los valores occidentales, debemos proclamarlos, defenderlos y no repudiar o desconocer nuestra herencia judeocristiana que dio origen a aquellos. Todo extremismo es pernicioso, no sólo el religioso o político, sino también el fundamentalismo laico. En segundo lugar, hay que realizar una política inmigratoria prudente teniendo en cuenta los problemas que hay al respecto en Europa. En tercer lugar, tener tolerancia cero con las manifestaciones del extremismo musulmán sin por ello dejar de respetar la libertad religiosa de todo musulmán de practicar pacíficamente su religión. Y en cuarto y último lugar, divulgar los principios y valores de Occidente así como la verdadera naturaleza del Islam.




























